Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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La Nueva Vida
Capítulo 6: La Nueva Vida
La casa de Alfred McCormick estaba en un barrio residencial al norte de Milwaukee, lejos del bullicio de la ciudad y más cerca de los bosques de robles, que pintaban de rojo y naranja el otoño de Wisconsin. Laura llegó con la maleta de siempre, y un salto en el estómago que no era de miedo, sino por la expectativa.
Alfred la recibió en la puerta con una sonrisa que ella ya comenzaba a conocer: seria pero amable, como la de un profesor exigente que también sabe ser generoso.
—Pasa —dijo, apartándose para dejarla entrar—. Te enseñaré tu habitación.
La casa era espaciosa pero no lujosa. Había muebles de madera oscura, estanterías llenas de libros de economía y finanzas. Y en las paredes colgaban fotografías de paisajes de Wisconsin, pero no vio ninguna foto de familia. A Laura le pareció extraño, pero no hizo preguntas.
—Esta será tu habitación —dijo Alfred, abriendo una puerta al final del pasillo.
Laura entró y contuvo el aliento. Era el doble de grande que la habitación que compartía en el albergue, con una cama individual, un escritorio junto a la ventana, y un armario vacío esperando ser llenado. Había sábanas limpias, una lámpara de noche, y un pequeño ramo de flores silvestres en una jarra de vidrio.
—No sabía qué flores te gustaban —dijo Alfred, casi con timidez—. Le pedí a la señora de la limpieza que las eligiera.
—Están perfectas —respondió Laura, con la voz un poco quebrada—. Gracias. De verdad.
—No me des las gracias todavía. Mañana empiezas como supervisora general, y no voy a tratarte con guantes de seda. Vas a trabajar duro.
—Eso espero —dijo Laura, sonriendo—. No vine aquí para descansar.
Alfred asintió, satisfecho con la respuesta.
— Hay comida en la nevera y la cocina está a tu disposición. Si necesitas algo, mi habitación está al final del pasillo. Solo toca la puerta.
Se despidió con un movimiento de cabeza y se fue, dejando a Laura sola en su nueva habitación. Ella cerró la puerta, se sentó en la cama, y por primera vez en meses lloró. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alivio, de gratitud, de esperanza. Acto seguido tomó el teléfono y le timbró a su madre en Cuba, para darle la buena noticia.
La oficina central de BrightClean, estaba en un edificio modesto del centro de Milwaukee. Laura llegó a las siete de la mañana, media hora antes de empezar su horario de trabajo, con su uniforme recién planchado —Ya no el overol azul, sino un traje sastre color gris que Alfred le había mandado comprar— y una libreta nueva para tomar notas.
Beatriz la recibió en la entrada.
—¿Dormiste bien? —preguntó, con una sonrisa cómplice.
—Como no había dormido en años —respondió Laura—. La cama es increíble.
—¿Y el señor McCormick? ¿Se portó bien?
—Se portó como un caballero, no te preocupes.
Beatriz arqueó una ceja, pero no dijo más. La llevó a la sala de juntas, donde la esperaban los otros supervisores de zona. Eran todos hombres, la mayoría eran mayores de cuarenta años, con caras de pocos amigos. Laura sintió sus miradas evaluadoras, pero no se amilanó.
—Buenos días —dijo en inglés con una claridad, que sorprendió a más de uno—. Me llamo Laura Salgado. Soy la nueva supervisora general. Espero que trabajemos bien juntos.
Uno de los hombres, un tal señor Thompson resopló.
—¿Supervisora general? ¿Usted? ¿No es la misma que hace tres meses estaba limpiando pisos?
—La misma —respondió Laura, sin perder la calma—. ¿Algún problema con eso?
Thompson la miró con desprecio, pero no respondió. Beatriz intervino.
—El señor McCormick confía en Laura, y yo también. El que no esté de acuerdo, puede llevarle su queja directamente al Director Ejecutivo de la Compañía.
