Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
“El precio de robar lo que no se vende”
El pueblo estaba en llamas… no literal, pero ardía en rumores.
Todos sabían. Todos hablaban. Todos juzgaban.
Pero entre la humillación social y las amenazas legales, había un hombre que no pensaba dejar su orgullo en la tierra:
Sebastián Ramírez, el prometido abandonado.
Rico. Frío. Poderoso.
Y peligrosamente herido en su ego.
—¿Cómo pudiste dejar que te arrebaten a tu prometida como una cualquiera? —le reclamó su madre, mientras los abogados le presentaban los contratos.
—¡Le presté esa plata a su familia por ella! ¡Y ahora se va con ese muerto de hambre!
Él no hablaba. No respondía. Solo los observaba, con los dientes apretados y una rabia oscura llenándole las venas.
Hasta que dijo:
—Denme media hora… y seis hombres.
—¿Para qué…?
—Para que esto no se resuelva con abogados… sino con sangre.
Esa noche, la cabaña era un mundo aparte.
Ellos dos, bajo las sábanas, respirando juntos.
Se amaban lento, como si tuvieran toda la vida.
—¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó ella, desnuda entre sus brazos.
—Lo que tú quieras…
—¿Y si nada es seguro? ¿Y si todo se cae?
—No importa. Me caigo contigo. Pero no te suelto.
Ella sonrió. Sus labios se rozaban, suaves.
Pero el sonido de un motor en la lejanía rompió la paz.
Él se levantó, con los sentidos alerta.
Un segundo después: el vidrio estalló.
—¡¿Qué carajo…?!
Una puerta voló con una patada.
Seis hombres. Armas. Rostros tapados.
Y al frente: Sebastián.
—Mira tú... lo que hay escondido en esta cuevita de mierda. —escupió con desprecio.
Ella gritó. Él se lanzó contra ellos.
Pero eran muchos.
Y Sebastián no jugaba limpio.
Una bolsa de arena fue directo a sus ojos.
—¡Hijo de...! —gritó él, ciego, mientras uno de los matones le golpeaba con una barra de hierro en la espalda.
Ella intentó correr, pero fue sujetada de los cabellos.
—¡NOOOO! —gritó, desesperada, mientras lo veía caer de rodillas, sangrando.
Sebastián se le acercó.
—¿Pensaste que esto se trataba de amor? Esto es poder, perra. —le susurró, mientras la arrastraban.
Él aún intentaba levantarse.
Los ojos quemaban. El cuerpo no respondía.
El último golpe fue seco. Feroz.
Crack.
Y todo se apagó.
Lo tiraron por el barranco cercano, cubierto de ramas, sangrando, respirando apenas.
—Si sobrevive… no recordará ni su nombre. —dijo uno de los matones.
—Mejor. Así no vuelve a meterse con lo que no puede pagar. —murmuró Sebastián, antes de marcharse.
Horas después, con el amanecer teñido de gris, un viejo campesino que recogía leña encontró el cuerpo.
—¡Dios mío! —susurró, al ver al joven malherido.
Lo cargó, lo llevó en su carreta, lo limpió, lo curó.
Pero cuando despertó…
—¿Quién… quién soy? —preguntó el muchacho, la voz apenas audible.
El viejo lo miró con tristeza.
—Eso quisiera saber, hijo… eso quisiera saber
“Tres días para el infierno”
La casa de Elsa
La puerta se abrió de golpe.
Los gritos llenaron la sala.
—¡¿Qué estás haciendo, animal?! —gritó la madre de Elsa, al ver cómo Sebastián la arrastraba por los cabellos, semi desnuda, cubierta con una sábana sucia, el cuerpo marcado de raspaduras, tierra y sangre seca.
—¡Estoy recuperando lo que me pertenece! —rugió él, con la voz desencajada.
Elsa apenas podía sostenerse.
Tenía los muslos raspados, los glúteos magullados, la espalda cruzada por raspones como látigos de piedra.
—¡Suéltame! —gimió, forcejeando.
Y entonces él la abofeteó con el dorso de la mano.
Fuerte.
Sorda.
Ella cayó como muñeca rota.
—¡Elsa! —gritó su hermanito, corriendo hacia ella. Se arrojó sobre su cuerpo, abrazándola, llorando.
Los padres se quedaron congelados.
La madre temblaba. El padre bajó la mirada.
Cobardes.
—¡Apártense! —ordenó Sebastián.
Dos matones lo obedecieron y arrancaron al niño de encima.
—¡¡Déjenla, no la toquen!! —chilló el pequeño, pataleando. Fue la única voz que se levantó por ella.
Sebastián giró hacia los padres.
—Quedan cuatro hombres afuera. Si el muerto ese aparece, no vivirá para contarlo. Y si alguno de ustedes se atreve a desafiarme… pierden todo. Hasta sus nombres.
La madre apenas murmuró:
—Ella está malherida…
—Entonces que se bañe y se arregle. Su boda será en tres días. Y quiero que esté bonita para las fotos. —dijo él con veneno en los dientes, antes de subir a la habitación.
Elsa se metió al baño con dificultad.
El agua caía, pero no calmaba.
Cada gota ardía en sus heridas.
Tenía los muslos rojos, las nalgas cubiertas de lodo y raspones. La espalda marcada. La cara aún hinchada.
Se miró en el espejo.
Ya no se reconocía.
—Esto no es vida… esto es una condena.
Y por primera vez, no lloró por amor perdido. Lloró por ella misma.
Esa noche, se acurrucó en la ventana.
El cielo estaba nublado.
La luna la miraba como una traidora.
Susurró:
—Tomás… perdóname. No te salvé. No pude…
Porque en su corazón, Elsa ya lo sentía muerto.
Mientras tanto, en la cabaña del viejo leñador…
El hombre tenía manos duras, espalda encorvada, y un silencio sabio en los ojos.
Se llamaba Silvio, y vivía en esa cabaña desde que la guerra le robó a su hijo.
Contaba, con voz pausada:
—Esa noche oí ruido. Gritos. Golpes. Pero no me acerqué. Pensé que eran esas callejeras de siempre, peleando por macho…
Tomás dormía en una cama de madera, cubierto con mantas.
El rostro golpeado. Una venda en la frente.
Respiraba lento.
—Pero al amanecer, vi unas ramas rotas… y ahí estaba. Tirado. Sangrando. Como un perro apaleado.
Silvio sirvió un poco de agua caliente.
—Cuando lo cargué, me dijo una sola cosa antes de desmayarse otra vez: “Ella… ella…”
Tomás abrió los ojos.
La luz le lastimó.
—¿Dónde estoy…?
—Tranquilo, hijo. Estás a salvo. —dijo Silvio, acercándose.
—¿Quién… soy? —preguntó, con la mirada perdida.
Silvio lo miró.
Y comprendió.
—No lo recuerdas, ¿verdad?
—Nada.
—Entonces empieza por esto: tú no eres cobarde. Luchaste por alguien. Y aunque no sepas por quién… tu cuerpo aún lo recuerda.
Tomás cerró los ojos.
Y como un eco lejano…
Una imagen.
Elsa.
Desnuda, llorando bajo la lluvia.
Su nombre.
Un gemido en la oscuridad.
Y el corazón le dio un golpe sordo, como si algo en él se partiera.
—Tengo que encontrarla… aunque no sepa quién es. —susurró.
Silvio sonrió.
—Entonces vamos a curarte, hijo. Porque si ella está viva… te necesita.
.
ecxelente