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Dinastía De Reinas: Aralisse

Dinastía De Reinas: Aralisse

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mundo de fantasía
Popularitas:543
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.

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La playa

La playa del palacio se extendía frente a ellos con arena tibia, casi dorada, y un mar azul que brillaba bajo la luz del sol. Aralisse avanzó descalza, sintiendo la arena hundirse entre sus dedos y, por un instante, cerró los ojos para disfrutar la sensación. El viento traía olor a sal y a lo lejos, algunas gaviotas volaban sobre el agua.

—Es distinto a todo lo que imaginaba —murmuró ella, dejando que las olas rozaran sus pies.

Syrelle, que corría más adelante con una risa alegre, recogió unas conchitas de mar y las colocó sobre la cabeza de Aralisse como si fuera una corona improvisada.

—Mírate, ahora eres una princesa del mar —dijo con tono travieso—. Te queda bien.

Aralisse soltó una pequeña risa, sorprendida por la naturalidad del gesto. Syrelle tenía una forma de ser tan directa y sincera que resultaba fácil confiar en ella. Caedric, detrás de ambas, las observaba con una sonrisa tranquila. En una mano sostenía una caracola pulida que le ofreció a Aralisse.

—Para que recuerdes Zaryah —dijo con cortesía—. Aquí solemos regalar caracolas a las visitas.

Ella tomó la caracola y la acercó a la oreja por costumbre, escuchando el suave sonido del mar atrapado en su interior.

—Gracias —respondió en voz baja—. Es muy bella.

Caedric se apoyó en una roca cercana y la miró con curiosidad respetuosa.

—¿Te agrada Zaryah hasta ahora? —preguntó.

—Mucho —contestó Aralisse—. Todo es tan diferente… el mar, el calor, la gente.

Syrelle volvió con una concha pequeña entre las manos y se la entregó a Aralisse.

—¡Juguemos! —propuso—. A ver quién encuentra la caracola más rara.

Los cuatro comenzaron a buscar entre la arena, riendo cuando alguna ola arrastraba su pequeña colección de tesoros. La conversación se volvió ligera: historias de la costa, anécdotas de infancia de Syrelle y comentarios tranquilos de Caedric sobre los jardines del palacio.

Selarya, desde la terraza que daba a la playa, los observaba en silencio, atenta a la manera en que Aralisse convivía con sus hijos.

El sol comenzaba a bajar lentamente, tiñendo el mar de tonos dorados. La brisa se volvió más fresca y traía aroma a flores marinas y especias del puerto. Aralisse seguía sentada sobre la arena, con la falda ligeramente húmeda y el cabello suelto, cuando escuchó pasos detrás de ella.

Selarya descendía por el sendero de piedra que conducía a la playa, acompañada por dos doncellas y un guardia. Llevaba un vestido de lino claro que se movía con el viento y una sonrisa amable en el rostro.

—Aquí están mis pequeños —dijo con voz cálida, mirando primero a sus hijos y luego a Aralisse—. El mar siempre los ha cautivado.

Oceanne corrió hacia su madre con los pies llenos de arena.

—Mamá, mira lo que encontramos —dijo emocionada, mostrándole las conchas.

Selarya acarició su cabello con ternura antes de dirigir nuevamente la mirada hacia Aralisse.

—Veo que Zaryah te ha recibido bien, princesa —comentó—. Espero que el mar no te haya asustado.

—Al contrario, Majestad —respondió Aralisse—. Es muy distinto a todo lo que conocía. Es hermoso.

—Me alegra oírlo —dijo la reina con una sonrisa—. Vine a buscarlos porque pronto anochecerá y el aire marino puede ser traicionero. Además, quisiera preparar algo especial esta noche.

Caedric levantó ligeramente una ceja.

—¿Algo especial?

Selarya asintió.

—Una cena tranquila, algo familiar, nada ostentoso —aclaró mientras miraba a Aralisse—. Solo algunos nobles cercanos al palacio. Queremos darte una bienvenida digna de tu nombre y posición, sin el ruido de los grandes banquetes.

Aralisse se puso de pie y sacudió la arena de sus manos.

—Le agradezco mucho la hospitalidad —dijo con la formalidad natural que siempre tenía—. No era necesario hacer tanto por mí.

Selarya sonrió con dulzura.

—Nada es demasiado para una hija de Lysirah —añadió con afecto—. Además, este reino también quiere verte sonreír.

Caedric le tendió una mano para ayudarla a subir la pequeña pendiente de arena.

—Ven, te acompañaré al palacio.