Silencio. Nadie dijo nada más.
La reunión transcurrió sin incidentes. Laura tomó notas, hizo preguntas inteligentes, y propuso una reorganización de las rutas de limpieza que según sus cálculos, ahorraría a la compañía un quince por ciento en combustible. Alfred que observaba desde una cámara en su oficina, sonrió para sí mismo convencido de que había tomado la decisión correcta.
Durante las semanas siguientes, Laura se ganó el respeto de sus subordinados a base de trabajo duro y resultados. No pedía nada que ella misma no estuviera dispuesta a hacer. Si una brigada tenía problemas, ella misma se ponía el overol y ayudaba a limpiar. Si un cliente se quejaba, iba personalmente a disculparse y a resolver el problema.
Pero no todo era fácil. El señor Thompson, el supervisor que la había cuestionado el primer día, le hacía la vida imposible. Le daba información incompleta, le retrasaba los informes, y hablaba mal de ella a sus espaldas.
Laura lo ignoró durante un tiempo, hasta que una mañana Thompson se negó a entregarle un reporte, que ella necesitaba con urgencia.
—Se me olvidó —dijo, con una sonrisa falsa—. Lo tendrá mañana.
—Lo necesito hoy —respondió Laura, con voz firme—. Es para el cliente del edificio central. Si no lo entregamos a tiempo, perdemos el contrato.
—Pues entonces más le vale que usted misma lo haga —dijo Thompson, y se dio la vuelta.
Laura apretó los puños. Fue a la oficina de Alfred y le contó lo que pasaba.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él, sin levantar la vista de su computadora.
—Nada —respondió Laura—. Solo quiero que sepa lo que está pasando. Porque cuando resuelva el problema, no quiero que nadie diga que actué bajo presión.
Alfred levantó la vista, impresionado.
—¿Y cómo vas a resolverlo?
—Haciendo yo misma el reporte. Y luego cuando el cliente esté satisfecho voy a sentar a Thompson en una reunión, y le voy a dejar claro quién manda aquí.
—¿Y si se niega?
—Entonces usted tendrá que decidir entre un supervisor insubordinado y una supervisora que cumple.
Alfred la miró largamente. Luego asintió.
—Me gusta tu estilo, Laura. Adelante.
Laura pasó la noche entera haciendo el reporte que Thompson había omitido. Al día siguiente lo entregó personalmente al cliente, que quedó tan satisfecho que firmó una extensión del contrato por un año más. Cuando Thompson se enteró, no le quedó más remedio que reconocer su derrota.
—No se crea la gran cosa —le dijo, en un aparte—. Esto es solo el principio.
—Lo sé —respondió Laura—. ¡Por eso voy a estar aquí para darle la respuesta adecuada!
Alfred no era un hombre de demostraciones públicas de afecto. Había sido criado por una madre fría y distante, una ejecutiva del gobierno que nunca tuvo tiempo para abrazos, ni palabras bonitas. Pero a medida que pasaban los días, Laura comenzó a notar pequeños detalles. Él le dejaba Café recién hecho en la cocina cada mañana, a pesar de que él no tomaba Café. Le había comprado un abrigo nuevo, porque el suyo era demasiado delgado para el invierno de Wisconsin. Y a veces, cuando ella trabajaba hasta tarde en la sala, él se sentaba a su lado con un libro y la acompañaba en silencio.
—No tienes por qué quedarte —le dijo Laura una noche—. Yo puedo cerrar.
—Lo sé —respondió Alfred—. Pero me gusta tu compañía.
Laura sintió un escalofrío, que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Señor McCormick...
—Alfred —la interrumpió—. Cuando estamos en casa, soy Alfred.
—Alfred —repitió ella, probando el nombre—. No quiero que malinterpretes las cosas. Estoy aquí para trabajar, no para...
