Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 20 Kira despierta
A la mañana siguiente, Irina despertó con el brazo de Theron alrededor de su cintura y la cara hundida en su pelo. Como siempre. Desnudos. Como siempre. Pero esta vez algo era diferente.
Él estaba despierto.
Lo supo porque su respiración no era la lenta y pesada del sueño sino algo más corto, más consciente. Estaba despierto y no se había ido. Estaba despierto y la estaba abrazando a propósito.
—Sé que estás despierto —dijo Irina sin moverse.
Silencio.
—Tu respiración te delata, Theron. Y tu corazón está latiendo como si acabaras de correr un maratón.
Más silencio. Después, su voz, ronca, grave, contra su pelo:
—No quería irme.
—¿Por qué?
—Porque ayer me dijiste que el problema es que de día no sé cómo mirarte a los ojos. Y pensé que si me quedaba despierto esta vez, tal vez podía empezar por ahí.
Irina giró en sus brazos. Quedaron frente a frente. A centímetros. Él con el pelo revuelto y los ojos grises más vulnerables de lo que ella los había visto nunca. Ella con la cara hinchada de sueño y las cicatrices de plata brillando en las muñecas.
—¿Y? —dijo ella—. ¿Puedes mirarme a los ojos?
Theron la miró. No apartó la vista. No se escondió detrás de la indiferencia ni la rabia ni ninguna de las máscaras que usaba durante el día.
—Puedo —dijo—. Pero me cuesta.
—¿Por qué?
—Porque cuando te miro a los ojos quiero hacer cosas que no sé si tú quieres que haga. Y no soy bueno preguntando. Solo soy bueno ordenando, y contigo las órdenes no funcionan, así que me quedo en la puerta con un café sintiéndome como un imbécil.
Irina lo miró. Este hombre enorme, poderoso, el alfa más temido del territorio este, acostado a su lado diciéndole que no sabía cómo quererla sin que sonara a decreto real.
—Eres un desastre —dijo ella.
—Lo sé.
—Un desastre que me deja café, que se arrancó los dientes por mí y que lleva semanas durmiendo en mi habitación sin atreverse a decirme que quiere quedarse despierto.
—Cuando lo dices así suena peor de lo que es.
—Suena exactamente como es.
Se miraron. La distancia entre sus caras era de centímetros. La respiración de él le calentaba los labios. Irina sentía el tirón en el pecho, a Kira ronroneando como un motor adentro, cada célula de su cuerpo inclinándose hacia él como una planta hacia la luz.
—Las cosas que quieres hacer —dijo Irina, bajito—. ¿Cuáles son?
—Irina...
—Pregúntame. Dijiste que no eres bueno preguntando. Practica.
Theron cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no eran del todo grises. Había algo dorado en el borde, algo que no era la bestia pero que venía del mismo lugar.
—¿Puedo besarte? —dijo—. Sin que sea porque estamos peleando. Sin excusa. Solo porque quiero.
Dile que sí, gritó Kira. POR LA DIOSA LUNA DILE QUE SÍ.
—Sí —dijo Irina.
La besó.
No como la primera vez que imaginó que pasaría, si es que lo imaginó, que probablemente sí pero jamás lo admitiría. No fue explosivo ni furioso ni desesperado. Fue lento. Le puso la mano en la mejilla con un cuidado que contradecía el tamaño de sus manos y la acercó despacio, como si tuviera miedo de que se rompiera, como si no pudiera creer que ella estaba ahí, real, viva, dejándose besar.
Sus labios contra los de ella. Calientes. Suaves. Sabían a sueño y a algo más profundo que Irina sintió en el pecho como un golpe que no dolía.
Se separaron. Apenas.
—¿Y? —susurró Irina contra su boca.
—¿Y qué?
—¿Era tan difícil preguntar?
—Fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Y eso incluye romper una barrera mágica con las manos.
—Qué dramático.
—Mira quién habla.
Se besaron otra vez. Esta vez más largo, más profundo, con las manos de él en su cintura y las de ella en su pecho, sintiendo su corazón latir contra las palmas como un animal tratando de escapar. Kira ronroneaba tan fuerte dentro de su cabeza que Irina estaba segura de que Theron podía sentirlo.
Podía. Porque la bestia respondió. Un tirón desde adentro de él que le hizo temblar los brazos y apretar los ojos.
—La bestia —jadeó Theron, apartándose un centímetro.
—¿Qué pasa?
