Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Frustración.
La noche en Boston caía con elegancia sobre la ciudad, envolviendo las calles en luces cálidas y reflejos dorados que se colaban por los ventanales del bar. El lugar estaba lleno, pero no saturado; lo suficiente para que las risas, las conversaciones y el sonido de las copas chocando crearan un ambiente vibrante y cómodo.
En una mesa junto a la ventana, Adara Lobo observaba distraídamente el movimiento de la calle mientras sostenía su margarita. Frente a ella, Samara Lamas y Suleima Domínguez discutían como siempre… con entusiasmo y cero filtro.
—A ver —decía Samara, señalando con su vaso—, sobrevivimos a profesores insufribles, entregas imposibles y noches sin dormir. Esto merece algo más que una margarita.
—Esto merece tequila directo —corrigió Suleima—, pero Adara es fina ahora.
Adara soltó una risa baja.
—Sigo siendo la misma, solo que con un título más caro.
—Y peligrosa —añadió Samara—. No olvidemos eso.
Las tres chocaron sus vasos.
—A nosotras —dijo Suleima.
—A nosotras —repitieron.
Un pequeño silencio cómodo se instaló antes de que Adara hablara, casi como si lo hubiera estado pensando desde hacía rato.
—En una semana me voy.
Suleima levantó la mirada de inmediato.
—¿A Italia?
—Sí. Ya terminé aquí… y tengo que volver a encargarme de cosas importantes allá.
Samara entrecerró los ojos con una sonrisa que prometía caos.
—¿“Cosas” como negocios familiares o “cosas” como hombres peligrosamente guapos?
Adara negó con la cabeza, divertida.
—Ambas.
—Me encanta tu vida —murmuró Samara, llevándose la mano al pecho—. Yo también quiero una familia así.
—No sabes lo que dices —respondió Adara.
—Oh, sí lo sé —insistió—. He visto tus fotos. Esos Lobo no son normales. En serio, Adara… uno no sabe si quiere ser madrasta, cuñada, prima o lo que sea… porque en tu familia hasta los guardaespaldas están echis unos bombones.
Suleima soltó una carcajada.
—Tiene razón. Ese árbol genealógico tuya parece un catálogo.
Adara negó, riendo.
—Están exagerando.
—No —dijo Samara con total seguridad—. Tu primo… ¿cómo se llama? ¿Gabriele?
—Sí.
—Ese hombre es ilegal.
—Es un rompe corazones —confirmó Adara—. Y lo sabe.
—Perfecto —sonrió Samara—. Es mi tipo.
—Te duraría mínimo una semana —replicó Adara.
—Con eso me basta.
Las tres rieron.
—¿Y hay más disponibles o todos están ocupados? —preguntó Suleima.
—Guardias hay muchos —respondió Adara—. Pero de la familia… solo dos están solteros: Noah, mi mellizo… y Gabriele.
—¿Tu mellizo también está bueno? —preguntó Samara sin pudor.
Adara arqueó una ceja.
—Samara…
—¿Qué? Pregunto por cultura general.
—Sí —respondió Adara, resignada—. Está bueno.
—Perfecto. Ya tengo dos opciones.
—Estás enferma —murmuró Suleima entre risas.
Adara las observó un momento antes de decir, casi impulsivamente:
—Vengan conmigo a Italia.
Ambas se quedaron en silencio.
—¿Hablas en serio? —preguntó Suleima.
—Sí. Pueden quedarse en casa de mi familia. Hay espacio de sobra… y ya vieron el “menú”.
Samara levantó su vaso emocionada.
—Yo voy. Pero primero tengo que pasar por casa de mis padres o me desheredan.
—Igual yo —añadió Suleima—. Pero cuenta con nosotras.
—Perfecto —sonrió Adara.
Suleima la miró con curiosidad.
—¿Y Fausto también irá?
Adara asintió, dando un pequeño sorbo a su bebida.
—Sí. Va a trabajar con su padre, para mi padre. Ya está manejando casos importantes… y le ha ido bien.
Samara hizo una mueca.
—¿Y su sombra también irá?
