"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 23
El salón de los tapices, usualmente un lugar de susurros diplomáticos y elegancia contenida, se transformó en un escenario de caos absoluto. La tensión que se había estado gestando desde la llegada de Sofía finalmente alcanzó su punto de ebullición. Isabella, cuyos nervios habían sido destrozados por la lengua afilada de la pelirroja y la evidente devoción del Rey, perdió el último rastro de cordura que le quedaba.
—¡Tú no eres nada! ¡Solo una aparecida, una sombra del pasado que debería estar bajo tierra! —gritó Isabella, con los ojos inyectados en sangre.
Antes de que los guardias pudieran reaccionar, la Duquesa extrajo una daga de plata oculta en el pliegue de su voluminoso vestido. El metal brilló bajo las lámparas de cristal con una promesa de muerte. Con un grito de pura rabia, Isabella lanzó el arma directamente hacia el corazón de Sofía.
Sofía, todavía adaptándose a su cuerpo humano y a la falta de reflejos sobrenaturales que solía tener como vampiresa, solo pudo abrir los ojos con horror mientras el acero volaba hacia ella. Pero entonces, un estallido de plumas blancas y un graznido ensordecedor cruzaron su campo de visión.
—**"¡PROTOCOLO DE PROTECCIÓN! ¡POLLY ES UN ESCUDO! ¡ADIIIIÓS, MUNDO CRUEL!"**
El Capitán Pico Dorado se lanzó al aire con una trayectoria suicida. Hubo un sonido sordo, un impacto de metal contra algo blando, y el ave cayó al suelo con un golpe seco, quedando completamente inmóvil, con las patas hacia arriba y el cuello torcido de una forma dramáticamente exagerada.
—¡NO! —el grito de Sofía desgarró el aire.
Se lanzó al suelo, ignorando el hecho de que Isabella estaba siendo tacleada por cuatro guardias reales y que el salón era un hervidero de gritos y confusión. Sofía llegó hasta el pequeño cuerpo blanco y lo tomó entre sus manos, temblando.
—Capitán... no, por favor, tú no —sollozó Sofía. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, manchando su piel de porcelana—. No puedes dejarme ahora que soy humana. ¡Despierta, maldito pájaro molesto! ¡Te daré todas las semillas de girasol del reino! ¡Te dejaré insultar mis zapatos!
Sofía revisó frenéticamente el plumaje. La daga estaba allí, encajada profundamente entre las plumas del ala derecha, pero, extrañamente, no veía sangre. Sin embargo, el Capitán no se movía. Su lengua pequeña asomaba por el costado de su pico y sus ojos estaban cerrados con una rigidez sospechosa.
En la mente del Capitán Pico Dorado, sin embargo, el monólogo era muy diferente: *“¡Oh, esto es oro puro! Mírenla, está llorando por mí. ¡La Jefa tiene sentimientos! Si aguanto un poco más, quizás me construya un nido de oro sólido o me nombre Gran Almirante de las Aves. Mantén la pose, Polly, mantén la pose de mártir”*.
Las puertas dobles del salón se abrieron de golpe. Elías entró como una tormenta negra, con la espada desenvainada y una furia en el rostro que hizo que incluso los nobles que estaban lejos se encogieran de miedo. Su mirada escaneó el lugar: vio a Isabella retenida en el suelo y luego vio a Sofía arrodillada, llorando desconsoladamente sobre un montón de plumas blancas.
El corazón de Elías, ese que él juraba que era de piedra, dio un vuelco doloroso. Se acercó a zancadas y se arrodilló al lado de Sofía, poniendo una mano firme en su hombro.
—Sofía, ¿estás herida? —preguntó con una urgencia que no podía ocultar.
—¡El Capitán! ¡Se atravesó para salvarme, Elías! ¡Está muerto! —exclamó ella, hipando, mientras abrazaba al ave contra su pecho.
Elías bajó la mirada hacia el Capitán Pico Dorado. Como hombre de guerra y cazador experimentado, Elías sabía cómo se veía un cuerpo sin vida. Observó la daga clavada en las plumas y luego notó algo extraño: el "cadáver" del ave estaba vibrando ligeramente, y no era por el rigor mortis, sino por el esfuerzo sobrehumano de no soltar una carcajada ante los sollozos de Sofía.
El Rey entrecerró los ojos. Vio cómo, por un milisegundo, el Capitán abría un ojo apenas un milímetro para espiar la reacción de Sofía y luego lo cerraba rápidamente al notar la mirada gélida del monarca.
