🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 1
El mármol bajo sus pies estaba frío, casi tanto como el aire que se filtraba entre las cortinas de seda de la mansión. Kassandra descendió las escaleras con lentitud, los dedos rozando el pasamanos de ébano como si buscara algo a qué aferrarse. El vestido azul noche, ceñido a su cintura antes de caer en un fluido remolino hasta sus tobillos, había sido su elección, la única que le habían dejado hacer ese día. El tejido, suave como el tacto de un amante que nunca tuvo, se pegaba a sus caderas al moverse, recordándole con cada paso que su cuerpo era un objeto de exhibición, no de placer. Sus pechos, altos y firmes bajo el escote en V, se alzaban con cada respiración contenida, como si el simple acto de inhalar fuera un desafío. El cabello castaño, normalmente recogido en un moño impecable, caía ahora en ondas desordenadas sobre sus hombros, como si hasta los rizos se hubieran rendido al peso de la rutina.
La mesa del comedor estaba puesta para dos. Los cubiertos de plata brillaban bajo la luz tenue de los candelabros, reflejando destellos que bailaban sobre el mantel de lino blanco. Solo un plato había sido usado, el de él. El tenedor que Kassandra sostenía entre los dedos tembló levemente antes de que lo dejara caer con un clink seco contra la porcelana. El sonido resonó en el vacío de la estancia, como un recordatorio de que, una vez más, comería sola. Seis años. Seis malditos años desde que su padre la había arrastrado hasta el altar con lágrimas en los ojos y la excusa de que era "por el bien de la familia". Seis años desde que Fabián le había puesto un anillo en el dedo con la misma frialdad con la que firmaba contratos. Seis años en los que su cuerpo había sido un peón en un juego que nunca entendió.
Se llevó una copa de vino a los labios, el líquido tinto manchando el borde del cristal como sangre seca. El sabor amargo le quemó la garganta, pero lo tragó igual, dejando que el alcohol le recordara que aún podía sentir algo. En el espejo dorado del recibidor, su reflejo le devolvió la mirada: labios pintados de un rojo oscuro, casi negro, como si llevara el luto de su propia vida; ojos miel, antes brillantes, ahora opacados por el cansancio de fingir. Se acercó, los dedos rozando el frío cristal. La mujer que le devolvió la mirada era hermosa, sí, pero era una extraña. Una muñeca de porcelana a la que le habían pintado una sonrisa permanente.
El reloj de pared dio las nueve con un tac metálico que le erizó la piel. El evento social de Fabián empezaba en media hora, y ella aún no se había movido. Podría no ir, pensó, mientras el vino le calentaba las venas con una rebeldía líquida. Podría quedarme aquí, desnudarme, meterme en la bañera y dejar que el agua se lleve esta piel que ya no es mía. Pero sabía que no lo haría. Porque al final, siempre cedía. Siempre obedecía.
El trayecto en el auto fue un borrón de luces y sombras. Cuando llegó al salón de eventos, el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas la envolvió como una niebla espesa. Las mujeres llevaban vestidos que costaban más que el salario anual de su antigua niñera, su abuela, como ella la llamaba, y los hombres olían a colonias caras y a poder heredado. Kassandra entró con la barbilla alta, los tacones hundiéndose levemente en la alfombra persa, como si hasta el suelo quisiera tragársela. No buscó a Fabián de inmediato. En cambio, aceptó una copa de champán de una bandeja que pasaba y dejó que el líquido burbujeante le quemara la lengua.
Fue él quien la encontró. Estaba junto a la barra, rodeado por un grupo de socios que reían como hienas ante un chiste que ella no alcanzó a escuchar. A su lado, una mujer de labios carmesí y vestido escarlata, demasiado ajustado, demasiado obvio, tenía una mano posada en su antebrazo, como si marcara territorio. Fabián llevaba un traje negro que resaltaba su complexión atlética, la camisa blanca impecable bajo la chaqueta, el nudo de la corbata tan perfecto que parecía un lazo al cuello de un condenado. Cuando sus ojos café se posaron en ella, Kassandra sintió el peso de esa mirada como un dedo recorriendo su columna vertebral.
—No me digas que por fin decidiste honrarnos con tu presencia —dijo él, sin moverse del sitio, la voz lo suficientemente alta para que los demás lo escucharan, pero con un dejo íntimo que solo ella captó.
Kassandra apretó los dientes tras la sonrisa falsa que ya tenía ensayada.
—Disculpa la demora. El tráfico en la autovía estaba… insoportable —mintió, acercándose con pasos medidos. El perfume de la mujer roja—algo floral, empalagoso—le llegó en una ola nauseabunda.
Fabián arqueó una ceja, divertido. Se despegó con deliberada lentitud del grupo, dejando a la mujer con los labios fruncidos como si le hubieran arrebatado un juguete. Cuando estuvo frente a Kassandra, el calor de su cuerpo la obligó a retroceder medio paso, pero ella se quedó quieta, desafiante.
