Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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El día que todo se enredo: parte II
—El matrimonio es importante —dijo Dante—. La mayoría de las jóvenes, por no decir todas, usan este instituto como un mercado matrimonial.
La miró unos segundos.
—¿Piensas que me acerqué a ti por ese motivo? —preguntó Isabela, confundida.
—¿No es así? —replicó—. Estamos en la edad.
Isabela negó suavemente.
—No… no fue por eso —respondió—. ¿Eso parece?
—No es común que una lady aborde a un joven solo para conocerlo —explicó Dante.
Hubo un breve silencio.
—¿Y es permitido dibujar a alguien sin su permiso? —preguntó Isabela.
—Tengo dibujos de muchos —respondió con naturalidad—. Me aburro bastante en clase… y me distraigo dibujando.
Algo en su pecho se tensó.
—Entiendo —murmuró Isabela—. Fue un error mío. Malinterpreté la situación.
Se levantó con cuidado, alisando la falda de su uniforme.
—Me retiro, Lord Belmonte. Le agradezco el asiento.
—Isabela… —la llamó él.
Ella se detuvo.
—Lady Isabela de la Torre —corrigió con firmeza—. Eso es lo correcto. No somos amigos, mi lord. Somos simples compañeros de clase… y después, ni siquiera eso.
Hizo una pausa.
—Por mi título, y la inferioridad del suyo, es poco probable que volvamos a coincidir en eventos sociales. Y mucho menos que yo tenga motivo alguno para buscarlo.
Dante sostuvo su mirada.
—Bien. Que así sea, Lady Isabela de la Torre.
Con unas ganas profundas de llorar, Isabela avanzó hacia su habitación con un paso más rápido de lo que las normas sociales permitían. Si por ella hubiera sido, habría corrido… pero eso llamaría demasiado la atención.
Al llegar, lo único que quería era dejarse caer sobre la cama.
Pero no pudo.
Lola y Ana estaban ahí.
—¿Ocurrió algo, mi lady? —preguntó Ana, quien la conocía desde hacía más tiempo.
Isabela negó con la cabeza.
—No… todo está bien. Solo tengo un terrible dolor de cabeza.
—Iré a prepararle un té. Eso la hará sentir mejor —respondió Ana con una sonrisa, saliendo de la habitación antes de que Isabela pudiera detenerla.
Lola, que llevaba poco tiempo a su servicio, creyó la excusa sin dudar. Para no incomodarla, apagó la luz y se retiró a la habitación contigua, dejándola sola.
El silencio fue un consuelo.
Por primera vez, no tenía que fingir estar bien.
Pero no podía permitirse llorar… Lola estaba cerca.
Su ánimo había decaído más de lo que quería admitir. No comprendía por qué aquella conversación con Dante la había afectado tanto.
¿Por qué le había molestado su opinión sobre el ducado?
¿Por qué le dolía saber que no era la única en ese cuaderno?
Era una estupidez.
—Me están afectando las novelas de romance… —murmuró.
—¿Qué novelas? —preguntó Sofía desde la puerta.
Isabela se sobresaltó.
—Sofía… ¿en qué momento llegaste?
—Toqué como cuatro veces, nadie abrió —respondió—. Te dije que Lola no sería una buena dama de compañía. ¿Dónde está?
Isabela miró alrededor.
—No tengo idea…
—Escuché que estás enferma —dijo Sofía, acercándose—. ¿Lo estás?
—¿Por qué lo preguntas?
Sofía la observó con atención.
—Te ves mal… pero no creo que sea por una enfermedad. ¿Fue por lo de la cafetería?
Isabela frunció el ceño.
—¿Lo sabes?
—Todos lo saben —sonrió—. Estaban en el lugar más público. Parecía una pelea de enamorados. No dudo que los rumores ya estén corriendo.
—Genial… —suspiró—. Trato de ser perfecta y termino arruinándolo todo.
—¿Qué pasó? —insistió Sofía.
—Pensé que lo habías visto…
—Lo vi, sí. Pero no entendí nada… y creo que nadie más tampoco. Solo fue… intenso.
Isabela dudó un segundo.
—Creo que me gusta Dante —confesó finalmente—. O al menos… algo de él me atrae.
Sofía sonrió con picardía.
—Eso ya lo sabía. Todos lo sabemos. Creo que ustedes son los únicos que aún no entienden lo que sienten.
Isabela negó suavemente.
—Pero ese no es el plan. Yo vine aquí a estudiar… no a enamorarme.
—¿Y? —preguntó Sofía.
Isabela bajó la mirada… hasta su anillo.
—Hice una promesa. Y debo cumplirla.
Sofía la observó en silencio.
—Tienes todo: título, dinero, poder, belleza… ¿por qué te castigas así?
Isabela respiró hondo.
—Mi madre… se casó con mi padre. Él es vizconde, un título inferior al de mi abuelo. No sé exactamente cómo pasó… nadie habla de ello, pero he escuchado rumores.
Hizo una pausa.
—Mi madre estaba destinada a heredar el ducado. Pero… se enamoró. Se escapó con él. Se casaron en una iglesia abandonada.
Sofía no dijo nada.
—Eso afectó a mi familia. Por primera vez, los de la Torre fueron motivo de burla. Mi abuelo tuvo que presentarse ante el rey. Cuando un noble se convierte en un chiste… lo pierde todo.
Su voz bajó un poco.
—No pudieron deshacer el matrimonio. Y no quedó más que aceptarlo… esperar a que el escándalo muriera.
—¿Y tu madre? —preguntó Sofía en voz baja.
—Perdió todo —respondió Isabela—. En lugar de heredar el ducado… se convirtió en vizcondesa.
Apretó ligeramente los dedos.
—Eligió mal… y la familia pagó el precio.
Levantó la mirada.
—No puedo hacer lo mismo.
—No lo sabía… lo lamento —dijo Sofía.
—Tengo tres hermanos mayores —añadió—. Soy hija de un duque, pero no heredaré nada. Mi matrimonio es más sencillo… puedo casarme con quien quiera.
Isabela asintió.
—Nunca hablo de ello —confesó en voz baja—. Si lo ignoro… es como si no fuera a suceder.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero sé que debo casarme. Mi futuro matrimonio no será por amor… será una negociación. Se hablará de tierras, de propiedades, de dinero… de mi dote.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Soy la nieta de un duque. Heredera de uno de los ducados más importantes de Varath. Debo casarme con un hombre de un título similar… o superior.
Levantó la mirada, firme.
—Ese es mi destino. No importa lo que yo sienta… o quiera.
Hizo una pausa.
—Esa es mi misión.
El silencio se volvió más pesado.
—No tengo otro valor.
—Entonces no te hagas más daño… aléjate de Dante —dijo Sofía, tomando sus manos—. No repitas la historia que tanto le ha costado a tu familia.
Isabela no respondió.
—Dante es un futuro conde —continuó—. Tiene título, sí… pero es reciente. No es rico. Y para ti… no es una opción.
Apretó un poco sus manos.
—Él necesita ascender por medio del matrimonio. Y tu familia no va a permitirse vivir lo mismo una segunda vez.
El silencio volvió a caer entre ellas.