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Almas En Distinto Cielo

Almas En Distinto Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:506
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche del treinta y los dos que vinieron !

Almas en Distinto Cielo

✦ ✦ ✦

Capítulo XI

La noche del treinta

y los dos que vinieron

— Porque los muertos también saben cuándo es la hora —

Buenos Aires — La misma noche

★ ★ ★

Valeria

Esa noche Valeria llegó a su casa más tarde de lo habitual. El turno nocturno había sido largo: el hotel en plena ebullición de rodaje, los pasillos con ese movimiento de hormiguero que no paraba aunque fueran las once de la noche. Se quitó el uniforme, se dio una ducha y se sentó en el borde de la cama con el pelo húmedo y las manos quietas sobre las rodillas.

Pensó en Franco. No por primera vez esa semana, no por última vez en su vida. Pero esa noche la sensación era diferente — más urgente, más próxima, como cuando algo que ha estado flotando en la distancia de pronto se acerca sin aviso.

Lo que Valeria escribió esa noche

"Franco, ¿por qué no te puedo dejar ir?

No es que te espere. Ya sé que no volvés.

Pero hay algo que no cierra, algo que

se quedó en ese 24 de diciembre

y que todavía no encontré dónde poner.

¿Qué se hace con el amor que no tuvo tiempo?"

No supo que esa noche, en el quinto piso del mismo hotel donde ella acababa de terminar su turno, se encendía una vela.

Suite 501 — 23:00 hs

★ ★ ★

Sebastián

Treinta de mes. Donde fuera que estuviera en el mundo, la fecha no cambiaba. El ritual no cambiaba. Sebastián cerró la puerta de la suite con llave, apagó todas las pantallas, corrió las cortinas gruesas que dejaban el cuarto en una oscuridad que no era del todo natural, y encendió la vela. Sebo blanco. Sin perfume. Sobre la mesita de noche que había despejado para el propósito.

Se sentó frente a ella. Esperó.

Habían pasado noches sencillas y noches cargadas. Noches en que llegaba uno solo con un pedido simple. Noches en que llegaban varios, en desfile ordenado, cada uno con su urgencia. Sebastián había aprendido, con los años, a distinguir los que podía ayudar de los que no. A no prometer lo que no estaba en su alcance. A conceder sin perder el hilo de lo que era posible en el mundo de los vivos.

Esta noche, desde el primer momento, supo que sería diferente. Había algo en el aire de la habitación — una densidad que no era opresiva pero que era densa, cargada de algo que no supo nombrar todavía.

Llegó el primero.

La noche del 30 — Buenos Aires

Era joven. Eso fue lo primero que Sebastián percibió — una juventud interrumpida, una energía que tenía todavía la forma de alguien que no había terminado de ser quien iba a ser. No llegó con urgencia sino con algo más parecido a la culpa. La culpa tranquila de quien cargó algo demasiado tiempo y ya no puede más.

Se llamaba Franco.

No lo dijo con palabras. Lo supo Sebastián de la manera en que sabía siempre — directamente, en el centro de algo que no era el oído pero que recibía igual. Franco. Chávez. Un nombre del norte del país. Una historia que él reconoció sin haber escuchado: un amor de juventud, un 24 de diciembre, una partida sin explicación que había dejado una herida que seguía abierta décadas después en alguien que él no conocía todavía pero que ya conocía de memoria.

El pedido llegó sin preámbulo.

"Decile que me deje ir.

Que en otra vida seremos felices.

Que siempre la recordé.

Que el amor no muere, solo espera.

Pero que ya es tiempo de soltar."

Sebastián escuchó. La vela no parpadeó. Él tampoco.

Y entonces, antes de que Franco se disolviera, llegó el segundo.

Mayor. Más tranquilo. Con esa serenidad que tienen los viejos que vivieron bien y murieron en paz. Una presencia que llenaba el espacio sin urgencia, como llenan las habitaciones los que siempre supieron cuánto espacio ocupar.

