NovelToon NovelToon
La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:114
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9

Capítulo 9 — La Lluvia

ALGUNOS DÍAS DESPUÉS.....

Las reuniones del miércoles me dejan con un humor que la gente a mi alrededor aprende a identificar rápido.

No es rabia. La rabia es caliente, es impulsiva, es el tipo de cosa que no me permito porque la emoción caliente nubla el juicio y el juicio nublado cuesta dinero. Es una frialdad específica que se instala cuando llevo cuatro horas sentado en una sala con gente a la que le pagaron para pensar y que insiste en no hacerlo.

Thomas sabe identificar ese humor.

Entró al carro frente a mí, abrió la carpeta, la cerró, la volvió a abrir y después simplemente la cerró por última vez y se quedó en silencio el resto del camino.

Buen instinto el de Thomas.

El carro entró por el portón de la mansión a las diez y cuarto de la noche. Llovizna fina desde las ocho de la noche, esa garúa de Nueva York que no es suficiente para justificar paraguas pero sí suficiente para dejar todo húmedo y el aire con ese olor a asfalto mojado que o lo amas o lo odias.

Yo no tengo una opinión formada al respecto.

Estaba quitándome el cinturón cuando Marco frenó levemente y dijo con esa voz neutra de chofer experimentado que aprendió a no hacer comentarios pero que a veces no puede quedarse completamente callado:

—Señor.

Miré por la ventana.

Ella estaba en el borde del portón de salida de los empleados con una bolsa pequeña abrazada al pecho y esa postura de quien está fingiendo que la lluvia no está ocurriendo. El uniforme ya se había oscurecido en los hombros de húmedo. El cabello que había visto suelto y sedoso una tarde que fingí no haber notado estaba ahora pegado al costado de su cara por la llovizna que seguía cayendo.

Parada.

Mirando la nada con esa frente levemente fruncida de quien está calculando opciones y no está contento con ninguna de las que encontró.

Perdió el autobús, fue mi primer pensamiento. El horario de los empleados era a las diez. Ella se había quedado más allá de su turno por algún motivo y había perdido el último transporte.

Me quedé mirando unos tres segundos.

—Para el carro. —dije.

Marco paró.

Bajé el vidrio.

Ella no me vio de inmediato. Estaba mirando el teléfono con esa expresión de quien acaba de ver el precio del servicio de transporte y está teniendo una conversación interna seria sobre si vale o no vale.

—Señorita Antonieta.

Ella levantó el rostro.

Me vio.

Vi la secuencia suceder en su cara en tiempo real. El reconocimiento, el orgullo inmediato posicionándose, esa línea que su boca hacía cuando se estaba preparando.

—Señor Petronius. —dijo con una cordialidad fina como papel.

—Suba al carro.

Ella miró el carro. Me miró a mí. Volvió a mirar el teléfono en su mano.

—Gracias. Ya llamé el servicio.

—Está lloviendo.

—Lo estoy viendo.

—Y está mojada.

—Eso también lo estoy viendo.

Hice una pausa.

—Suba al carro. —repetí, y le puse a eso la misma entonación que uso cuando digo algo por segunda vez en una reunión y no tengo intención de decirlo una tercera.

Ella me miró fijo por un segundo con esos ojos que ya conocía suficiente para saber que estaban sopesando cada variable de la situación.

—No es necesario, señor Petronius. De verdad.

—No dije que fuera necesario. Dije que subiera.

—Y yo dije que llamé el servicio.

—Cancélalo.

—Ya pagué la tarifa de—

—Yo pago la tarifa. —la corté. —Suba al carro, Antonieta.

El nombre salió sin el "señorita" delante y lo noté después de que ya había salido, y ella también lo notó, lo vi por la forma en que sus ojos cambiaron levemente, ese milímetro que lo cambia todo en el rostro de una persona cuando ocurre algo que no esperaba.

Nos quedamos así unos cinco segundos que la llovizna llenó con ese sonido suave de agua fina en el asfalto.

Ella cerró el servicio.

Abrió la puerta.

Entró.

Se sentó lo más lejos posible de mí en el asiento trasero, lo que en un carro del tamaño del mío significaba unos ochenta centímetros de cuero oscuro entre nosotros, y se quedó con la bolsa en el regazo mirando por la ventana con esa postura de quien decidió que no iba a hablar si no era estrictamente necesario.

