Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 24 EL GOLPE Y LA RESPUESTA
La noche del operativo, la mansión Carusso parecía suspendida en el tiempo.
Maya estaba sentada en la biblioteca, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y los ojos fijos en el teléfono que descansaba sobre la mesa. No sonaba. Llevaba dos horas así, desde que Dante y su padre habían salido hacia el puerto. Dos horas de silencio, de oscuridad, de una espera que le royía las entrañas.
Elsa entró con una bandeja de té que Maya no había pedido.
—Señora, debe comer algo —dijo el ama de llaves, dejando la bandeja sobre la mesa con un gesto que no admitía réplica.
—No tengo hambre.
—No se trata de hambre. Se trata de mantener la cabeza fría. El señor Carusso no querría volver y encontrarla desmayada por el estrés.
Maya levantó la vista. El moretón de Elsa había cambiado de color: ahora era un círculo violáceo con bordes amarillos, como una flor marchita. La mujer llevaba días sin quejarse, sin pedir un día libre, sin mostrar ningún signo de debilidad.
—Elsa —dijo Maya—. ¿Tienes miedo?
Elsa se quedó quieta un momento. Luego, lentamente, asintió.
—Sí, señora. Tengo miedo. Pero no por mí. Por él. Por el señor Carusso.
Maya frunció el ceño.
—¿Por qué? Él sabe lo que hace.
—Eso es lo que me asusta —respondió Elsa, con una voz que apenas era un susurro—. Desde que usted llegó, él ha cambiado. Antes era frío, calculador, siempre midiendo cada paso. Ahora… ahora se arriesga. Arriesga demasiado. Y todo por protegerla a usted.
Elsa se giró y salió de la biblioteca antes de que Maya pudiera responder.
Maya se quedó mirando la puerta cerrada, con el té enfriándose sobre la mesa y el teléfono mudo bajo sus dedos.
Todo por protegerla a usted.
La frase le resonó en la cabeza como una campana.
*_*
En el puerto, la noche era otra.
Dante y Alessandro avanzaban entre las sombras de los contenedores, con los pasos amortiguados por el asfalto mojado de la llovizna reciente. El almacén del puerto norte se alzaba frente a ellos, una mole gris de hormigón armado con una puerta metálica que parecía capaz de resistir un misil.
—Ahí está —susurró Alessandro, señalando una pequeña puerta lateral, casi invisible entre las sombras—. Esa es la entrada de servicio. Mi padre la mandó construir para emergencias. Mateo no sabe que existe.
—¿Cómo puede no saberlo? —preguntó Dante, con los ojos recorriendo el perímetro en busca de guardias.
—Porque mi padre no confiaba en él. Nunca. Desde que éramos jóvenes, sabía que Mateo era un oportunista. Me lo dijo en su lecho de muerte: "Cuidado con tu hermano, Alessandro. No es de fiar." Yo no le hice caso. Lo quise, a pesar de todo. Y mírame ahora.
Dante no dijo nada. No era el momento para consuelos vacíos.
—Las llaves —dijo, tendiendo la mano.
Alessandro sacó un llavero del bolsillo interior de su chaqueta. No eran llaves normales. Eran piezas de metal antiguo, desgastadas por el tiempo, con una pátina que hablaba de décadas de uso.
—Son las originales —dijo, entregándoselas—. Mi padre las hizo forjar a un herrero artesano. No hay copias.
Dante tomó las llaves y se dirigió hacia la puerta lateral. Alessandro lo siguió, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
La primera llave entró en la cerradura con un clic metálico. La segunda, más pequeña, desactivó el sistema de alarma que Mateo había instalado años atrás. La tercera abrió la puerta.
—Adelante —susurró Dante, empuñando la pistola que llevaba en el cinturón.
Entraron.
El interior del almacén olía a humedad y a metal, a mercancía almacenada durante años y a algo más. Algo que Dante reconoció al instante: olor a cocaína sin procesar. Un aroma ácido, químico, inconfundible para quien había crecido en las calles donde esa mercancía circulaba como la sangre en las venas.
—Aquí —dijo Alessandro, señalando una fila de cajas de madera apiladas contra la pared—. Esas no deberían estar aquí. Este almacén era para productos legítimos: textiles, maderas, alimentos envasados. Esas cajas no coinciden con ningún envío registrado.
Dante se acercó a una de las cajas. Con la navaja que llevaba en el bolsillo, hizo palanca en la tapa. La madera crujió, las astillas volaron, y el interior quedó al descubierto.
Pacas. Pacas de polvo blanco envueltas en plástico transparente, apretadas unas contra otras como ladrillos de muerte.
—Mierda —murmuró Alessandro, retrocediendo un paso—. Es mucho. Es muchísimo.
—No es nada comparado con lo que mueve Mateo en otros almacenes —respondió Dante, sacando su teléfono y comenzando a tomar fotos—. Pero es suficiente. Suficiente para una orden de allanamiento. Suficiente para meterlo en la cárcel.
—¿Y tú? —preguntó Alessandro, con una mirada que mezclaba curiosidad y desconfianza—. ¿Cómo es que reconociste el olor?
Dante guardó el teléfono en el bolsillo.
—Porque yo también estuve en esto, señor Velini. Pero lo dejé. Hace años. No porque me volviera bueno, sino porque aprendí que el dinero fácil sale caro. Muy caro.
Alessandro lo miró un largo momento. Luego, lentamente, asintió.
—Quizá no seas tan mal tipo, Carusso.
—No le diga a nadie que dijo eso. Se arruinaría mi reputación.
Por primera vez en meses, Alessandro casi sonrió.
—Vámonos —dijo—. Ya tenemos lo que vinimos a buscar. No tentemos a la suerte.
Salieron del almacén como habían entrado: en silencio, entre las sombras, con los pasos medidos y la respiración contenida. El coche los esperaba a dos cuadras, con el motor encendido y Marco al volante.
Dante subió al asiento del acompañante y cerró la puerta.
—Llamen al abogado —dijo—. Mañana mismo presentamos la denuncia. Mateo Velini va a caer.