Se llamaba Antonio.

El abuelo. Sebastián lo supo antes de que el nombre llegara. El abuelo de ella — de la misma mujer, de ese nombre que todavía no tenía pero que ya cargaba como si fuera suyo. Antonio llegó con la calma de quien ha esperado el momento correcto.

Habló de ella. No con urgencia sino con orgullo — ese orgullo tranquilo que tienen los abuelos que vieron crecer a alguien y saben exactamente de qué está hecho su interior.

"Es buena escribiendo.

Tiene palabras que el mundo no escuchó todavía.

Es la mejor madre de este mundo.

Y merece que alguien la vea de verdad.

No a medias. No con miedo. De verdad."

Luego, Antonio y Franco — los dos juntos, lo que Sebastián jamás había presenciado en años de noches del treinta — coincidieron en lo mismo. Un solo deseo. Una sola voz compuesta de dos:

"Ayudala a ser feliz.

Ya la tenés cerca.

No la dejes pasar."

La vela llegó a la mitad. Los dos se fueron.

Sebastián se quedó en la oscuridad con los ojos abiertos y el corazón latiendo más fuerte de lo habitual. Nunca. Jamás en todos sus años de ritual habían llegado dos en la misma noche con el mismo deseo. Nunca habían pedido por la misma persona.

Solo tenía un nombre. Valeria.

No tenía apellido. No tenía número. No tenía dirección. Solo ese nombre que ahora pesaba de otra manera — ya no era el nombre de un sueño. Era el nombre de alguien a quien dos muertos que la amaban habían cruzado para pedirle que la encontrara.

Cuando apagó la vela y abrió las cortinas, Buenos Aires seguía encendida afuera. Sebastián fue a la ventana. Miró la ciudad. Pensó en los nombres — Franco, Antonio — y en lo que habían pedido. Pensó en el aroma del pasillo. En la comida. En el postre que le había dado nostalgia de algo que no había vivido todavía.

Ya la tenés cerca.

Lo sabía. Lo había sabido desde el pasillo del subsuelo. Pero ahora no era intuición ni sueño. Era un encargo. La diferencia era enorme.

A la mañana siguiente Sebastián llamó a su asistente antes de las siete.

"Necesito saber los nombres de las empleadas que cocinaron ayer."

"Señor, el protocolo del hotel sobre privacidad del personal—"

"Lo sé. Encontrá la manera." Una pausa. "Por favor."

Su asistente, que en seis años no había escuchado a Sebastián Rhys decir por favor en ese tono — ese tono que no era orden sino algo más cercano a la necesidad — tomó nota sin hacer preguntas.

"Entendido, señor."

La respuesta llegó dos horas después: el protocolo del hotel era infranqueable. Los nombres del personal de limpieza no se compartían con huéspedes bajo ninguna circunstancia. La jefa había sido amable pero terminante.

Sebastián Rhys, que había manejado negociaciones en cuatro continentes y no recordaba la última vez que algo se le había negado cuando realmente lo había pedido, se encontró por primera vez en mucho tiempo sin un camino claro hacia adelante.

Ella estaba en este edificio. Tal vez en este momento. Y él no sabía cómo llegar a ella sin cruzar una barrera que no podía forzar sin perder algo que no quería perder: la posibilidad de que, cuando se encontraran, fuera de la manera correcta.

Guardó el nombre. Valeria. Y salió a correr.

Dos muertos habían cruzado el umbral en la misma noche para pedirle lo mismo. Un nombre sin apellido. Una mujer sin dirección.

Afuera, la ciudad de octubre. Una cancha de básquet. Un chico que tiraba solo y no erraba ninguna.

El destino, que ya había sido suficientemente paciente, decidió tomar el asunto en sus propias manos.

✦ ✦ ✦

Continuará en el Capítulo XII

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