Dos imperios rivales, un odio de décadas y un testamento que obliga al implacable CEO Alessandro Rovere a casarse con Giulia Moretti, la heredera de su familia enemiga. Lo que empieza como una venganza y un contrato, termina convirtiéndose en un caos lleno de tensión, risas y un amor que nadie esperaba… ¡al borde de la locura!
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CAPÍTULO 22: La gran noticia: ¡Son dos!
Los días seguían pasando en la mansión Rovere-Moretti, y la "Operación Más Hermanos" continuaba con más fuerza que nunca. Leonardo, cada día más astuto y decidido, junto a sus fieles aliados Luca, Elena, Sofia y Matteo, no dejaba de idear nuevas formas de ablandar el corazón de Giulia, que aunque seguía dudando, cada vez se le notaba más pensativa, más emocionada y… curiosamente, un poquito más cansada de lo normal.
Desde hacía unas semanas, Giulia se sentía extraña. Tenía sueño constante, le daban ascos a comidas que antes le encantaban, y se le llenaban los ojos de lágrimas por cualquier cosa, desde una canción bonita hasta una escena tierna en una película. Ella se decía a sí misma que era el estrés del trabajo, o las emociones de ver a Leonardo crecer tan rápido, o simplemente que se estaba dejando influenciar demasiado por todo lo que su hijo y sus amigos le decían sobre tener más hijos. Nunca se le pasó por la cabeza la verdadera razón, aunque una vocecita en su interior, esa corazonada que le había aparecido el día que Leo le puso los dos muñecos idénticos en las manos, le decía que algo grande estaba pasando.
Esa mañana en especial, Giulia se despertó sintiéndose diferente. Se miró al espejo mientras se cepillaba el pelo y se dio cuenta de que sus ojos brillaban de una forma especial, y que tenía el rostro más redondo y sonrosado. Se pasó la mano suavemente por el vientre, como le había visto hacer tantas veces a las mujeres embarazadas, y sonrió para sí misma, pensando: “Qué cosas tengo, yo. Solo son imaginaciones mías, influenciada por todo este lío de los hermanos”.
Bajó al salón, donde ya estaban todos reunidos. Alessandro preparaba el desayuno, Leonardo jugaba en el suelo con sus amigos, y el ambiente estaba lleno de esa alegría y energía que siempre caracterizaba a la casa. Apenas entró, Leonardo corrió hacia ella, pero en lugar de pedirle algo o enseñarle una travesura nueva, se quedó parado frente a ella, la miró fijamente a la barriga, levantó sus bracitos y le dijo con una claridad y una seguridad impresionantes:
—¡MAMÁ! ¡AHORA SÍ! ¡AHORA ESTÁN AHÍ! ¡LOS SIENDO! ¡DOS! ¡LOS DOS HER-MA-NOS! ¡YA ESTÁN AQUÍ DENTRO!
Giulia se quedó helada. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Alessandro dejó lo que tenía en la mano y se acercó rápidamente, preocupado por la expresión de su esposa. Luca, Elena y los demás también se quedaron en silencio, mirando a la pequeña familia.
—¿Qué dices, mi amor? —preguntó Giulia con voz temblorosa, agachándose para quedar a la altura de su hijo—. ¿Qué es lo que está ahí?
Leonardo volvió a señalar con el dedito índice, muy serio, muy convencido, como si él supiera secretos que los mayores todavía no entendían:
—¡BE-BÉS! ¡DOS! ¡GEME-LOS! ¡COMO LOS MUÑE-COS! ¡LEO SABE! ¡VIENEN CON MAMÁ!
Alessandro soltó una risa nerviosa, aunque también se le notaba conmovido.
—Este niño… tiene una intuición que da miedo, Giulia. ¿Te acuerdas el otro día? También dijo lo de los gemelos. Parece que lo tiene muy claro.
Giulia no podía reírse. Tenía el corazón latiéndole tan fuerte que casi se le salía del pecho. Se levantó, miró a todos, miró a su hijo que la miraba con una sonrisa llena de sabiduría infantil, y sintió que ya no podía ignorar esa sensación que tenía desde hacía semanas.
—Alessandro… —dijo con voz apenas audible—. Creo… creo que vamos a tener que ir al médico. Ahora mismo.
El silencio que se hizo en la habitación fue total. Alessandro entendió al instante. Sus ojos se abrieron de par en par, y una mezcla de sorpresa, emoción y esperanza inundó su cara.
