En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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Quince días después.
Pasaron quince días después.
Para el príncipe húngaro el tiempo pasó de una forma diferente.
Llenó de oscuridad.
Total silencio.
Y un sueño cálido del que Dávid no quería salir.
Sentía nieve bajo los dedos.
Un cabello plateado revoloteando a su lado.
Gemidos suaves cerca de su oído.
Un aroma dulce mezclado con el frío.
Entonces… dolor. Algo le faltaba. Se sentía vacío.
El príncipe abrió los ojos bruscamente.
La luz del mediodía atravesó las cortinas golpeándolo de lleno.
—Mgh…
Intentó incorporarse… y sintió como si un dragón le hubiera pasado encima.
—Oh, miren eso… la bestia fría y despiadada despertó.
La voz cargada de sarcasmo vino desde un rincón de la habitación.
Dávid parpadeó varias veces hasta enfocar la vista.
Miklós estaba sentado en una silla junto a la cama.
Con ojeras horribles.
Barba crecida.
Y cara de querer asesinarlo lentamente.
Había varias botellas de medicina sobre la mesita.
Y dos tazas de café vacías.
Tenía el cuerpo bendado, le habían puesto medicina, pero las cicatrices profundas necesitarían más tiempo para sanar.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Miklós soltó una risa seca.
—¿Qué pasó? QUINCE DÍAS pasaron, eso pasó. ¿ Ya despertaste? Vámonos.
Dávid quedó inmóvil.
—…¿Qué?
—Entraste en un rut tan fuerte que parecías oso hibernando. No despertabas por nada del mundo.
El príncipe intentó recordar.
La taberna.
El omega.
La nieve.
La cama.
Y de inmediato levantó la cabeza.
—¿Dónde está?
Miklós lo miró sin entender.
—¿Quién?
—El omega.
Hubo un silencio no muy grato.
El general sonrió lentamente mientras se arrascaba la cabeza. Sintió que los cabellos se le caían por la rabia por dentro.
Sonreía peligrosamente lento.
—Ah, perfecto. Gracias por preguntar, por mí. Yo estoy bien. Apenas sufrí quince días pensando cómo explicarle al rey que desapareciste para embarazar a un desconocido.
Dávid ignoró completamente el sarcasmo.
—¿Dónde está él?
Y eso rompió algo dentro del general.
—¡¿CÓMO DEMONIOS VOY A SABERLO?!
Se levantó furioso señalándolo.
—¡ESCAPÓ POR LA VENTANA USANDO TU ROPA COMO CUERDA!
El príncipe se quedó callado por un momento.
—¿No lo atrapante?
—¡No! ¡Y tú dormido! ¡RONCANDO! ¡COMO BEBÉ SATISFECHO!
Dávid pasó una mano por su rostro lentamente.
Los recuerdos seguían llegando fragmentados.
Los ojos verdes.
Las manos aferrándose a él.
Los gemidos suaves.
Y entonces…su pecho dolió nuevamente.
—Necesito encontrarlo.
Miklós quedó en silencio unos segundos.
Luego comenzó a reír.
Pero no de felicidad.
De desesperación.
—Claro. Excelente idea. Vamos a recorrer medio continente buscando a un omega desconocido que probablemente ni siquiera te dio su nombre real.
Dávid levantó la mirada.
—Se llamaba…
El silencio cayó.
Y el príncipe frunció el ceño.
Porque no podía recordarlo claramente.
¿Líanor?
¿Dá?
¿Lo había dicho siquiera?
—No lo sé… —murmuró finalmente.
Miklós abrió los brazos dramáticamente.
—¡MARAVILLOSO! ¡NI EL NOMBRE SABES!
El alfa ignoró el comentario.
—Recuerdo sus ojos. Eran verdes.
—Oh, excelente. Buscaremos “omega de ojos verdes”. Solo existen unos diez millones.
Dávid apretó la mandíbula.
—Y su aroma…
Eso sí lo recordaba perfectamente.
Dulce.
Frío.
Adictivo.
Todavía parecía sentirlo pegado a la piel.
El príncipe bajó lentamente la mirada hacia sus manos.
Como si aún pudiera tocarlo.
— Si, olía a celo. Celo que de seguro ya se le pasó. Te utilizó para su propósito.
—Quiero salir a buscarlo.
Miklós palideció.
—No.
—Solo necesito—
—¡NO!
El general prácticamente explotó.
—¡Te vas a casar en quince días!
La habitación quedó en silencio.
Dávid cerró los ojos lentamente.
La boda.
Cierto.
Miklós comenzó a caminar de un lado a otro alterado.
—Le mentí al rey. Le dije que sufriste una fiebre dracónica por exceso de entrenamiento. Luego le dije que estabas arreglando todo para la boda. Que estabas coordinando las fuerzas voladoras para que resuelvan en tu ausencia. Les dije incluso que te volviste devoto.
—…
—¡La reina lloró tres veces pensando que te habías ido lejos! Así que les dije que estabas tan agotado que estabas dormido. Pero que estarías listo para TÚ boda.
—…
—¡Y el sacerdote ya preparó la ceremonia!
Dávid masajeó sus sienes agotado.
—Miklós…
—No. Escúchame tú ahora.
El general se detuvo frente a él.
Serio por primera vez.
— Te he apoyado en todas tus locuras. Pero te tengo que hablar claro. Si ese omega no regresó en quince días para chantajearte… entonces probablemente nunca lo hará.
Dávid sintió un pequeño vacío en el pecho al escuchar eso.
—Olvídalo.
La frase golpeó más fuerte de lo esperado.
—Piensa que solo fue un sueño.
—No lo fue.
—Entonces conviértelo en uno.
Hubo un silencio muy grande.
Miklós respiró profundo.
Más calmado ahora.
—Si esto sale a la luz, tu cabeza rodará.
—…
—Y la mía también.
Dávid apartó la mirada hacia la ventana.
Nevaba otra vez.
Quería buscarlo.
Maldita sea… quería hacerlo.
Pero incluso él sabía que Miklós tenía razón.
No tenía nombre.
No tenía clan.
No tenía pistas.
Solo recuerdos.
Y un aroma que seguía volviéndolo loco.
El príncipe soltó finalmente un suspiro largo.
Rendido.
—…Está bien.
Miklós casi se desploma del alivio.
—Gracias a los dioses.
El general tomó una túnica y se la lanzó a la cara.
—Vístete. Regresamos al castillo.
Dávid atrapó la ropa sin mucho ánimo.
Pero mientras comenzaba a vestirse…no pudo evitar recordar la última vez que escuchó al omega.
Tornado en La cama callendo en el sueño profundo.
Con lágrimas en los ojos. Podía olerlas.
"Lo siento"
Y por alguna razón…esas palabras le dolía más que cualquier herida de guerra.