Morí deseando cambiar el destino de un personaje trágico… y desperté en su cuerpo.
Ahora soy Lysander Valemont, el omega caprichoso prometido con el temido Duque Kael Aetherion.
En la novela original, nuestro matrimonio era infeliz y yo terminaba muriendo después de dar a luz.
Pero esta vez no permitiré que la historia termine igual.
Aunque Kael me odie… aunque todos crean los rumores sobre mí…
Haré todo lo posible para cambiar nuestro destino.
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Capitulo 22
La residencia ducal despertó como lo hacía siempre: silenciosa, impecable, perfectamente ordenada. Los sirvientes se movían con la precisión de un reloj bien ajustado, los ventanales dejaban entrar una luz suave y dorada, y el aroma del té recién servido flotaba en el aire con una serenidad casi irritante.
Porque dentro de Lysander no había nada sereno.
No había dormido bien.
Y eso era decirlo con generosidad.
Había pasado gran parte de la noche dando vueltas entre las sábanas, reviviendo una y otra vez la escena del vestíbulo. La voz grave de Kael. La forma en que había pronunciado su nombre. La tranquilidad casi cruel con la que había soltado aquella frase antes de irse como si no acabara de desordenarle el corazón.
“No sabía que te importaba tanto.”
Apretó la taza de té entre las manos.
Todavía podía escuchar esas palabras con demasiada claridad.
Y lo peor era que no sabía qué lo avergonzaba más: si el hecho de que Kael lo hubiera notado… o el hecho de que no pudiera negarlo ni siquiera ante sí mismo.
Bajó la vista hacia el reflejo tembloroso del líquido oscuro.
No quería pensar en eso.
No quería pensar en Kael.
No quería pensar en Lady Seraphine.
Y, sobre todo, no quería pensar en la forma en que su pecho se había apretado al imaginar, aunque fuera por un segundo, lo natural que habría sido ver a alguien como ella a su lado.
—Su Alteza.
Lysander alzó la cabeza apenas cuando una criada se inclinó junto a la mesa del desayuno.
—¿Sí?
—Ha llegado un mensaje del palacio imperial.
Lysander dejó la taza con cuidado.
—¿Del palacio?
La joven asintió y le entregó una pequeña bandeja de plata con una carta sellada. El emblema imperial grabado en la cera brilló bajo la luz de la mañana.
Lysander frunció apenas el ceño antes de tomarla.
No tardó en romper el sello y desplegar la nota.
Su expresión cambió a medida que avanzaba por las líneas elegantes escritas con tinta oscura.
Una invitación.
No.
Más exactamente, una convocatoria social disfrazada de invitación.
Aquella tarde habría una pequeña reunión en uno de los jardines interiores del palacio. Algo “íntimo”, según el texto. Un encuentro reducido entre nobles cercanos a la familia imperial y algunas figuras de relevancia política.
Lysander habría preferido mil veces una fiebre repentina.
O una invasión extranjera.
O una caída accidental por las escaleras.
Cualquiera de las tres opciones le parecía más soportable.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó una voz tranquila a su lado.
Lysander levantó la vista de golpe.
Kael acababa de entrar al comedor.
Vestía de manera impecable, como siempre. Oscuro, elegante, con esa presencia silenciosa que llenaba cualquier espacio sin necesidad de imponerse. El sol de la mañana se filtraba detrás de él, delineando su figura con una claridad casi absurda.
Lysander apartó la mirada apenas un segundo demasiado tarde.
—Nada importante —respondió, dejando la carta sobre la mesa con más calma de la que sentía.
Kael avanzó hasta la mesa.
No se sentó enseguida.
Tomó la carta, la leyó en silencio y luego soltó una exhalación casi imperceptible.
—No esperaba esto tan pronto.
Lysander lo miró con desconfianza.
—¿Tú ya sabías algo?
—Sabía que el palacio estaba organizando algunas reuniones antes del festival de mitad de estación.
Kael dejó la nota sobre la mesa.
—No sabía que nos incluirían en esta.
Lysander sostuvo su expresión neutra con esfuerzo.
—Qué honor.
Kael alzó apenas una ceja.
—Tu entusiasmo es conmovedor.
Lysander entrecerró los ojos.
—Me conmueve mucho más la idea de enfermarme de forma conveniente antes del mediodía.
Una sombra de diversión cruzó la mirada de Kael.
Fue leve.
Breve.
Pero Lysander la vio.
Y, de forma absurda, eso hizo que el calor le subiera un poco al rostro.
Maldición.
Kael se sentó frente a él con la naturalidad de siempre.
—No será un evento largo.
—Eso es exactamente lo que dicen siempre antes de que alguien intente obligarme a socializar durante tres horas.
Kael tomó su taza de café con tranquilidad.
—Si te resulta insoportable, puedes quedarte a mi lado.
Lysander lo miró.
Kael no parecía haber dicho nada fuera de lo normal.
Ni su tono había cambiado.
Ni su expresión.
Y sin embargo, algo en esa frase hizo que el silencio entre ellos se tensara apenas.
Puedes quedarte a mi lado.
No era una orden.
Ni una formalidad.
Sonaba… extrañamente cercano.
Demasiado.
Lysander apartó la mirada hacia el ventanal.
—Eso suena sospechosamente parecido a una amenaza.
—Entonces considéralo una amenaza amable.
Lysander soltó una pequeña exhalación por la nariz, algo a medio camino entre una risa y una rendición silenciosa.
Kael lo observó un instante más, pero no insistió.
Y por primera vez en toda la mañana, el nudo en el pecho de Lysander se aflojó apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para ser peligroso.
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El jardín interior del palacio imperial estaba tan perfectamente diseñado que parecía más una pintura que un lugar real.
Los senderos de piedra blanca se curvaban entre setos podados con precisión, fuentes de mármol y parterres llenos de flores de temporada. El aire olía a agua fresca, hierbas suaves y pétalos tibios bajo el sol de la tarde. Más allá, los pabellones de descanso se abrían entre columnas y enredaderas floridas, como si el lugar entero hubiera sido construido para aparentar delicadeza mientras escondía conversaciones afiladas entre tazas de té y sonrisas falsas.
Lysander caminaba al lado de Kael con una postura impecable y una expresión serena.
Por dentro, sin embargo, ya se estaba arrepintiendo de haber salido de la residencia.
Las miradas no tardaron en llegar.
Curiosas.
Calculadoras.
Demasiado conscientes de su presencia.
Algunas eran discretas. Otras no hacían el menor esfuerzo por parecerlo.
Lysander ya conocía ese juego.
Sabía exactamente qué veían al mirarlo.
El omega caprichoso.
El esposo problemático.
La figura decorativa que había terminado al lado del hombre más difícil de alcanzar de la nobleza imperial.
Antes, aquellas miradas le habían dolido más.
Ahora… le molestaban de otra forma.
Más cansina.
Más fría.
Más peligrosa.
Aun así, no dejó que nada de eso se reflejara en su rostro.
—No pongas esa expresión —murmuró Kael a su lado, apenas inclinándose lo suficiente para que solo él pudiera escucharlo.
Lysander ni siquiera giró la cabeza.
—¿Qué expresión?
—La que dice que estás imaginando siete maneras distintas de desaparecer sin causar un escándalo.
Lysander lo miró de reojo.
—Solo siete porque hoy me siento especialmente misericordioso.
Kael no respondió enseguida.
Pero el casi imperceptible movimiento en la comisura de su boca fue suficiente para que el corazón de Lysander se comportara como un completo traidor.
No era justo.
No era justo que Kael se hubiera vuelto tan peligrosamente fácil de mirar.
Ni que últimamente sus silencios fueran más cálidos.
Ni que sus pequeñas atenciones se le quedaran pegadas en el pecho durante horas.
Ni que él mismo empezara a notar demasiadas cosas que antes no quería ver.
Y definitivamente no era justo que todo eso estuviera ocurriendo ahora.
Justo ahora.
Porque en el instante en que levantó la vista hacia el centro del jardín…
la vio.
Lady Seraphine.
Estaba rodeada por un pequeño grupo de damas y caballeros jóvenes, todos vestidos con una elegancia casi exagerada para una reunión que supuestamente era íntima. Pero incluso entre ellos, Seraphine destacaba con una facilidad irritante.
No porque fuera escandalosa.
Sino porque era exactamente el tipo de mujer que ese mundo parecía considerar perfecta.
Bella.
Refinada.
