Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 15 La tía Martina
Sabina bajó de la carreta sin quitarle los ojos a su hermana. Caminó hacia ella con paso firme, como una tigresa lista para atacar. Doña Alicia, al verla, soltó un sollozo de alivio.
—Ay, señora, menos mal que llegó. Quieren llevarse al niño. Dicen que usted no puede cuidarlo, que va a irse a vivir con ellos.
Sabina ignoró a doña Alicia por un momento. Se paró frente a Mercedes, a un palmo de distancia, y la miró con una frialdad que hizo que la otra mujer diera un paso atrás.
—¿Qué haces en mi casa? —preguntó Sabina.
—Vine a llevarme a Abel —respondió Mercedes, levantando la barbilla con desafío—. Ya es hora de que alguien se haga cargo de él. Una viuda joven, sola, con mala reputación... no eres un buen ejemplo para un niño.
—¿Mala reputación?
—Todo el pueblo habla de tus locuras. De cómo corres a los hombres con un rifle. De cómo vives sola con ese niño sin un hombre que te supervise.
Sabina sonrió. Era una sonrisa pequeña, helada, que no llegaba a sus ojos.
—Y tú crees que tú y ese —señaló al hombre corpulento, que soltó a doña Alicia y se giró hacia ella— son mejor ejemplo. El borracho que golpea a una mujer indefensa.
—¡Oiga, señora! —gruñó el hombre, dando un paso al frente—. No me hable así a mi esposa. Yo soy Miguel, su marido, y tengo todo el derecho de…
No terminó la frase. Ernesto apareció a su lado, saliendo de la nada como una sombra. No dijo nada.
No hizo nada violento. Simplemente se paró junto a él, con los brazos cruzados y una expresión que decía inténtalo si te atreves.
Miguel midió al otro hombre. Era más bajo que Ernesto, más gordo, menos ágil. Sus puños se cerraron y se abrieron, indecisos.
—Esto no es asunto tuyo —gruñó.
—Ya lo es —respondió Ernesto, en voz baja—. Desde que puse un pie en esta finca.
Sabina tomó a Abel en brazos. El niño dejó de llorar y se aferró a su cuello como si nunca fuera a soltarla.
—Ahora, Mercedes —dijo Sabina, acunando a su hijo—. Te voy a dar cinco segundos para que subas a tu carreta con tu marido y salgas de mi tierra. Si no lo haces, te juro por mi madre que vas a recordar este día por el resto de tu vida.
—¿Me estás amenazando? —preguntó Mercedes, aunque su voz temblaba.
—No. Estoy advirtiendo. Hay una diferencia.
Los cinco segundos pasaron en silencio. Mercedes miró a su marido.
Miguel miró a Ernesto. Doña Alicia se secó la sangre de la nariz con el delantal.
Y entonces, por primera vez en su vida, Mercedes Roca bajó la mirada.
—Nos vamos —dijo, tomando a Miguel del brazo—. Pero esto no termina aquí, Sabina.
—Nada termina nunca aquí —respondió Sabina mientras veía a su hermana alejarse—. Esa es la maldición de esta familia.
La carreta de los Roca se perdió en el camino. Sabina apretó a Abel contra su pecho y respiró hondo.
—Doña Alicia —dijo—. Vaya a la cocina, póngase hielo en la cara y prepárele un té a Abel. Ahora.
—Sí, señora.
Ernesto se quedó dónde estaba, mirándola. Había visto a Sabina enfrentar a un borracho con un rifle.
Había visto a Sabina humillar a doña Dolores con una sola frase. Pero nunca la había visto así: con el niño en brazos, el rostro descompuesto por una furia que apenas podía contener.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sabina lo miró. Por un segundo, solo un segundo, él creyó ver algo frágil detrás de esos ojos celestes. Algo quebrado.
Algo que ella escondía con más cuidado que su fortuna.
—Ayuda a don Elías a descargar los tablones —dijo, y se metió a la casa con Abel.
La puerta se cerró.
Ernesto se quedó en el patio, con el polvo del camino todavía flotando en el aire y el eco de los gritos resonando en sus oídos.
Algo le decía que acababa de presenciar solo la punta de un iceberg. Y que debajo, muy debajo, había un mundo de oscuridad que Sabina Montenegro protegía con uñas y dientes.
¿Qué secreto guarda ese niño? —se preguntó—. ¿Por qué su hermana está dispuesta a matar por él?
No tenía respuestas. Pero esa noche, cuando la luna se asomó detrás de los cerros, Ernesto Montenegro supo una cosa con certeza: no iba a irse de esa finca hasta descubrirlo todo.
Aunque le costara la vida.
Abel tardó una hora entera en dormirse.
Una hora de sollozos entrecortados, de pequeños puños aferrados al cuello de Sabina, de frases sueltas que rompían el corazón.
—No quería irme con ella, hermana —decía, usando el apelativo público incluso en la intimidad del cuarto, porque el miedo le había hecho olvidar la diferencia—. No quería dejar esta casa.
—No te vas a ir con nadie —respondía Sabina, una y otra vez, acariciándole el cabello oscuro—. Nunca. Eres mío. Eres mi sangre. Y mientras yo viva, nadie te toca.
No dijo mi hijo. No se atrevió. Las paredes podían tener oídos y las puertas no estaban del todo cerradas.
Pero el tono, la forma en que lo apretaba contra su pecho, decía más que cualquier palabra.
Finalmente, el cansancio pudo más que el miedo.
Abel cerró los ojos, sus dedos se relajaron y su respiración se volvió profunda y pausada.
Sabina lo recostó en la cama, le subió la cobija hasta la barbilla y se quedó mirándolo un momento.
Eres todo lo que tengo, pensó. Y daría mi vida mil veces antes de dejar que te arranquen de mí.
Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado.
Adri, muy buena la historia, atrapada completamente con la trama.
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