Yo tampoco hablé.

Marco arrancó suave y la lluvia golpeaba el techo del carro con ese sonido que desaparece en el silencio cuando dejas de prestarle atención y vuelve cuando lo haces.

Yo le estaba prestando atención.

Al sonido de la lluvia y a ese olor a vainilla que la lluvia había intensificado en su cabello y que llegó hasta mí por el espacio cerrado del carro sin pedir permiso.

—Dónde. —dije.

Ella giró el rostro.

—¿Cómo?

—Dónde vives.

Ella me dio la dirección con esa voz neutra y yo se la pasé a Marco sin mirarla.

Volvió el silencio.

Ella volvió a la ventana.

Yo me quedé mirando al frente fingiendo que no notaba la manera en que la luz de los postes afuera pasaba por el vidrio mojado y caía en su cara en fragmentos.

—Te quedaste más allá de tu turno. —dije.

No era pregunta pero ella respondió igual.

—Glória necesitó ayuda con el inventario del almacén. Me quedé a ayudar.

—¿Ella pidió o tú ofreciste?

Una pequeña pausa.

—Ofrecí.

No respondí.

Ella no esperaba respuesta, me di cuenta. Habló porque yo había preguntado y no porque quisiera conversación. La diferencia entre las dos cosas era sutil y la mayoría de la gente no la hacía, mezclaba todo en una corriente de palabras que yo encontraba agotadora.

Ella no mezclaba.

Decía lo que tenía que decir y paraba.

Irritante de una manera diferente a como era irritante antes.

El carro se detuvo en un semáforo. La lluvia se intensificó un poco durante unos treinta segundos y después volvió a la llovizna de antes como si se hubiera arrepentido.

—Por qué cambiaste los productos. —dije, y no sabía bien por qué estaba preguntando eso ahora, en ese carro, en ese silencio.

Ella giró el rostro despacio.

—La lavanda me da náuseas. —dijo directo, sin rodeos, sin ese tono de disculpa que la gente suele poner cuando admite algo que causó un problema. —La canela también. Sé que son los olores del señor y que no debí cambiarlos sin autorización. Me equivoqué. Pero la razón fue esa.

—Náuseas de qué.

—De cualquier cosa. —encoció levemente los hombros. —Desde que era niña. El olor muy dulce me revuelve el estómago.

Me quedé mirándola.

Ella me miró de vuelta con esa franqueza sin adorno que había notado desde el primer día, esa forma de decir las cosas como son sin envolverlas en papel bonito.

—Podías haberle pedido a Glória que te consiguiera mascarilla. —dije.

—Sí. —concordó ella sin más. —Podía.

—Pero no pediste.

—No.

—Por qué.

Ella se quedó un segundo.

—Porque era mi primer día y no quería parecer un problema.

El carro dobló en una calle más estrecha y la lluvia golpeó diferente el techo por un momento, más aguda, antes de volver al tono de antes.

No dije nada más.

Ella tampoco.

Llegamos a su dirección a las once menos diez. Un edificio de fachada sencilla, iluminación en la entrada, un árbol en la acera al que la lluvia había dado ese brillo de hoja mojada que atrapa la luz del poste.

Marco paró.

Ella tomó la bolsa, abrió la puerta y entonces se detuvo. Se quedó así un segundo con la puerta entreabierta y la llovizna llegando apenas.

—Gracias. —dijo, sin mirarme.

—No era un favor. —respondí. —Era lluvia.

Ella se quedó callada por un segundo que no supe leer.

Después salió. Cerró la puerta con esa suavidad que tenía cuando no estaba enojada, que era diferente a la suavidad de quien tiene miedo de molestar; era la suavidad de quien simplemente no necesita hacer ruido para existir.

Me quedé mirando cómo entraba al edificio.

Solo hasta que la puerta se cerró.

—Puede irse, Marco. —dije.

Él arrancó sin comentario.

Yo me quedé mirando la calle mojada por la ventana mientras el carro tomaba la avenida de regreso y no pensé en nada específico por un tiempo considerable.

O intenté no pensar.

Ese olor a vainilla todavía estaba en el carro.

—Continúa...

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play