Aralisse lo observó un instante antes de aceptar su ayuda. El viento soplaba desde el mar y las olas borraban lentamente las huellas que dejaban sobre la arena mientras caminaban de regreso.

Cuando llegaron al palacio, los corredores ya estaban iluminados por antorchas que proyectaban reflejos dorados sobre los muros de coral y mármol claro. Selarya avanzaba con paso tranquilo mientras Aralisse observaba los tapices con escenas marinas y los grandes ventanales abiertos hacia el atardecer.

—Quiero que esta noche te sientas cómoda —dijo la reina, girándose hacia ella—. Supongo que no trajiste vestidos adecuados para el clima del sur. Los tejidos del norte son hermosos, sí, pero demasiado pesados para este calor. Necesitas algo más ligero.

Selarya abrió una amplia puerta al final del pasillo. El lugar olía a seda nueva y perfumes florales. Un hombre de cabello plateado y expresión elegante se inclinó apenas al verlas entrar.

—Majestad, ¿ésta es la joven princesa? —preguntó con una sonrisa amable.

—La misma —respondió Selarya con un leve orgullo en la voz—. Aralisse de Lysirah. Esta noche habrá una cena en su honor y quiero que luzca impecable.

El diseñador asintió con entusiasmo y dio una suave palmada. De inmediato, varias asistentes se acercaron cargando telas en tonos crema, azul claro y perlas bordadas.

—En Zaryah, los colores del mar representan respeto y apertura —explicó Selarya mientras una doncella extendía la tela frente a Aralisse—. No buscamos ocultar la juventud, sino resaltarla.

Aralisse tocó la tela con curiosidad.

—Es muy distinta a lo que suelo usar —admitió—. Es mucho más ligera.

—Así debe ser —respondió la reina—. Aquí el calor obliga a vestir diferente.

El diseñador se acercó para tomar medidas con cuidado.

—Propongo un vestido sencillo, majestad —comentó—. Algodón fino, mangas transparentes y detalles perlados. Elegante, pero apropiado para su edad.

Selarya aprobó con un pequeño gesto.

—Hazlo así.

Aralisse sonrió apenas, algo avergonzada.

—No estoy segura de merecer tanta atención…

La reina se acercó y acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.

—No se trata de merecerlo, pequeña —dijo con suavidad—. Se trata de recordar quién eres.

El diseñador inclinó la cabeza y comenzó a dar instrucciones a las doncellas para ajustar el vestido a las medidas de la princesa. Poco después, Selarya se retiró con elegancia.

Aralisse la siguió con la mirada, sin saber si sentirse tranquila o inquieta. Zaryah era amable con ella, pero bajo toda esa hospitalidad percibía algo difícil de explicar.

Después de casi dos horas, la princesa caminaba por los pasillos de piedra blanca con el vestido azul recién ajustado moviéndose suavemente a cada paso.

—Debo ir por el consejero Erak y por Lysandre —murmuró para sí, recordando las palabras de la reina Selarya—. La cena comenzará pronto.

Encontró primero al consejero, quien le indicó con tranquilidad:

—Su guardián está en sus aposentos, alteza. Probablemente preparándose también.

Aralisse asintió y caminó hasta el ala donde se hospedaba Lysandre. Tocó suavemente la puerta. Al no recibir respuesta, dudó un momento antes de abrir con cuidado.

El aire de la habitación era cálido y pesado.

Aralisse apenas alcanzó a ver a Lysandre girarse hacia ella, sorprendido, y a una joven junto a él.

—Liria… —murmuró la princesa.

La muchacha se cubrió rápidamente con una sábana y el tiempo pareció detenerse.

El corazón de Aralisse golpeó con fuerza dentro de su pecho. No comprendía del todo lo que estaba viendo, pero algo dentro de ella se tensó de inmediato. Bajó la mirada, sintiendo las mejillas arder.

—P-perdón… yo… no sabía que… —balbuceó antes de retroceder rápidamente.

—Aralisse, espera —alcanzó a decir Lysandre.

Pero ella ya había cerrado la puerta. El sonido de sus pasos alejándose resonó por el pasillo.

Lysandre permaneció inmóvil unos segundos, con una mezcla de culpa y frustración reflejada en el rostro. Miró a Liria, que seguía temblando, y habló con voz baja y tensa:

—Vístete… y vete. Ahora.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, él se dejó caer sobre la cama y se cubrió el rostro con las manos.

Había cometido un error que no solo lo avergonzaba… también lo hacía sentirse miserable.

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