Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 4 — Solo quedaron cenizas
La mañana nació fría.
Sin sol.
Sin color.
El cielo parecía un gran manto gris cubriendo la ciudad, como si hasta la naturaleza se negara a seguir adelante.
Eduardo permaneció en silencio durante todo el trayecto al crematorio.
En el asiento trasero, la pequeña Clara dormía en la silla para bebé, arrullada por el movimiento suave del vehículo.
A su lado, Doña Adelaide sostenía una manta rosada entre los dedos, observando a Eduardo por el retrovisor.
Él estaba inmóvil.
Los ojos fijos en la carretera.
El rostro duro.
Pero la mandíbula tensa delataba el dolor que se negaba a mostrar.
Al llegar, el ambiente era silencioso y solemne.
El aroma de lirios blancos aún impregnaba el aire.
Todo parecía demasiado limpio.
Demasiado frío.
Demasiado definitivo.
Eduardo bajó primero.
Abrió la puerta trasera y, por un momento, se quedó simplemente mirando a Clara.
Tan pequeña.
Tan tranquila.
Una parte viva de Eleonor.
Pasó delicadamente la mano por el rostro de su hija y luego se la entregó a Doña Adelaide.
—Quédese con ella.
El ama de llaves asintió en silencio.
—Sí, señor Eduardo.
Él caminó solo hasta la sala reservada para la despedida final.
Adentro, la urna provisional reposaba sobre una mesa de mármol rodeada de velas y lirios.
El empleado explicó todo en voz baja, respetuosa, pero Eduardo apenas escuchó.
Las palabras llegaban lejanas.
Como un eco.
"Última despedida."
"Ceremonia."
"Cenizas."
Lo único real ahí era la ausencia de Eleonor.
Se acercó despacio.
Sus dedos tocaron la superficie fría de la urna.
Y por primera vez, la realidad lo golpeó con toda su fuerza.
Eso era todo lo que quedaría de la mujer que amaba.
Un nudo doloroso se formó en su garganta.
—Perdóname… —susurró.
La voz salió tan baja que casi se perdió en el silencio.
—Lo intenté todo.
Cerró los ojos.
Los recuerdos llegaron como una avalancha.
El primer encuentro.
La sonrisa de ella en el altar.
La noticia del embarazo.
Las manos entrelazadas en la habitación del hospital.
La última promesa.
Una lágrima rodó.
Después otra.
Y otra.
—Debí haber podido salvarte.
Su voz falló.
—Tengo dinero… poder… contactos en todo el mundo.
El puño se cerró a un costado de su cuerpo.
—Pero no pude salvar a la única persona que realmente importaba.
El pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas.
Afuera, Clara comenzó a llorar.
Un llanto bajo.
Pequeño como ella.
Pero suficiente para atravesarle el alma.
Eduardo giró el rostro hacia la puerta.
Por un instante, permaneció inmóvil.
Entonces comprendió.
Todavía tenía una parte de ella.
Su hija.
Su niñita.
Respiró hondo, se secó el rostro rápidamente y le dedicó una última mirada a la urna.
—Adiós, mi amor.
La ceremonia siguió.
En silencio.
Solemnemente.
Y cuando todo terminó, Eduardo recibió la pequeña urna con las cenizas de Eleonor entre sus manos.
Era liviana.
Demasiado liviana.
Como si el universo se burlara de la inmensidad del dolor que aquello cargaba.
En el auto de vuelta, sostuvo la urna durante todo el camino.
Como si todavía la estuviera abrazando.
Cuando los portones de la mansión Belmont se abrieron, el vacío se volvió aún más cruel.
Todo ahí le recordaba a Eleonor.
Las flores en el vestíbulo.
El piano en la sala.
El perfume suave que parecía flotar aún por el pasillo.
Eduardo subió las escaleras lentamente.
Entró a la habitación del matrimonio.
Y se detuvo.
La cama todavía deshecha.
La bata de ella colgada detrás de la puerta.
El portarretratos sobre la mesa de noche.
Se acercó a la foto.
Los dos sonriendo en la playa, durante la luna de miel.
El pecho se le apretó.
Sin fuerzas, se sentó al borde de la cama.
La urna todavía entre las manos.
El silencio de la mansión parecía gritar.
Fue ahí donde el duelo realmente comenzó.
No el duelo de las formalidades.
Ni de los documentos.
Ni de las despedidas.
Sino el duelo del hombre que volvía a casa y solo encontraba ausencia.
Durante los meses que seguirían, Eduardo se cerraría al mundo.
A sus padres.
A sus amigos.
A sí mismo.
Y la mansión Belmont se transformaría en un lugar de sombras, silencio y recuerdos.
Mientras la pequeña Clara crecía en brazos de Doña Adelaide…
Eduardo desaparecía dentro de su propio dolor.