—¿Lo dices en serio, Giulia? ¿Crees que…?
—No lo sé —respondió ella, con lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos—. Pero me siento rara, amor. Me siento diferente. Y… y este niño… no sé cómo explicarlo, pero cuando habla, tengo la sensación de que sabe la verdad antes que nosotros.
No perdieron ni un minuto. Dejaron a Leonardo al cuidado de Luca y Elena, que prometieron estar atentos a todo, y salieron hacia la clínica más cercana. Durante todo el camino, ninguno de los dos habló mucho. Alessandro conducía con una mano, y con la otra agarraba con fuerza la de Giulia, que miraba por la ventana, con el corazón en un puño, llena de miedos, dudas y también de una ilusión inmensa que empezaba a crecer en su interior.
Al llegar, la doctora, una mujer amable y cercana que ya había atendido a Giulia durante el embarazo de Leonardo, la recibió con una sonrisa. Le hicieron las preguntas de siempre, le tomaron la tensión, le revisaron, y finalmente, la invitaron a acostarse en la camilla para hacer la ecografía.
Giulia estaba nerviosa, muy nerviosa. Cerró los ojos mientras la doctora pasaba el gel frío sobre su vientre. Alessandro estaba a su lado, apretándole la mano, respirando hondo.
—Bien, vamos a ver qué tenemos aquí… —dijo la doctora con voz tranquila, moviendo el aparatito sobre la piel de Giulia.
De repente, se detuvo. Frunció el ceño, sonrió, y luego volvió a mirar la pantalla con mucha atención. Alessandro se inclinó hacia delante, ansioso.
—¿Qué pasa, doctora? ¿Hay algo…? ¿Está todo bien?
La mujer se giró hacia ellos, con una sonrisa inmensa, brillante, llena de felicidad.
—¿Que si está todo bien? ¡Está todo perfecto! ¡Y es mucho más maravilloso y especial de lo que se podían imaginar!
Hizo una pausa dramática, señaló la pantalla y dijo con voz alegre y clara:
—¡Felicidades, papás! Van a tener no uno, ni dos… bueno, sí, dos bebés. ¡Van a ser padres de gemelos!
El mundo se detuvo para Giulia y Alessandro. Se miraron el uno al otro con los ojos muy abiertos, con la boca entreabierta, sin poder creer lo que estaban escuchando.
—¿Ge… gemelos? —balbuceó Alessandro, sintiendo que las piernas le temblaban—. ¿Estás segura? ¿Dos bebés?
—Completamente segura —respondió la doctora, mostrándoles la pantalla donde se veían claramente dos pequeñas formas, dos corazones latiendo a la vez—. ¡Ahí están los dos! Dos sanos, dos fuertes, dos maravillosos milagros. ¡Y por lo que veo, ya llevan unas semanas ahí dentro!
Giulia se echó a llorar, pero eran lágrimas de pura felicidad, de sorpresa, de emoción infinita. Alessandro se arrodilló junto a ella, le besó las manos, la cara, el vientre, y también lloraba, lloraba de alegría, de orgullo, de amor.
—¡No me lo puedo creer! —decía él entre lágrimas—. ¡Leo tenía razón! ¡Nuestro hijo tenía toda la razón del mundo! ¡Dijo que eran dos, y son dos! ¡Es increíble!
Recordaron todo: las peticiones constantes de Leonardo, su insistencia, el día que trajo los muñecos iguales, todas las veces que les dijo que venían hermanos, que venían dos… ¡Él lo sabía! Él lo había intuido mucho antes que ellos, mucho antes que nadie. Era como si tuviera una conexión mágica con sus hermanitos que todavía no habían nacido.
Salieron de la clínica flotando, caminando como en una nube. No sentían miedo, ni dudas, ni preocupaciones. Solo sentían una alegría inmensa, una gratitud enorme. Giulia ya no tenía miedo. Todo lo que antes le daba vueltas en la cabeza, el cansancio, el trabajo, el cambio de vida, ahora parecía insignificante, pequeño, ridículo comparado con la maravilla que la vida les estaba regalando.
—¡Vamos a casa, amor! —dijo Giulia, apretando la mano de Alessandro con fuerza—. ¡Tenemos que darle la noticia al verdadero profeta de la familia! ¡Tenemos que decírselo a Leo! ¡Seguro que ya lo sabe, pero queremos ver su cara!
