"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 18
Renzo no esperó a que ella dejara de llorar. La cargó en brazos, ignorando sus débiles protestas, y la llevó hacia un ascensor oculto detrás de una estantería de libros antiguos. El descenso fue largo, profundo, hacia las entrañas de la roca sobre la que se alzaba la Fortaleza de Ébano.
—Si vas a odiarme, hazlo por la verdad completa —dijo él mientras las puertas se abrían.
El sótano no era una celda, era una bóveda climatizada llena de archivos, mapas antiguos y una pequeña caja de seguridad de acero reforzado en el centro. Renzo soltó a Mía y usó su huella dactilar para abrir la caja.
—Tu padre no era un simple mecánico de frontera, Mía. Era el archivista de mi padre. El hombre encargado de ocultar las rutas de blanqueo de los Cavalli —Renzo sacó un fajo de documentos amarillentos y un pequeño diario—. Pero no robó dinero. Robó las pruebas que habrían enviado a mi padre a una prisión de por vida... y que me habrían condenado a mí antes de empezar.
Mía tomó el diario con manos temblorosas. Al abrirlo, reconoció la letra pulcra de su padre.
—Él no lo robó para hacerse rico —susurró ella, leyendo las primeras líneas—. Lo hizo para protegernos. Quería tener una garantía para que ustedes nunca nos hicieran daño.
—Y funcionó. Durante años, mi padre no se atrevió a tocarlos —Renzo se acercó, rodeándola por detrás, apoyando su barbilla en el hombro de ella mientras sus manos descansaban en su cintura en un gesto protector y posesivo a la vez—. Pero cuando mi padre murió, el cartel que trabajaba con nosotros supo de la existencia de estos papeles. Ellos no tienen mi... "paciencia". Querían los papeles para chantajearme a mí. Por eso fueron a por ti.
Mía cerró el diario. Se sentía pequeña, atrapada en una guerra de gigantes que empezó antes de que ella naciera. Inconscientemente, se reclinó contra el pecho de Renzo, buscando la solidez de su cuerpo en medio del caos de su historia familiar. Sus manos se entrelazaron con las de él sobre su vientre, un gesto de una ternura tan natural que hizo que Renzo cerrara los ojos, abrumado por la emoción.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. ¿Por qué dejar que pensara que solo era una mercancía?
—Porque me avergonzaba, Mía —confesó él, apretándola más fuerte—. Quería que me vieras como el hombre que te deseaba, no como el hijo del monstruo que arruinó la paz de tu familia. Te traje aquí porque estos papeles son la única razón por la que el Alacrán sigue vivo: cree que los tienes tú.
Mía se giró en sus brazos. Estaban rodeados de secretos y sombras, pero la luz de la bóveda iluminaba el rostro de Renzo, mostrando una vulnerabilidad que ella nunca creyó posible. Inconscientemente, ella subió una mano para acariciar su mandíbula, limpiando el rastro de una lágrima que él no sabía que había derramado.
—Sigo odiándote por lo que hiciste —dijo ella, aunque sus ojos decían algo mucho más complejo—. Pero ahora entiendo por qué no puedes soltarme.
—Nunca lo haré —sentenció él, su voz volviéndose profunda y deseosa de nuevo—. Ahora que sabes quién eres para mí, no hay vuelta atrás. Eres la dueña de mi secreto, y yo soy el dueño de tu vida.
Renzo la besó con una ternura desesperada, una súplica de perdón disfrazada de pasión. Mía le devolvió el beso, sintiendo que el sótano se convertía en su nuevo mundo. Ya no era solo una prisionera; era la guardiana del corazón de un monstruo.