Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 7
Caminé hacia la universidad sintiendo que el aire estaba más pesado de lo habitual, luego directo al hospital para las prácticas. No sabía que, mientras yo analizaba ramos de flores y cambios de actitud porque mi mente se encontraba dispersa; en una oficina privada de la ciudad, mi padre, Leonardo Eisen y Bruno Graf estaban firmando los últimos folios de un documento que no hablaba nada de sentimientos, sino de imposición, herencia y supervivencia corporativa. Qué la famosa ayuda para que Ragnar retomara el rumbo de su vida, solo fue una prueba de mi padre para demostrar que a la larga nosotros nos podíamos llegar a entender para mantener el imperio que ellos formaron, sin terceros como carroñeros de su fortuna.
Mi destino ya no se escribía en cuadernos de notas, sino en cláusulas de un contrato matrimonial muy especificado que no daba pie a equivocaciones; que nos usaría a Ragnar y a mí como piezas de ajedrez a punto de ser sacrificados en el altar en nombre del dinero.
El frío del que hablaba en la nota empezó a calarme hasta los huesos a pesar de mi abrigo. Me ajusté la bata y entré al hospital, tratando de recordar que yo era Ayla Eisen, la mujer que no creía en cuentos de hadas, especialmente cuando el príncipe era un lobo vestido de médico de apellido Graf, al cual lo había visto desfilar con infinidad de mujeres en estos mismos pasillos y yo no era juguete de nadie.
El murmullo constante de las máquinas de diálisis y el aroma a antiséptico no lograron devolverme la paz habitual. Esa mañana, la planta de oncología pediátrica, mi lugar seguro, se sentía como un escenario de cartón. Cada vez que revisaba el historial de un paciente, las palabras de la nota de Ragnar aparecían de la nada en mi cabeza “Los lobos tienen buena vista”.
—Doctora Eisen, ¿está con nosotros? —La voz de la jefa de residentes, la doctora Vargas, me sacó de mi embotamiento.
—Sí, perdón. Solo... repasaba la dosis de vincristina para el pequeño Mateo. —Mentí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
La jornada fue una procesión de rostros cansados y esperanzas frágiles. Al mediodía, me refugié en la terraza del hospital buscando aire puro, pero allí estaba el pasado de nuevo. A lo lejos, el edificio de Graf & Eisen Pharmaceuticals se alzaba imponente. Siempre había creído que mi carrera en medicina era mi forma de rebelarme contra el imperio comercial de mi padre.
Al terminar mi turno, el cansancio físico no era nada comparado con la ansiedad que me corroía. Decidí ir directamente a la oficina de mi padre para decirle que lo había logrado: sin imaginar lo que me esperaba.
Cuando llegué al piso ejecutivo, el ambiente estaba cargado. Las secretarias murmuraban en voz baja y el sonido de las teclas parecía más frenético que de costumbre. No me detuve a anunciar mi llegada; empujé las puertas dobles de la oficina con una determinación que no sabía que tenía.
—Ayla, qué sorpresa —Dijo mi padre, aunque su tono carecía de asombro. Se puso en pie, ajustándose el nudo de la corbata con ese gesto autoritario que siempre me hacía sentir de diez años otra vez.
—Buenas tardes, Bruno.
—Justo estábamos hablando de ti.
Eleve las cejas con un poco de sorpresa.
—¿Y a que debo ese detalle? —Me imagino que ya has visto a Ragnar. He cumplido con lo que me pediste padre. Él volverá mañana, así que ya pueden dejar de usarme como su terapeuta emocional.
—Querida Ayla, nunca fuiste la terapeuta —Dijo Bruno, señalando el documento sobre la mesa. — Fuiste el catalizador. Ragnar no necesitaba un sermón, solo un motivo y parece que tú, después de años de pasar desapercibida para él, finalmente has captado su atención.
—¿De qué diablos están hablando? —Mi voz tembló ligeramente.
Bruno Graf soltó una carcajada seca, carente de humor. Sus ojos, del mismo azul gélido que los de su hijo, me recorrieron con una mezcla de aprobación y cálculo.
Mi padre suspiró y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad. —La fusión de los laboratorios no es solo una transacción comercial, hija. Es un blindaje. Los accionistas externos están presionando; quieren sangre nueva o quieren vender a la competencia. La única forma de mantener el control absoluto es unificar las dos familias. De manera legal, pública e indisoluble.
—¿Unificar? —El aire se volvió escaso en mis pulmones. —Perdón, pero hablan de nosotros como si fuéramos acciones de la bolsa. Papá, soy médico. Tengo una vida.