Al entrar en la mansión, Luca, Elena, Sofia y Matteo estaban esperando en la puerta, con caras de curiosidad y nerviosismo. Leonardo estaba en brazos de Elena, y en cuanto vio llegar a sus padres, supo que algo había cambiado. Sus ojos brillaron, sonrió triunfante y empezó a dar palmas.
—¡LO SABÍA! ¡LO SABÍA! —gritaba el pequeño, emocionado—. ¡TENÍA RAZÓN! ¡DOS BE-BÉS! ¡DOS!
Giulia corrió hacia él, lo cogió en brazos, lo llenó de besos y lloraba de felicidad.
—¡Sí, mi amor, sí! ¡Tenías toda la razón del mundo! ¡Vienen dos hermanitos! ¡Gemelos! ¡Has ganado tu misión, mi vida! ¡Lo has conseguido!
Alessandro, que también tenía los ojos llenos de lágrimas, abrazó a todos sus amigos, que saltaban, gritaban y celebraban la noticia como si fuera suya.
—¡Es increíble! —decía Luca, dándole palmadas en la espalda a Alessandro—. ¡Este niño es un genio! ¡Nosotros pensábamos que solo hacíamos travesuras para convencer a Giulia, y resulta que la naturaleza ya lo había decidido todo antes! ¡Y encima doble!
—¡Es la historia más bonita que he escuchado nunca! —añadía Sofia, abrazando a Giulia—. Leonardo pidió hermanos, y el destino le dio el doble. ¡Qué suerte tienen todos!
La mansión Rovere-Moretti se convirtió en una fiesta. Esa tarde, todos celebraron la gran noticia, comiendo pastel, brindando con zumos y riendo sin parar. Leonardo era el héroe indiscutible, el jefe que había logrado su objetivo, el hermano mayor que había intuido todo, que había pedido lo que quería y que lo había conseguido, y por partida doble.
Giulia miraba todo a su alrededor: a su marido feliz, a su hijo orgulloso, a sus amigos queridos, y se ponía la mano sobre su vientre, donde ahora sabía que había dos vidas pequeñas creciendo, dos nuevos amores que llegarían para completar su familia. Ya no había miedo, ya no había dudas. Solo había amor, ilusión y la certeza de que todo lo que pasaba era perfecto, tal como tenía que ser.
Alessandro se acercó a ella cuando ya se hizo un poco de silencio, la abrazó por detrás y le susurró al oído:
—¿Te acuerdas, mi amor? Me dijiste que tenías miedo, que no sabías si podrías, que te preocupaba todo… y mira. La vida es sabia. Y Leo es más sabio todavía. Nos ha regalado el doble de lo que soñábamos. Y te prometo que vamos a ser felices, que vamos a poder con todo, y que esta casa va a ser el lugar más feliz del mundo.
Giulia se giró hacia él, lo besó con todo su amor y le contestó:
—Tienes razón. Ya no tengo miedo. Solo tengo ganas de verlos, de abrazarlos, de ver a Leo con ellos. Ha sido todo tan mágico, tan increíble… que sé que todo va a salir bien.
Y Leonardo, sentado en el suelo, rodeado de todos, jugaba con dos coches iguales, dos muñecos iguales, dos pelotas iguales… preparando todo para cuando llegaran sus hermanitos. Sabía que ahora tendría el doble de diversión, el doble de amor y el doble de travesuras que organizar. Su misión había sido un éxito rotundo, y su familia estaba a punto de crecer, de brillar y de ser todavía más maravillosa de lo que jamás habían imaginado.
Lo mejor de todo es que esto solo acababa de empezar. Quedaban muchos meses de espera, de preparativos, de nuevas aventuras, de risas, de complicidades y de mucho amor. Pero ahora todos sabían una cosa: que en la familia Rovere-Moretti, lo normal era ser extraordinarios, y que los milagros, a veces, vienen de dos en dos, y anunciados por un niño pequeño con un corazón gigante y una inteligencia que asombraba a todos.
💌 Palabras de la autora
¡¡¡LO SABÍA!!! 🎉 ¡Leonardo tenía toda la razón y ha conseguido mucho más de lo que pedía! ¡Qué capítulo tan lleno de emoción, de lágrimas de felicidad y de amor infinito! 🥹 Me encanta cómo todo encajó a la perfección: sus peticiones, sus intuiciones y ¡la gran sorpresa de los gemelos! 😍