—Está... reaccionando. Fuerte. —Abrió los ojos. El borde dorado se había expandido—. Nunca la había sentido de día así. Es como si estuviera intentando...
—¿Salir?
—No. Quedarse. Quedarse conmigo. Aquí. Contigo.
Se miraron. Algo estaba cambiando entre ellos. Algo que iba más allá del beso, más allá de la atracción, más allá de la bestia y Kira encontrándose de noche. Algo que la profecía había predicho y que Irina empezaba a entender: no eran dos personas que se gustaban. Eran dos mitades de algo que llevaba generaciones esperando juntarse.
Y daba un miedo terrible.
—Tengo que contarte algo —dijo Irina.
—¿Qué?
—Ayer, cuando le grité a Selene, cuando te dije todo eso en el almuerzo... después, en la noche, hablando con la bestia, dije algo que no quería decir. O que sí quería decir pero no en voz alta.
—¿Qué dijiste?
Irina apretó los labios. Maldita sea. Lo miró a los ojos.
—Dije que me estaba enamorando de ti. Fue un accidente verbal. Se me escapó entre maldiciones. Pero ahí está.
Theron no respondió. La miraba con una intensidad que habría asustado a cualquier otro pero que a Irina le calentó hasta los huesos.
—¿No vas a decir nada? —preguntó ella.
—Estoy procesando.
—¿Procesando qué? ¿Que la omega gorda que te insulta cada mañana acaba de decirte que se está enamorando de ti? ¿Es tan difícil de procesar?
—No eres solo una omega gorda que me insulta cada mañana. Eres la mujer por la que me arranqué los dientes, rompí una barrera mágica y pasé cinco días en una silla sin comer. Creo que eso dice más que cualquier cosa que yo pueda decir con palabras.
—Inténtalo de todas formas. Las acciones están muy bien pero una chica necesita escucharlo también.
Theron apretó la mandíbula. Respiró. Se pasó la mano por la cara con esa frustración de alguien que sabe lo que siente pero tiene la articulación emocional de una piedra.
—No sé cómo se dice esto —dijo—. Llevo ocho años sin decírselo a nadie. Llevo ocho años sin sentirlo. No sé si es amor o si es el vínculo o si es la bestia o si es todo junto. Pero sé que cuando pensé que te había perdido en esa cueva, quise morirme. Y sé que cada mañana que despierto contigo es la primera mañana en ocho años que no odio estar vivo. Si eso no es amor, es lo más parecido que conozco.
Silencio.
—Eso —dijo Irina, con los ojos brillando— fue jodidamente mejor que un café en la mesita de noche.
Theron se rió. Una risa corta, rota, que le salió del pecho como algo que llevaba años atascado.
—¿Kira? —preguntó Irina.
Estoy llorando. O sea, las lobas no lloran, pero si pudiera, estaría llorando. No me hables. Estoy teniendo un momento.
—Kira aprueba —dijo Irina.
—¿Y tú?
—Yo apruebo el discurso pero necesito más práctica del beso. Creo que deberías repetirlo.
—¿Es una orden o una sugerencia?
—Es lo que es.
La besó otra vez. Y esta vez ninguno de los dos se apartó.
Pasaron la mañana en la cama. No haciendo nada que Irina pudiera nombrar sin ponerse roja, sino simplemente estando. Hablando. Callando. Besándose entre frases que no iban a ningún lado pero que no necesitaban ir a ningún lado. Ella le contó de las noches con la bestia, de lo que Kira le decía, de cómo era sentir al monstruo más aterrador del mundo dormirse a tus pies como un cachorro. Él le contó de las mañanas, de despertarse sin recordar la noche, de encontrarse en su cama y no saber cómo había llegado pero saber que por primera vez en ocho años el amanecer no era un castigo.
Catalina tocó la puerta a las once.
—El desayuno se enfrió hace dos horas —dijo a través de la madera—. Asumo que están ocupados.
—¡Vete, madre! —gritó Theron.
—Les dejo la bandeja en la puerta. Coman algo. Van a necesitar energía.
Pasos alejándose. Irina hundió la cara en la almohada riéndose.
—Tu madre es un demonio.
—Mi madre es la persona más entrometida del territorio este. Y acaba de dejarnos el desayuno con una indirecta del tamaño del castillo.
—Me cae bien.
—A mí también. No se lo digas.
Kira, ¿sigues llorando?
No. Ahora estoy ronroneando. Déjame. Es el mejor día de mi vida.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA