En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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En el pueblo 1
La noche cae tempestuosa, las rafagas de viento que bajan de la montaña se vuelven enemigas en la oscuridad; el frío resulta claustrofóbico si no se toman los recaudos necesarios. Los habitantes del pueblo comienzan a salir de sus casas. Hombres y mujeres aptos para el trabajo se dirigen al pie de la montaña donde se levantan enormes galpones.
Los hombres, vestidos con pieles y botas reforzadas, empujan carros y palas a juntar cantidades descomunales de nieve. Una vez llenos los carros, vuelven a los galpones y depositan toneladas de nieve en grandes tanques, donde empieza a derretirse y destilarse. Las mujeres, con ropas más livianas y preparadas para resistir los vapores tóxicos, desvían el líquido resultante de la destilación por tubos transparentes y filtros, dejando atrás la mayor cantidad de impurezas.
La nieve guarda un mineral llamado Likio. Los habitantes del reino de hielo han aprendido a utilizarlo como un combustible, un recurso extremadamente valioso para generar energía. Cada noche, los trabajadores de la empresa que abastece de electricidad al reino toman su puesto laboral y destilan la nieve que la montaña provee, así ha sido durante miles de años.
El sol comienza a asomarse por uno de los costados de la montaña, los pobladores exhaustos, cambian sus ropas y dan por concluida su jornada laboral.
Helio, uno de los obreros, deja su casco y pala apoyada contra la pared del vestuario. Se mueve lentamente hasta su casillero: la noche había sido pesada. Abre la puerta con su llave personal, saca algunas toallas y jabones, y se dirige a las duchas. El agua caliente recorre su enorme cuerpo; los músculos de sus brazos, marcados por años de trabajo con la pala, sobresalen imponentes, mientras que sus piernas podrían hacer estallar los pantalones. Tras un baño rejuvenecedor, cierra la canilla, se seca con la toalla y se la envuelve en la cintura.
Sus compañeros ya no estaban. Era casi una rutina quedarse solo en el vestuario: esa paz tras un baño caliente no tenía comparación.
–Empezaste sin mí y no me avisaste –se oye una voz de mujer desde la puerta.
Helio gira el rostro. Una dama hermosa, en ropa interior, se apoya en el marco.
–Milena, ya te dije que fue solo eso, no quiero tener problemas –responde mientras vuelve a mirar su casillero.
Ella entra y se acerca. Se sienta detrás de él, observa su imponente cuerpo, muerde su labio inferior y repite el deseo de abalanzarse sobre él. Helio deja la toalla a un costado y comienza a vestirse. Ella da un salto, le toma las manos e intenta detenerlo.
Lo mira fijo a los ojos, le sonríe atrevida, intenta llegar al siguiente nivel.
Helio se zafa con firmeza.
–Fue solo eso, dije.
Milena queda arqueada, sorprendida. Su cabello iba y venía en el aire. Estaba segura de que llegaría al siguiente nivel. Reordena su postura, borra la sonrisa de su rostro, camina hacia la puerta, lo mira por última vez, y sentencia:
–Yo decido cuándo será la última vez.
Da media vuelta y se retira.
Helio baja la cabeza, suspira, pasa la lengua por los dientes mientras un pensamiento corrosivo lo atraviesa. Se viste por completo, abandona el lugar y camina hasta su bicicleta, siempre en el espacio número dieciocho. En ese reino no hacía falta asegurar las pertenencias: no existía la necesidad de robar. Ajusta el manubrio y comienza a pedalear. Su mente divaga entre recuerdos de la noche con Milena: palabras, poses, detalles que lo hacían sentir más hombre, aunque no encajaban con su moral.
Al llegar a casa —una cabaña humilde pero acogedora, de ladrillos vistos empapados de nieve— golpea la puerta robusta, cuyo sonido grave retumba como los pasos de un gigante. Al segundo golpe, oye pasos apresurados. Se abren los cerrojos y aparece Liria , su mujer. Ella sonríe con dulzura; su mirada angelical sembraría esperanza incluso en el ser más perdido. Un bebé llora en el interior. Liria besa la mejilla de su hombre y corre hacia su hijo recién nacido.
Helio permanece inmóvil en la entrada. Observa la limpieza y el orden de su hogar, ese aroma a comida que lo enloquecía. Se lleva una mano al rostro, intenta ocultar la culpa. Una lágrima resbala. Aprieta su cabello, luego baja el brazo, tratando de esconder ese sentimiento que lo devoraba por dentro.
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Con el sol asomándose por entre la montaña, entre aves azules y brisas frescas, Boran, junto a siete soldados, se preparan para buscar los restos del cazador.
– Señor, partimos cuando usted lo ordene –exclama uno, luciendo un escudo dorado.
El príncipe observa el cielo despejado. Las nubes se deslizan rápidamente, como si lo miraran todo desde arriba. A veces él mismo se sentía una nube: cargaba con la responsabilidad de vigilar a todos, aunque su corazón permaneciera en la tierra.
–Marchamos –ordena.
Regresan a la escena donde un forastero se enfrentó a más de treinta soldados, un oso y un lobo, y aún así sobrevivió. Boran encuentra los rastros del oso, sigue los destrozos que dejó a su paso y encuentra una de las hachas del extraño. La toma: su peso es brutal, imposible de sostener mucho tiempo sin fatigarse. Se la entrega a uno de los soldados que la cuelga en su cinto.
El grupo sigue el rastro.