Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
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CAPÍTULO 4 — No soy tuya
El silencio dentro del auto no era vacío.
Era pesado, denso, casi tangible.
Se me metía en el pecho y me apretaba la respiración, como si cada segundo que pasaba dentro de ese espacio cerrado me recordara exactamente dónde estaba… y con quién.
El motor seguía encendido, vibrando suavemente bajo mis pies.
Las puertas estaban bloqueadas
. Podía sentirlo sin siquiera intentarlo.
Todo estaba bajo control.
Su control.
Mis manos descansaban sobre mi regazo, pero no estaban quietas. Temblaban.
Intenté detenerlas apretando los dedos entre sí, clavando las uñas en la piel, obligándome a mantener la compostura. No iba a darle el gusto de verme romperme.
Él estaba frente a mí.
Podía sentir su presencia sin mirarlo.
Era como una presión constante, una energía que llenaba todo el espacio del auto, desplazando el aire, dominando cada rincón.
Como si ese lugar le perteneciera…
Como si yo también.
No giré la cabeza. No lo miré.
No iba a darle ese poder.
—Deja de temblar —dijo finalmente.
Su voz rompió el silencio con una calma que me irritó más de lo que debería.
Apreté los dedos con más fuerza.
—No estoy temblando.
Mentira.
Podía escucharla en mi propia voz.
Podía sentirla en mi cuerpo.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
No lo vi, pero lo sentí.
Ese cambio sutil en el ambiente, ese movimiento que acortaba la distancia entre nosotros sin necesidad de tocarme.
—Entonces deja de mentir.
Levanté la mirada de golpe.
Error.
Porque sus ojos no eran fríos, como había esperado.
No estaban llenos de ira ni de impaciencia.
Eran peores.
Eran seguros.
Había una certeza en ellos que me heló la sangre.
Como si todo lo que estaba pasando ya estuviera decidido.
Como si yo no fuera más que una variable sin peso real en el resultado.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, incapaz de seguir manteniéndome.
No suavicé el tono.
No lo disfraces.
Las palabras salieron directas, cargadas de todo lo que estaba sintiendo.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
No era amable.
No era cálida.
Era… calculada.
—Esa no es la pregunta correcta.
Fruncí el ceño, sintiendo cómo la frustración comenzaba a mezclarse con la rabia.
—Entonces dime cuál es.
Se recostó con una tranquilidad que me resultó insultante. Como si nada de esto le afectará.
Como si no acabara de cambiar mi vida sin siquiera pedirme permiso.
—La pregunta es… —hizo una pausa, observándome con detenimiento— ¿qué crees que eres ahora?
El aire se quedó atrapado en mi pecho. Durante un segundo no supe qué decir. No porque no tuviera respuesta, sino porque entendí perfectamente lo que estaba intentando hacer.
Definirme.
Encerrarme en un concepto que le beneficiara.
—Una persona —respondí finalmente, sosteniéndole la mirada—. No una cosa que puedas comprar.
El silencio que siguió fue diferente.
Más denso.
Más peligroso.
Y entonces se rió.
No fue una risa abierta. No hubo diversión en ella. Fue baja, seca, casi vacía.
—Eso es lo que te hicieron creer —dijo—. Pero tu apellido… tu familia… el acuerdo…
Negué con la cabeza antes de que terminara.
—No me importa.
Y era verdad. O al menos quería que lo fuera.
—A mí sí.
Su voz cambió. No fue un gran cambio, pero fue suficiente para que lo sintiera.
Más firme.
Más anclada en algo real.
—Porque yo pagué.
Las palabras no fueron dichas con fuerza, pero aun así cayeron como un golpe directo al pecho.
Secas.
Claras.
Irrefutables en su intención.
Mi garganta se cerró por un instante.
—No puedes comprar a una persona —susurré.
Esta vez fue él quien se inclinó hacia mí.
Más cerca.
Demasiado cerca.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, retrocediendo contra el asiento, buscando una distancia que ya no existía.
—No te compré a ti —dijo en voz baja—. Compré el derecho sobre tu futuro.
Sentí cómo mi respiración se descontrolaba, subiendo y bajando sin ritmo, traicionándome.
—Eso no significa nada.
Pero incluso mientras lo decía, una parte de mí sabía que no era tan simple.
—Significa todo.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo algo dentro de mí comenzaba a romperse… o a endurecerse.
No estaba segura de cuál de las dos cosas era peor.
—No voy a casarme contigo.
Lo dije con firmeza.
Con todo lo que me quedaba.
El silencio que siguió fue corto, pero suficiente para que el tiempo se estirara.
Un segundo.
Dos.
Y entonces sonrió.
Esa sonrisa otra vez.
Oscura.
Segura.
Peligrosa.
—No tienes que querer hacerlo —respondió—. Solo tienes que hacerlo.
El impulso fue inmediato.
—No.
Una sola palabra.
Pero cargada de todo lo que era.
De todo lo que me negaba a perder.
Sus ojos se fijaron en los míos.
Y por primera vez…
vi algo distinto.
No era duda. No era enojo.
Era interés.
Como si acabara de descubrir algo que no esperaba encontrar.
—¿Vas a pelear? —preguntó.
No había burla en su voz.
Tampoco desafío.
Era algo más cercano a la curiosidad.
Tragué saliva, obligándome a mantenerme firme.
—Voy a decidir.
Se inclinó un poco más.
Podía sentir su cercanía en mi piel, en el aire, en cada latido descontrolado de mi corazón.
—No —corrigió con suavidad—. Vas a aprender.
Mi pecho subía y bajaba con rapidez.
—¿Aprender qué?
Su voz bajó aún más, convirtiéndose en algo que no necesitaba volumen para sentirse como una amenaza.
—Que todo tiene un precio.
El auto se detuvo.
El cambio fue sutil, pero suficiente para romper la tensión acumulada en el interior.
Afuera, el mundo seguía existiendo, ajeno a lo que estaba pasando dentro de ese vehículo.
La puerta se abrió.
El aire frío entró de golpe, rozando mi piel, despejando ligeramente mi mente.
Pero no se sintió como libertad.
Se sintió como una advertencia.
Como si cruzar ese umbral no fuera escapar… sino entrar en algo aún más grande.
Antes de que pudiera moverme, habló una vez más.
—Y tú ya fuiste pagada.
Cerré los ojos por un segundo.
Solo uno.
Lo suficiente para tomar aire.
Para sostenerme.
Para decidir quién iba a ser a partir de ese momento.
Porque cuando los abrí…
ya no era la chica que huyó.
Era la que iba a pelear.
Aunque eso significara perderlo todo.