Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 17. Fuego cruzado.
Capítulo 17
Fuego cruzado.
Dos días más tarde, la cafetería del centro comercial estaba llena de ruido, risas ajenas y el golpeteo constante de vasos sobre las mesas. Pero Valentina no escuchaba nada. No desde que Julieta entró y se sentó frente a ella, con esa sonrisa altiva que siempre escondía veneno detrás.
—¿Viniste sola? —preguntó Julieta, removiendo el sorbete de su batido con su peculiar aire de superioridad.
Valentina respiró hondo. Cata estaba cerca, observando desde la barra, como una sombra que la cuidaba de lejos. No quería interferir, a menos que fuera estrictamente necesario.
—Quiero que me digas por qué hiciste lo que hiciste —dijo Valentina, sin rodeos—. ¿Por qué tratas de hundirme como si yo te debiera algo?
Julieta soltó una risita seca.
—¿A qué te refieres? ¿A exponer al profesor seductor? ¿A mostrarle al mundo que se aprovechaba de una alumna necesitada de aprobación? No me lo agradezcas. Lo hice gratis.
—Lo hiciste porque me odias, porque no soportas que alguien como yo pueda tener algo que tú jamás vas a tener. Lo hiciste por envidia, Julieta. Y lo sabes bien.
—No seas ridícula —Julieta se inclinó hacia adelante—. No me odiaste tú primero, cuando empezaste a recibir toda la atención. Cuando Alexander te miraba como si fueras especial. ¿Crees que no lo noté? ¿Que no lo notó todo el mundo?
Valentina frunció el ceño. Esa confesión le resultó más reveladora de lo que hubiera imaginado.
—¿Qué querías? ¿Que me arrastrara? ¿Que renunciara a él solo para que tú te sintieras mejor contigo misma? ¿O piensas obligarlo a él a que te busque sin sentir absolutamente nada por ti?
Julieta tragó saliva. Su sonrisa se quebró por una fracción de segundo. Luego volvió con más fuerza.
—Quería que pagaras por creerte mejor. Por caminar como si todos debiéramos abrirte paso. Querías ser la víctima perfecta, Valentina. Pues ahora lo eres. Suspendida. Sin carrera. Sin dinero. Y él, despedido por tu culpa. ¿Cómo piensa pagarte un semestre de ingeniería estando desempleado?.
Valentina se quedó helada. Pero no se quebró. Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Ya me he levantado muchas veces. Y volveré a hacerlo. Pero tú, Julieta... tú siempre te vas a quedar en ese pozo. Porque la única manera que tienes de brillar es apagando a los demás.
Se levantó con la cabeza en alto, y Cata apareció a su lado de inmediato.
—¿Todo bien? —preguntó su amiga, observando la expresión de Valentina.
—Mejor que nunca, Cata —murmuró ella—. Vamos.
Y salieron juntas, mientras Julieta se quedó mirando su batido derretido, con el sabor amargo de la derrota escondido detrás de sus labios rojos.
Alexander, por su parte, había recibido un mensaje anónimo con una dirección. Una cancha de baloncesto vacía en una vieja zona residencial. El mensaje decía solo una frase:
》“Si quieres que dejemos a Valentina en paz, ven solo.”
Iván lo esperaba, recostado contra el muro perimetral, con una sonrisa insolente y una actitud que rozaba la provocación.
—No pensé que vinieras —dijo, encendiendo un cigarrillo con total descaro.
—Pero estoy aquí —respondió Alexander en un tono afilado—. Ahora dime qué quieres.
—Quiero que te alejes de ella. Que desaparezcas. Ya perdiste tu empleo. ¿Qué más necesitas para entender que este juego terminó? Y en todos los frentes posibles, tú sales perdiendo.
Alexander dio dos pasos hacia él, con el rostro tenso y la mandíbula apretada.