—No estoy malinterpretando nada —dijo él, con una calma que desarmaba—. Solo te estoy diciendo que me gusta tu compañía. Si algún día quieres que sea algo más, me lo dirás. Pero mientras tanto, no voy a presionarte.
Laura bajó la mirada. Había algo en Alfred que la atraía, pero no sabía si era confianza, gratitud, o algo más profundo. Después de Michel, después de Maritza, después de todo lo que había sufrido, no estaba segura de poder volver a confiar en un hombre.
—Gracias por entenderme —dijo al final.
Alfred asintió y volvió a su libro.
Esa noche, Laura soñó con él. Y cuando despertó, supo que su vida estaba a punto de cambiar otra vez. Una noche Alfred intentó cocinar espaguetis. Salió una pasta pegajosa y una salsa, que parecía más bien sopa de tomate. Laura lo miró desde la puerta de la cocina, conteniendo la risa.
—¿Eso es lo que comes todos los días? —preguntó.
—No —admitió él, con una vergüenza que le quedaba extrañamente bien—. Normalmente pido comida
China, pero quería impresionarte.
—Pues lo has logrado. No sabía que se podían hacer espaguetis con esa textura.
Alfred soltó una carcajada. Era la primera vez que Laura lo veía reír de verdad, sin la máscara de CEO.
—Está bien —dijo ella, apartándolo de la cocina—. Siéntate que voy a cocinar de verdad.
Preparó una pasta simple con ajo, aceite de oliva y un toque de perejil. Alfred la miró mientras ella cocinaba, como si estuviera viendo una obra de arte.
—¿Qué? —preguntó Laura, notando su mirada.
—Nada. Solo pienso que mi casa no se sentía como un hogar desde que era niño. Y ahora de repente, lo es.
Laura no respondió. Pero esa noche cuando terminaron de cenar, se quedaron sentados en la mesa hasta tarde, hablando de todo y de nada. Y cuando él la acompañó a su habitación, Laura sintió que quería quedarse un poco más, pero no dijo nada.
Una semana después, mientras Laura revisaba unos informes en la oficina, su teléfono sonó. Era un número que no conocía, pero respondió por instinto.
—¿Laura?
La voz le heló la sangre. Era Michel.
—¿Cómo conseguiste este número? —preguntó ella, con voz fría.
—Tu amiga Yamilé me lo dio. Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Por favor, Laura. Sé que fui un idiota. Sé que mi madre te hizo daño. Pero no puedo dejar las cosas así. Te quiero.
Laura sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—Si me quisieras de verdad, no habrías permitido que tu madre me tratara como basura. Te habrías ido conmigo cuando salí de esa casa, pero no lo hiciste. Preferiste quedarte con ella.
—Estaba confundido —suplicó Michel—. Pero ahora lo veo claro, quiero estar contigo.
—Pues llega tarde —dijo Laura—. Ya no soy la misma que dejó Cuba por ti. Ahora soy alguien que no necesita a nadie para sobrevivir.
Colgó sin esperar respuesta y sus manos temblaban de rabia contenida. Michel no tenía derecho a llamarla después de todo lo que había pasado. Alfred entró en la oficina en ese momento y la vio pálida, con el teléfono aún en la mano.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien —respondió Laura, guardando el teléfono—. Solo una llamada que no debió llegar.
Alfred no preguntó más. Pero esa noche cuando ella llegó a casa, encontró una caja de pastelitos de guayaba sobre la mesa de la cocina. No eran de Cuba pero se parecían.
—Los mandé a hacer especialmente —dijo Alfred, desde la sala—. Pensé que te gustaría recordar tu tierra.
Laura sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien la veía no como un problema o una carga, sino como una persona.
—Gracias —dijo, y fue a sentarse a su lado.
No hablaron del pasado ni del futuro. Solo compartieron el silencio y los pastelitos, mientras afuera la nieve cubría Milwaukee de blanco. Y en ese silencio, Laura supo que algo estaba naciendo. Algo que no buscaba, pero que no iba a rechazar.