Adara suspiró, no era un secreto que a sus amigas no les caía bien la hermanastra de su novio.
—Allegra también va.
Suleima frunció el ceño.
—No sé, Adara… esa mujer no me gusta.
—A mí tampoco —añadió Samara—. Es como… una garrapata.
Adara soltó una pequeña risa.
—Exageradas.
—No, en serio —insistió Suleima—. Es demasiado pegada a él.
—Crecieron juntos —explicó Adara—. Desde los diez años. Es normal que sean cercanos.
Samara ladeó la cabeza.
—Demasiado cercanos para mi gusto.
Antes de que Adara respondiera, una voz masculina interrumpió.
—Amor.
Adara cerró los ojos un instante antes de girarse, era Fausto, perfecto como siempre.
—Hola —dijo ella, sonriendo.
Él besó sus labios con suavidad.
—Te extrañé.
—Nos vimos esta mañana.
—No es suficiente.
Samara y Suleima intercambiaron miradas exageradas.
—Creo que me va a dar diabetes —murmuró Samara.
Suleima contuvo la risa.
Entonces apareció Allegra, impecable como siempre.
—Hola, Adara. Hola chicas.
—Allegra.
Fausto tomó la mano de Adara con dulzura.
—¿De qué hablaban?
—De Italia —respondió Samara—. Vamos a visitarla.
—Será un gusto recibirlas —dijo él con una sonrisa perfecta.
Adara sostuvo la suya, pero algo dentro de ella… no reaccionó, no como debería.
Las horas pasaron entre conversaciones ligeras, risas y comentarios superficiales. Fausto se mantuvo atento, cariñoso, detallista… casi en exceso yen algún punto… Adara empezó a sentirse cansada.
No físicamente, si no algo más profundo. Cuando salieron del bar, el aire frío de la noche le despejó un poco la mente.
—Nos vemos en Italia, mafiosa —dijo Samara, abrazándola.
—Y no te metas en problemas sin nosotras —añadió Suleima.
—Lo intentaré.
Las vio marcharse en su coche antes de dirigirse al edificio donde ella, Fausto y Allegra vivían. El ascensor subió en silencio. Allegra bajó primero para buscar su apartamento y ahí seguido lo hicieron Fausto y Adara.
—Buenas noches —se despidió.
—Buenas noches —respondieron Adara y Fausto.
Cuando la puerta se cerró, quedaron solos, Fausto entrelazó su mano con la de ella y la llevó hasta sus labios para dejar un beso en el dorso.
—Ven.
Entraron a su apartamento y entonces cambió todo, Adara lo arrinconó contra la pared y lo besó, no con ternura lo hizo con hambre. Sus manos recorrieron su cuerpo con urgencia, deshaciéndose de la ropa sin paciencia, necesitaba adrenalina, lujuria y desenfreno.
—Adara… —murmuró él, sorprendido cuando ella le mordió el labio.
—Esta noche no seas suave —susurró ella contra sus labios.
Pero Fausto no sabía ser de otra forma, sus caricias eran delicadas, medidas… correctas.
Adara cerró los ojos buscando eso que a sus a sentir, quería ser apresada, apretada, mordida y marcada y como siempre no era él.
Una mirada se coló en su mente: oscura por el deseo. Intensa por la lascivia y peligrosa, de esas que te aflojan todo. Unos ojos castaños que la hacían perder el control con solo recordarlos fue lo único que vió; los de Cedric Becker.
Su respiración se volvió irregular, su cuerpo reaccionó, pero su mente no estaba allí.
—Necesito que me comas el c0ñ0 —casi le exigió a su novio.
Se fueron a la habitación donde él la desnudó a ella con demasiado paciencia porque Adara quería que me arrancarán la ropa.
Y lo hizo, Fausto le hizo un oral mientras ella se pellizcaba los p3zones, Pero no era suficiente.
Y cuando todo terminó la frustración fue peor que antes porque lo intentaba, de verdad lo hacía, pero no importaba cuánto se esforzara no era suficiente y lo peor es que ahora que iba a volver a Italia sabía exactamente por qué.