—¿Y tú crees que ganaste? ¿Crees que filtrar un video editado te hace poderoso? Lo que hiciste fue cobarde. Vil, asqueroso. Y si vuelves a acercarte a ella, Iván, te juro que voy a mover cielo y tierra para arruinarte.
Iván sonrió. Dio una calada larga a su cigarrillo.
—¿Sabes qué es lo mejor? Que mientras tú amenazas, yo grabo —le mostró el celular, ya con la grabación en curso, Alexander apretó los labios—. ¿Ves? Siempre tan impulsivo. Siempre tan predecible y fácil de destruir.
Alexander quiso arrebatarle el celular, pero se contuvo. Dio media vuelta, caminó unos pasos, y luego volvió a mirarlo.
—Disfruta lo poco que te queda, Iván. Porque estás cavando tu propia tumba.
A la mañana siguiente, los principales blogs estudiantiles —alimentados por fuentes anónimas— difundieron la grabación: Alexander Rivas enfrentando violentamente a un estudiante, en una cancha vacía, fuera del campus, con amenazas explícitas.
La universidad reaccionó de inmediato. El comité rectoral publicó un comunicado oficial donde confirmaban la desvinculación total del profesor Rivas, y notificaban que su licencia profesional quedaba suspendida en tanto avanzara la investigación ética.
Valentina recibió la noticia mientras desayunaba en casa de Cata. Sintió que el mundo le temblaba bajo los pies.
—Lo grabaron para difundirlo... —susurró— esto fue a propósito. Querían hacerle perder su trabajo.
—Lo armaron todo —dijo Cata, sentándose junto a ella—. Fue meticulosamente planeado, Valen. Sabían exactamente cómo destruirlo y lo hicieron sin esfuerzo. Iván sabía que tecla tocar para desestabilizarlo y el profe iceberg cayó en su trampa.
Valentina guardó silencio. Luego levantó la mirada, con una calma gélida que no había mostrado antes.
—Voy a hablar con él. Con Iván. Ese infeliz tiene que escucharme.
—¿De qué te serviría? ¿Crees que lo que sea que tengas que decirle va a devolverle la licencia al profe hielito? Mejor quédate tranquila y espera a hablar con él. Juntos deben saber qué hacer.
—Siento que debo hacer algo... Alex me protege, me cuida y yo no he hecho nada por él.
—Estás... eso ya es bastante, ¿eh? Te has quedado con él a pesar de que el mundo se te ha desmoronado bajo los pies.
Valentina asintió y se tiró de espalda en la cama, mirando el techo en absoluto silencio.
Al otro lado de la ciudad, Alexander estaba en su departamento, su rostro más demacrado que nunca. No había dormido. No había comido. Estaba sentado en el suelo de la sala, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en la nada.
Cuando escuchó el timbre, no se levantó de inmediato. Pero luego reconoció el golpeteo suave de Valentina.
Ella entró sin esperar invitación. Lo encontró en la oscuridad del salón y se agachó junto a él.
—Ya lo sé todo —murmuró—. Vi el video. Sé que fue una trampa.
Alexander no habló. Solo la miró, con los ojos enrojecidos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Alexander, sin energía.
—Ahora seguimos adelante —dijo ella—. Juntos. Sin aulas. Sin títulos. Pero con lo único que vale la pena: nosotros.
Alexander soltó el aire como si fuera un suspiro que llevaba años conteniendo.
—No mereces esta guerra, Valen —le dijo.
—La estoy eligiendo —respondió ella con firmeza—. Por ti, por mi y por lo que estamos construyendo.
Se abrazaron en el suelo, rodeados del silencio. Del dolor. Pero también de la promesa silenciosa de que seguirían luchando, aunque el mundo los quisiera derrotar.
Y mientras afuera las redes sociales ardían con videos y fotos editadas, los rumores crecían y las puertas se les cerraban, ellos elegían permanecer de pie. Como dos fugitivos de una guerra absurda.
Como dos sobrevivientes que habían encontrado, por fin, un refugio mutuo en medio del fuego cruzado.