Elías soltó un suspiro largo, una mezcla de alivio y fastidio real. Se quitó un guante y, con un movimiento seco, le dio un toquecito en la barriga al ave.
—Sofía, deja de llorar —dijo Elías, recuperando su tono de autoridad, aunque con un matiz de ironía—. Este animal es más actor que soldado.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Mira cómo está! ¡Ha dado su vida por mí! —protestó Sofía, limpiándose las lágrimas con rabia.
—La daga está atrapada en el acolchado de sus plumas y el forro de su ala, ni siquiera le rozó la piel —explicó Elías, tomando la empuñadura de la daga y extrayéndola con cuidado—. Está fingiendo, Sofía. Mira.
En ese momento, el Capitán Pico Dorado, dándose cuenta de que el Rey lo había "pillado", decidió que era hora de terminar su gran actuación de la temporada. Abrió un ojo, luego el otro, y soltó un graznido que sonó sospechosamente como una risa burlona.
—**"¡RECOMAN-DACIÓN PARA EL ÓSCAR! ¡LA JEFA ES UN MAR DE LÁGRIMAS! ¡POLLY ES INMORTAL, EL ACERO ES DE JUGUETE!"** —el ave saltó de las manos de Sofía y se posó en el hombro de Elías, sacudiéndose las plumas para recuperar su volumen habitual.
Sofía se quedó petrificada, con las mejillas todavía húmedas y la boca abierta de par en par. La tristeza se transformó en una indignación volcánica en menos de un segundo.
—¡Maldito pájaro mentiroso! —gritó Sofía, poniéndose de pie y tratando de atraparlo—. ¡Casi me da un ataque al corazón! ¡Y tú, Elías, podrías haber tenido un poco más de tacto!
—**"¡Acorralado por la gigantona! ¡El amor es violento! ¡Elías, sálvame de la furia borgoña!"** —graznó el ave, escondiéndose detrás de la cabeza del Rey mientras Sofía le lanzaba manotazos inútiles.
Elías no pudo evitarlo. La tensión acumulada de los últimos días, el miedo a perder a Sofía y la absurda escena del ave comediante rompieron su última defensa. El Rey de Hielo soltó una carcajada vibrante que resonó en todo el salón, dejando a los cortesanos en un estado de shock absoluto.
—Es tu mascota, Sofía. Tú lo criaste —dijo Elías, limpiándose una lágrima de risa—. ¿Qué esperabas? Son tal para cual: dramáticos, tercos y expertos en engañarme.
Sofía se detuvo, mirando a Elías reír. La furia se evaporó, reemplazada por una calidez que la hizo sonreír a pesar de sí misma. Se acercó a él y le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No vuelvas a reírte de mis lágrimas, rubio —murmuró ella, aunque sus ojos brillaban con afecto—. Y tú, Capitán, dormirás fuera de la habitación por un mes.
—**"¡Castigo injusto! ¡Polly salvó el día! ¡Sin mí, la Jefa sería un colador!"**
Elías recuperó la compostura y miró hacia donde Isabella estaba siendo arrastrada hacia las mazmorras. Su rostro volvió a ser el del monarca implacable.
—Llévensela —ordenó a los guardias—. La Duquesa Isabella será juzgada por intento de regicidio contra la futura Reina de Ondaria.
El salón volvió a quedar en silencio ante la declaración. Elías acababa de formalizar lo que todos sospechaban. Tomó la mano de Sofía y la besó frente a todos, ignorando las miradas de envidia de las princesas restantes.
—Parece que mi tiempo para elegir ha terminado —dijo Elías, mirando a Sofía a los ojos—. No necesito un año. Solo necesitaba que mi hámster dejara de ocultar su verdadera cara.
Sofía se apoyó en su hombro, mientras el Capitán Pico Dorado volvía a posarse sobre su cabeza, triunfante.
—*Squeak...* quiero decir... acepto el cargo, Majestad —susurró ella—. Pero el pájaro se queda fuera del banquete de bodas.
—**"¡Discriminación aviar! ¡Llamen a mi abogado! ¡Polly quiere pastel!"**
La tormenta había pasado, y aunque el camino hacia el trono aún estaría lleno de espinas, Sofía sabía que con su lengua de fuego, su Rey de Hielo y un pájaro que se negaba a morir, Ondaria Magna nunca volvería a ser un lugar aburrido.
**Continuará...**