—Llegas tarde, querida —susurró, la palabra como un cuchillo envuelto en seda—. Me preocupaba que te hubieras olvidado de mí.
El aliento le rozó la oreja, cargado del aroma a whisky que siempre lo acompañaba. Kassandra contuvo el escalofrío que le recorrió la espalda.
—No me olvido —replicó, girando la cabeza justo lo suficiente para que sus labios casi se rozaran—. Solo llego a mi propio tiempo.
La sonrisa de Fabián se ensanchó, carnosa, como la de un lobo que acaba de oler sangre.
—Tu tiempo siempre ha sido… peculiar —dijo, y antes de que ella pudiera responder, su mano se posó en la cintura de Kassandra, los dedos hundiéndose en la tela del vestido con una posesión que hizo que su estómago se apretara—. Pero esta noche —continuó, acercando los labios a su sien—, los invitados esperan ver a la señora de la casa. No a una niña rebelde.
El contacto le quemó a través de la tela. Kassandra sabía que debería apartarse, pero algo en la forma en que él la miraba—como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella—la mantuvo clavada en el sitio. En cambio, inclinó la cabeza apenas, como si aceptara el desafío.
—Entonces no los decepcionemos —murmuró, y antes de que él pudiera responder, se soltó con un movimiento fluido, dejando que sus caderas rozaran las de él al alejarse.
El resto de la velada fue un juego de miradas y toques robados. Fabián no la perdió de vista ni un segundo, incluso mientras fingía interés en las conversaciones de negocios. Cada vez que sus ojos se encontraban, Kassandra sentía el calor subiendo por su cuello, como si él pudiera ver a través del vestido, a través de la piel, hasta el lugar entre sus muslos. La mujer de rojo seguía ahí, aferrada a su brazo, pero Fabián la ignoraba con una indiferencia que rayaba en lo cruel.
En un momento, mientras Kassandra hablaba con un viejo socio de su padre, un hombre cuyo aliento olía a cigarro rancio, sintió el roce de unos dedos en la parte baja de su espalda. No tuvo que girarse para saber que era él.
—Te ves… comestible esta noche —le susurró Fabián al oído, la voz tan baja que solo ella lo escuchó. Su mano se deslizó un centímetro más abajo, justo donde la tela del vestido se pegaba al surco de sus nalgas—. Casi dan ganas de recordarte a quién perteneces.
Kassandra contuvo el aire, las uñas clavándose en el tallo de su copa.
—Lastima que estés tan ocupado —respondió, sin mirarlo—. Con tus invitadas.
La risa de Fabián fue un sonido oscuro, casi un gruñido.
—¿Celosa, mi amor? —preguntó, y antes de que ella pudiera replicar, su mano desapareció.
Cuando el evento terminó, Fabián se quedó atrás, "por negocios", como siempre. Kassandra no esperó a que le ofrecieran llevarla. Tomó su abrigo de la perchera y salió al frío de la noche, el aire helado golpeándole los hombros desnudos como un castigo. El chofer ya la esperaba, pero ella le dijo que prefería caminar un poco. Necesitaba sentir el pavimento bajo sus pies, recordar que aún podía moverse sin permiso.
En la mansión, subió las escaleras con la lentitud de quien lleva una losa a cuestas. Se quitó los zapatos antes de entrar a su habitación, dejando que el vestido cayera al suelo en un charco de seda azul. Frente al espejo del tocador, se observó con una crudeza que rayaba en lo clínico: los pezones duros bajo la tela del sostén, el rubor que aún le teñía las mejillas, el brillo en sus ojos que no era solo cansancio. Se pasó una mano entre los muslos y sintió el calor húmedo que había estado negando toda la noche.
Con un suspiro, tomó el teléfono y marcó el número que conocía de memoria.
—¿Abu? —su voz sonó pequeña, casi infantil.
—Mi niña —la voz de la anciana, áspera pero cálida, la envolvió como un abrazo—. ¿Tan tarde y ya estás en casa?
Kassandra cerró los ojos, dejando que las lágrimas que había contenido toda la noche resbalaran por sus mejillas.
—Siempre llego temprano —mintió—. Solo quería escuchar tu voz.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, uno que solo compartían ellas, cargado de todo lo que no podían decir.
—Duérmete, corazón —dijo la mujer al fin—. Mañana el sol sale igual, aunque hoy no lo sientas.
Kassandra colgó y se quedó mirando su reflejo. La mujer del espejo ya no parecía una extraña. Ahora había algo en sus ojos—algo afilado, peligroso—que no estaba ahí esa mañana.
Algo tiene que cambiar, pensó, mientras se desabrochaba el sostén y dejaba que cayera al suelo.
Y por primera vez en seis años, no era una súplica. Era una promesa, de por fin encontrar la manera de escapar.