Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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2. Alisson murió ayer
La maleta estaba abierta sobre la cama. Jeremy sacó una camisa doblada, la sacudió para quitarle las arrugas del viaje y la colocó en el armario vacío.
El departamento olía a pintura fresca y a ausencia, una combinación astringente que prometía un comienzo limpio, libre de polvo acumulado y de fantasmas. Continuó con el ritual de la llegada a un nuevo lugar, doblar los pantalones, colocar los libros en la repisa que aún no había decidido usar como biblioteca o como lugar para las tazas de café. El movimiento repetitivo de las manos, el crujido del papel, el golpe suave de la tela contra la madera; todo ello era un la confirmación de que ese era su presente.
El teléfono vibró sobre la mesa de noche, deslizándose unos centímetros sobre la superficie lisa.
Jeremy se detuvo con una camisa en la mano. No miró la pantalla de inmediato. El vibrado cesó, dejó un eco eléctrico en el aire, y luego comenzó de nuevo, insistente. Dejó la camisa sobre la cubierta de la cama y caminó hacia la mesita. La luz de la pantalla iluminó su rostro en la penumbra creciente de la tarde.
No era un número guardado. El prefijo, sin embargo, le golpeó el estómago con la fuerza de un puño viejo. Esa serie de tres dígitos pertenecía a una zona que había jurado olvidar, un código de área que aparecía en sus pesadillas más que en sus agendas. Dudó con el dedo suspendido sobre el icono verde. Había una extraña certeza, una corazonada de que nada bueno venía del pasado cuando decidía aparecer sin aviso. Finalmente, deslizó el dedo y llevó el dispositivo a la oreja.
- “¿Hola?”, respondió Jeremy.
La respuesta no fue inmediata. Hubo un silencio breve, cargado, interrumpido solo por el estática remota de una conexión. Podía oír la respiración al otro lado, un ritmo irregular que delataba nerviosismo o, peor aún, piedad.
- “¿Jeremy?”, dijo la voz al otro lado.
La voz le atravesó el estómago. No era un tono desconocido, pero tampoco uno que esperara escuchar en este lado de la línea. Le recordaba tardes húmedas, el olor a gasolina de la estación de servicio y la sensación de estar esperando algo que nunca terminaba de llegar.
- “Sí…, dijo Jeremy y apoyó la mano libre contra la pared, buscando el frío del yeso. “¿Quién habla?”
- “Soy Marcos”, respondió.
Jeremy cerró los ojos. Claro. Marcos, quien siempre estaba al tanto de todo, quien había sido el eslabón silencioso en tantas cadenas de eventos que Jeremy prefería no revisitar. Todo encajaba demasiado rápido. El código de área, la voz, el momento preciso de la llamada, apenas horas después de que él pisara esta ciudad maldita otra vez.
- “No sabía que habías vuelto”, continuó la voz al otro lado, con una cadencia que intentaba ser casual pero fallaba. “Me enteré hoy”.
Jeremy sintió cómo la garganta se le secaba. Ajustó el apoyo de la mano contra la pared, sintiendo la textura rugosa bajo la palma.
- “Llegué hace unas horas”, respondió Jeremy.
Podía imaginar a Marcos en el otro extremo, quizás frotándose la nuca, mirando por una ventana que daba a las mismas calles que Jeremy acababa de recorrer en taxi. El aire en el departamento pareció volverse más difícil de inhalar.
- “Escucha…”, Marcos dudó, y esa vacilación fue más elocuente que cualquier grito. “No sé cómo decirte esto”.
Ahí estaba. La frase universal, el preludio inevitable a la catástrofe. Era como el sonido de un seguro que se gira antes de que una puerta se cierre para siempre.
Jeremy sintió que el suelo bajo sus pies se inclinaba ligeramente, una sutil pérdida de equilibrio que nada tenía que ver con su postura.
- “Dilo”, dijo Jeremy, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
- “Alisson murió ayer”, expresó Marcos.
El mundo no se detuvo. El sonido del tráfico lejano que entraba por la ventana abierta continuó, indiferente, ridículo en su normalidad.
- “¿Qué…?”, cuestionó Jeremy y la sílaba colgó en el aire, incompleta, incapaz de formar una pregunta completa.
- “Dicen que fue suicidio”, añadió Marcos, y las palabras parecieron manchar el aire limpio del departamento nuevo.
Jeremy soltó una risa breve, un sonido seco y cortante que no tenía nada de alegría y que sonó extrañamente alto en el silencio. Fue una reacción defensiva, un rechazo instintivo a la física de esa afirmación.
- “No”, dijo Jeremy.
La respuesta salió automática, firme, casi molesta. Su mente rechazaba la imagen con la misma rapidez con la que un ojo parpadea ante una luz brillante. Alisson y el suicidio eran conceptos que no encajaban en la misma oración, sin importar cuánto tiempo hubiera pasado o cuántas cosas hubieran cambiado.
- “Eso dicen”, insistió Marcos, con un tono más bajo, evitando la confrontación directa de la negativa de Jeremy. “La policía lo ha cerrado así. El funeral es mañana”.
Jeremy no respondió. Se quedó de pie junto a la mesita de noche, mirando la pared blanca sin verla. La mano que sostenía el teléfono estaba rígida, los nudillos blancos por la presión. Si hablaba, si formulaba una sola palabra más, iba a tener que aceptar que el sonido de la voz de Marcos era real, que la información era real y que la mujer que había dejado atrás diez años atrás ya no existía en este mundo.
El silencio se convirtió en su única fortaleza, un muro frío detrás del cual podía esconderse por unos segundos más antes de que la realidad comenzara a filtrarse, gota a gota.