—Y esa vida se financia con el patrimonio que estamos protegiendo. —Sentenció mi padre, volviéndose hacia mí con una mirada gélida. — Ragnar ha aceptado las condiciones. Mañana se reincorpora como jefe de investigación clínica y en una semana, ambos anunciarán su compromiso.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Sentí que el suelo de mármol se abría bajo mis pies. Él había aceptado, ahora todo tenía sentido; las flores la tarjeta. El hombre que me había defendido en la lluvia, el que me había mirado con una mezcla de deseo y advertencia en el auto... lo había hecho sabiendo que yo era el precio de su redención profesional.
—Él lo sabe. —Susurré, más para mí misma que para ellos.
—Él sabe lo que es necesario para salvar el legado de su familia. —Respondió Bruno. —Y tú, Ayla, eres una Eisen. Sabes que el deber siempre va antes que el deseo. Aunque, por lo que me han contado de la otra noche, quizás el deber no sea tan desagradable esta vez.
Salí de la oficina sin decir una palabra más. No podía gritar, no podía llorar; sentía una rabia sorda que me quemaba las entrañas. Me sentía traicionada no solo por mi padre, sino por esa chispa de humanidad que creí ver en Ragnar. ¿Había sido todo un juego? ¿Las flores, la advertencia sobre los lobos, la mirada intensa en el semáforo? Todo encajaba ahora: él estaba marcando su territorio, no por amor, sino por un maldito contrato.
Bajé al estacionamiento, pero no fui a mi auto. Necesitaba caminar. La noche empezaba a caer sobre la ciudad y el frío del que Ragnar me había advertido empezaba a filtrarse por mi abrigo. Me senté en un banco de la plaza frente al complejo hospitalario, viendo a la gente pasar, ajena al hecho de que mi vida acababa de ser subastada.
—Te dije que los lobos tenían buena vista, pero no mencioné que los más peligrosos son los que se sientan a cenar en tu propia mesa.
La voz me hizo dar un respingo. Ragnar estaba de pie a pocos metros, apoyado en una farola. No llevaba el traje impecable de ejecutivo, sino una chaqueta de cuero negra y jeans. Sus ojos, en la penumbra, parecían dos pozos de agua oscura.
—¿Cómo te atreves? —Me puse de pie, encarándolo. — ¿Cómo puedes enviarme flores y actuar como si te importara mi seguridad mientras firmas un contrato para comprarme?
Ragnar se acercó lentamente. No había rastro de la embriaguez de la otra noche, ni de la arrogancia del pasillo de la facultad. Había algo más: una resignación feroz.
—Yo no firmé nada para comprarte, Ayla. —Dijo, deteniéndose a escasos centímetros de mí. Podía oler de nuevo ese perfume amaderado, mezclado ahora con el aroma del aire nocturno. — Firmé para salvar lo único que me queda y da la casualidad de que el precio que mi padre impuso es el único que estoy dispuesto a pagar.
—¡No soy un objeto, Ragnar! No puedes "pagar" conmigo.
—¿Crees que me gusta esto? —Preguntó; por primera vez vi una grieta en su armadura de hielo. Agarró mi brazo, no con fuerza, sino con una urgencia que me cortó el aliento. — He pasado años ignorándote porque eras la "niña perfecta" de los Eisen, la que me recordaba todo lo que yo no era. Pero la otra noche, bajo la lluvia... vi a alguien diferente. Vi a una mujer que tiene más fuego que todos estos edificios juntos.
—Eso no justifica un matrimonio forzado. —Repliqué, aunque mi corazón latía con una violencia que me asustaba.
—No es forzado si ambos ganamos. —Susurró él, acortando la distancia. — Tu padre te tiene atrapada en sus expectativas; él mío con el tema de la herencia. Si nos unimos, Ayla, seremos los dueños de la red. Podremos hacer lo que queramos. Tú con tu carrera y yo con mi investigación. Sin que ellos vuelvan a decirnos qué hacer.
—¿Y qué hay de... nosotros? —La pregunta salió antes de que pudiera filtrarla.
Ragnar extendió una mano y con una delicadeza que me desarmó, apartó un mechón de pelo de mi cara. Sus dedos rozaron mi mejilla, dejando un rastro de electricidad a su paso.
—Eso es lo único que no está en el contrato, Ayla. Lo que pase a puerta cerrada no le pertenece ni a Leonardo ni a Bruno. Solo a nosotros.