"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 22
El regreso del Rey Elías a Ondaria Magna no fue la entrada solemne y gélida a la que el pueblo estaba acostumbrado. Fue un escándalo envuelto en seda y misterio. El carruaje real, escoltado por la guardia de élite, cruzó el puente levadizo mientras los rumores corrían por las calles más rápido que la peste. Se decía que el Rey había encontrado a una náufraga en el bosque; otros juraban que era una espía extranjera. Pero nadie estaba preparado para la realidad.
Cuando la puerta del carruaje se abrió frente a la escalinata del palacio, el silencio fue absoluto. Elías bajó primero, pero no extendió la mano con condescendencia, sino con una devoción que rozaba lo sagrado. Y entonces apareció ella.
Sofía descendió con la gracia de una depredadora que acababa de recuperar su territorio. Su cabello borgoña, ahora seco y peinado en ondas rebeldes que caían hasta su cintura, brillaba como rubíes bajo el sol de la tarde. El vestido de seda que Elías le había proporcionado —un préstamo de emergencia de los baúles reales— le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su propia piel blanca.
—**"¡Miren esa entrada! ¡La Jefa tiene tacones! ¡Huyan, plebeyos, que la lengua de fuego ha vuelto!"** —chilló el Capitán Pico Dorado, aterrizando con arrogancia sobre el hombro de Sofía, recordándole a todo el mundo que él seguía siendo el escolta oficial.
En lo alto de la escalinata, el bloque de mármol de la envidia estaba representado por Isabella y la Princesa Valeriana. Isabella tenía el rostro tan tenso que parecía que su piel iba a estallar. Sus ojos recorrieron a Sofía de arriba abajo, buscando un defecto, una mancha, un rastro de vulgaridad. No encontró nada más que una belleza que hacía que su propio atractivo pareciera el de una muñeca de porcelana barata.
—Majestad —dijo Isabella, con una voz que pretendía ser dulce pero que goteaba veneno—. ¿Quién es esta... invitada? No recuerdo haber visto su nombre en la lista de linajes aceptables de Ondaria.
Sofía dio un paso al frente antes de que Elías pudiera abrir la boca. Sus ojos azules brillaron con una luz peligrosa. Ya no tenía que conformarse con chillar o morder tobillos; ahora tenía el don de la palabra, y su lengua era más afilada que su antigua espada de acero de Damasco.
—Mi nombre es Sofía von Bloodrose —dijo ella, y su voz resonó con una autoridad que hizo que los guardias enderezaran la espalda—. Y en cuanto a los "linajes aceptables", Duquesa Isabella, mi familia ya gobernaba estas tierras cuando sus antepasados todavía estaban aprendiendo a usar los cubiertos.
Un murmullo de asombro recorrió el patio. Isabella se puso pálida de furia.
—¡Los Bloodrose se extinguieron hace siglos! ¡Eres una impostora!
Sofía sonrió, una sonrisa lenta y felina que no llegó a sus ojos.
—Extinguidos no, Duquesa. Simplemente... estábamos esperando el momento adecuado para volver. Y parece que el momento ha llegado justo cuando el palacio empezaba a oler a rancio y a ambición desesperada.
Elías, lejos de reprenderla, observaba la escena con una fascinación mal disimulada. Ver a su "Pelusa" convertida en una mujer capaz de despedazar socialmente a sus enemigos era el entretenimiento que no sabía que necesitaba.
Esa misma tarde, se organizó un té de emergencia en el jardín de invierno. Las princesas candidatas, encabezadas por Valeriana y secundadas por la Princesa Clotilde (quien todavía tenía un tic nervioso en el ojo tras el incidente de la red en el bosque), se reunieron para "evaluar" a la nueva rival.
—Dígame, Lady Sofía —dijo Valeriana, manteniendo su compostura gélida—, ¿dónde ha estado escondida todo este tiempo? Es curioso que el Rey la haya encontrado precisamente ahora, cuando el plazo para elegir Reina se acorta.
Sofía tomó su taza de té con una elegancia que hizo que Valeriana pareciera una aprendiz.
—Estuve mucho más cerca de lo que imaginan, Princesa. He sido testigo de todas sus... maniobras. He visto cacerías ridículas, intentos de envenenamiento por perfume de jazmín y peinados tan altos que desafiaban no solo la gravedad, sino el buen gusto.
Clotilde se atragantó con su galleta. Isabella golpeó la mesa con su abanico.
—¡Es un ultraje! ¡Sugieres que nos has estado espiando!
