A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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3. Fabricio D'Angelo
Fabricio D'Angelo es el hijo menor del multimillonario Sergio D'Angelo. Tiene treinta años, maneja su propia empresa, que se encuentra en expansión, y es quien más se ha desligado de la fortuna familiar para crear la suya propia, y está teniendo bastante éxito. Él es bastante distante de las personas.
Fabricio ha llegado a la mansión D'Angelo a ver a su padre, un hombre de sesenta y seis años que, por una enfermedad, ahora se encuentra en una silla de ruedas, lo que le resulta bastante frustrante.
Los abogados salen del despacho, saludan a Fabricio, quien ingresa a ver a su padre.
- “Ya están trayendo el cuerpo de tu hermano. No entiendo cómo terminó en ese pueblito de un país tan insignificante; era en quien confiaba para continuar mi legado. Y esa maldita mujerzuela le ha quitado la vida, pero mis abogados se van a asegurar de que esa puta no salga de la cárcel jamás, va a pudrirse en ese lugar”, se quejó Sergio D'Angelo.
- “¿Están seguros de que fue ella?”, preguntó Fabricio.
- “La encontraron en su habitación. Al parecer tenía una aventura con esa tipa y no aceptó que solo fuera una aventura para mi hijo. Si no estuviera en esta silla, iría allá mismo a acabar con ella con mis propias manos. ¿Por qué dudas? ¿Vas a salir con esas tonterías sobre tu hermano? Ya está muerto y no vas a manchar su imagen con tus insinuaciones”, respondió Sergio.
- “No es manchar su imagen, y aunque tú te niegues a escuchar, a mi hermano le gustaban más los hombres…”, dijo Fabricio.
- “¡Cállate! ¡Tonterías, tonterías!”, interrumpió Sergio, gritando.
- “Solo vine porque me pediste que me encargara del entierro, y lo voy a hacer, porque tú ni siquiera sabías quiénes eran a quienes más estimaba. Es una pena que él esté muerto; solo que tengo dudas de quién sea el responsable. La historia no me cuadra, pero si tus abogados están seguros, creo que ya es inútil contradecirlos”, manifestó Fabricio.
- “Si tu duda nace de que a Leopoldo le gustaban los hombres, no lo voy a aceptar. Mi hijo no era así. Además, Thiago me ha informado con detalle de la aventura de tu hermano con esa mujer, y sabes que él y tu hermano fueron muy buenos amigos en la universidad”, dijo Sergio.
- “Sí, buenos a-migos, aunque ya no lo parecían cuando Thiago se casó con mi hermana”, comentó Fabricio con cierta apatía.
- “Fabricio, ¡ya! Es mejor que te lleves bien con Thiago. Ahora, con Leopoldo muerto y él siendo esposo de tu hermana y padre de los únicos nietos que tengo, se va a encargar de la compañía”, expresó Sergio.
- “Justo ahora ya van a venir a vivir con los pequeños; se habían demorado mucho para que los conocieras. Si tú quieres arriesgar tu fortuna, es tu problema. Hay buenos ejecutivos que de seguro harían un mucho mejor trabajo. Voy a encargarme del funeral y del entierro”, dijo Fabricio, y se puso de pie para retirarse.
- “El puesto principal sería tuyo si quisieras, pero tienes otros planes”, mencionó Sergio con la voz cansada.
- “Tengo mi propio ritmo, padre, y tú no aceptas que algo no se haga como quieres; pero ves, la vida a veces tiene planes muy distintos”, dijo Fabricio y salió.
Sergio dio un puñetazo en el escritorio y apretó los dientes. “Los hombres no lloran”, le enseñaron, y por eso ahora ni una lágrima ha podido derramar por la muerte de su primogénito.
Fabricio subió a buscar un traje para Leopoldo, en la habitación que ocupó toda la vida su hermano mayor, que por ser la imagen de su padre nunca pudo ser quien quería; es más, nunca realmente descifró quién era.
Tomó una de las fotografías de Leopoldo, tan pulcro, tan serio, tan imponente.
- “¿Fuiste feliz, Leo?”, preguntó Fabricio a la fotografía. “Quizás solo buscabas una mujer para encajar en la fotografía perfecta de papá y te equivocaste al escoger”, añadió, para volver a poner la fotografía en su lugar.
Escogió el traje que menos le gustaría a su padre, pero que Leopoldo disfrutaría más, y se preparó para enfrentar el entierro de su hermano, algo que jamás imaginó que podría suceder en un plazo tan corto. Suspiró y continuó, porque la vida siempre continuaba, y Fabricio no se detenía. Todavía no había conocido a alguien con quien quisiera que el tiempo pasara más lento.
...FABRICIO D'ANGELO...