Suave al hablar.
Impecablemente segura de sí misma.
Y, para desgracia de Lysander, lo suficientemente observadora como para verlos casi de inmediato.
Sus ojos se iluminaron con una sonrisa encantadora.
—Duque Kael.
Lysander sintió el pinchazo antes incluso de que ella se acercara.
Kael hizo una leve inclinación de cabeza, cortés y contenido como siempre.
—Lady Seraphine.
Ella sonrió con naturalidad, como si el simple hecho de dirigirse a él le resultara tan sencillo como respirar.
—No esperaba encontrarlos aquí tan temprano.
Encontrarlos.
No a él.
A ambos.
Y aun así, Lysander no pudo evitar sentir que aquella sonrisa iba dirigida en un porcentaje ofensivamente mayor hacia Kael.
Seraphine volvió apenas la cabeza hacia él con educación impecable.
—Lord Lysander, es un gusto verlo nuevamente.
Lysander sostuvo su sonrisa perfecta.
—Lady Seraphine.
Nada en su voz sonó descortés.
Nada en su postura fue incorrecto.
Y sin embargo, por dentro, sentía que cada palabra le costaba una cantidad absurda de autocontrol.
Seraphine dio un paso más cerca.
—Me alegra ver que la recuperación de Su Alteza continúa bien. La última vez lo vi algo pálido.
Lysander parpadeó apenas.
Aquello no era exactamente una ofensa.
Pero tampoco era inocente.
Había algo en la forma en que lo dijo… demasiado medido.
Demasiado limpio.
Como si le estuviera recordando, frente a Kael y frente a todos los demás, que él había sido observado. Comentado. Evaluado.
Y clasificado.
Lysander estaba a punto de responder cuando Kael habló antes que él.
—Su salud no es motivo de conversación pública.
La frase cayó con una calma tan fría y precisa que el aire alrededor pareció tensarse de golpe.
Seraphine pestañeó, sorprendida.
Lysander volvió lentamente la cabeza hacia Kael.
Él ni siquiera había cambiado de expresión.
Seguía tan sereno como siempre.
Pero su tono no dejaba lugar a interpretaciones.
No había sido una corrección agresiva.
Ni una humillación.
Solo una línea clara.
Una muy clara.
Los labios de Seraphine se curvaron apenas, aunque esta vez su sonrisa pareció un poco más medida.
—Mis disculpas. No pretendía ser indiscreta.
—Lo sé —respondió Kael sin dureza—. Aun así, prefiero que ciertos asuntos no se discutan en un jardín lleno de oídos ajenos.
Lysander sintió una extraña oleada tibia en el pecho.
Rápida.
Sutil.
Pero intensa.
Porque Kael no la había corregido por orgullo.
Ni por protocolo.
Lo había hecho porque se trataba de él.
Y esa simple idea le desordenó algo por dentro de forma casi vergonzosa.
Seraphine guardó silencio un segundo antes de sonreír otra vez, esta vez con algo más de cautela.
—Entiendo. Espero no haberlos incomodado.
—En absoluto —respondió Lysander con una elegancia tan impecable que incluso a él mismo le sorprendió.
Si iba a librar una guerra silenciosa, al menos la libraría bien vestido y con una sonrisa hermosa.
Seraphine pareció estudiar su expresión apenas un instante.
Luego volvió a mirar a Kael.
—De hecho, Duque, quería preguntarle algo sobre el torneo de cetrería de la próxima semana. Mi hermano insiste en participar, pero no deja de presumir que nadie en esta ciudad sabe más del tema que usted.
Lysander no tuvo tiempo de prepararse para el súbito e irracional mal humor que eso le produjo.
Porque ella no solo estaba volviendo a hablar con Kael.
Lo estaba haciendo con esa facilidad suave, con esa confianza pequeña y elegante que hacía parecer que compartir conversación con él era lo más natural del mundo.
Kael respondió con cortesía.
Seraphine sonrió.
Y algo dentro de Lysander se tensó de manera absurda.
No quería quedarse ahí escuchando.
No quería sentirse como una sombra elegante colocada al lado de Kael mientras otra persona se permitía ese tipo de cercanía ligera y sencilla.
No quería seguir comparándose.
No quería preguntarse si esa clase de mujer habría sido mejor para él.
No quería.