—Sugiero —replicó Sofía, inclinándose hacia adelante— que mientras ustedes se preocupaban por el color de sus cintas, yo estaba aprendiendo los verdaderos secretos de este reino. Por ejemplo, Duquesa, sé que el collar que lleva es una copia; el original lo empeñó su padre para pagar sus deudas de juego el mes pasado.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía escuchar el batir de las alas del Capitán Pico Dorado en las vigas.
—**"¡Golpe bajo! ¡La joya es de vidrio! ¡Isabella es una estafa, Sofía es la jefa!"** —se burló el ave, mientras picoteaba una uva del plato de Valeriana.
Isabella se puso de pie, temblando de rabia.
—¡Elías! ¡No puedes permitir que esta mujer nos insulte de esta manera! ¡Es una extranjera sin nombre que ha salido de la nada!
Elías, que estaba sentado al fondo del salón leyendo un informe, levantó la vista. Su mirada era más fría que nunca, pero cuando se posó en Sofía, hubo un destello de una calidez prohibida.
—Lady Sofía está bajo mi protección personal —dijo Elías, y su voz cortó el aire como una guillotina—. Y hasta donde yo sé, no ha dicho ninguna mentira. Si la verdad les resulta insultante, quizás deberían revisar sus propias vidas antes de cuestionar la de ella.
—¡Es una bruja! —chilló Clotilde—. ¡Tiene que haber usado magia! ¡Ninguna mujer aparece así de la nada!
Sofía se levantó, su cabello borgoña ondeando como una bandera de guerra. Caminó hacia Clotilde y le retiró una pequeña mota de polvo del hombro con un gesto de desprecio.
—La única magia que he usado, querida Clotilde, es la de la paciencia. He pasado mucho tiempo observando a las "bestias" de este palacio desde una perspectiva muy humilde. Ahora que tengo mi propia voz, les sugiero que la escuchen con atención: El Rey no necesita una muñeca, ni una socia de negocios gélida, ni mucho menos una víbora resentida. Necesita a alguien que conozca su corazón. Y resulta que yo conozco hasta el último de sus latidos.
En el Cielo, los Dioses estaban pidiendo palomitas de ambrosía.
—¡Mírenla! —gritaba el Dios del Caos—. ¡Ha pasado de morder tobillos a destrozar reputaciones! ¡Es una transición impecable!
—Ya no hay puntos de bondad —dijo la Diosa de la Bondad con un suspiro—. Ahora es una humana libre. Su redención ha terminado, pero su batalla por el amor apenas comienza.
—Me encanta cómo Isabella está a punto de tener un aneurisma —comentó el Dios de la Estética—. Sofía es perfecta. Ese tono borgoña contra el blanco del mármol es... arte.
Al caer la noche, Elías encontró a Sofía en el balcón del estudio, mirando hacia el bosque donde casi pierde la vida. La atmósfera entre ellos había cambiado; ya no era la de dueño y mascota, sino la de dos fuerzas que chocaban con una atracción inevitable.
—Has causado tres desmayos y una crisis diplomática en menos de seis horas —dijo Elías, acercándose por detrás. No la tocó, pero su presencia era un muro de calor contra el frío nocturno—. Mis consejeros dicen que eres peligrosa.
Sofía se dio la vuelta, apoyando la espalda en la barandilla. Sus ojos azules lo desafiaron.
—Soy peligrosa, Elías. Conozco todos tus secretos. Sé que odias que toquen tus cosas, sé que te lavas las manos cuando estás nervioso y sé que, en el fondo, tienes miedo de que alguien te quiera de verdad.
Elías acortó la distancia, atrapándola entre sus brazos y la barandilla. Su rostro estaba a milímetros del de ella.
—Si eres tan inteligente, deberías saber que no voy a dejar que te vayas. No me importa si eres una Bloodrose o un espíritu del bosque.
—¿Y qué vas a hacer, Rey de Hielo? —susurró Sofía, su aliento rozando los labios de él—. ¿Encerrarme en una taza de té otra vez?
—No —respondió Elías, y por primera vez, su mano se hundió en el cabello borgoña de ella con una posesividad feroz—. Voy a hacer que todas esas princesas se muerdan la lengua mientras te ven sentada en el trono a mi lado.
—**"¡Beso, beso! ¡El Rey se ha derretido! ¡Sofía es la Reina, Polly es el testigo!"** —graznó el Capitán Pico Dorado desde el tejado, justo antes de que Elías cerrara las puertas del balcón, dejando fuera al mundo y sus habladurías.
Ondaria Magna iba a tener una Reina, y por primera vez en su historia, no iba a ser una alianza política. Iba a ser una revolución de sangre borgoña y lengua de fuego.
**Continuará...**