Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 4: Prohibido sentir
Ese mismo día, después de todo lo que pasó, yo todavía no podía creerlo. Estaba ahí, parada frente a ese man que acababa de decirme que quería casarse conmigo… por contrato.
Yo lo miraba y mi cabeza era un enredo total.
—Esto está muy loco… —le dije, pasándome la mano por el cabello—. O sea, ¿usted sí habla en serio?
—Claro que sí —respondió él, tranquilo, como si estuviera hablando de cualquier cosa—. Pero hay algo importante que tiene que quedar claro desde el principio.
Lo miré fijamente.
—¿Qué cosa?
Él metió las manos en los bolsillos y habló con calma.
—Está prohibido enamorarse.
Sentí como si algo me hubiera dado directo en el pecho.
—¿Cómo así? —pregunté, tratando de sonar normal.
—Esto es un acuerdo, Katherine —dijo—. Un contrato de un año. Sin sentimientos, sin enredos. Cada quien cumple su parte y ya.
Asentí despacio.
—Sí… claro.
Pero por dentro…
Por dentro yo ya sabía que iba perdiendo.
Porque desde el momento en que lo vi… algo pasó. No sabía explicarlo, pero me movió todo. Su forma de hablar, de mirarme, de mantenerse tan tranquilo… todo.
—Entonces… ¿qué dice? —me preguntó.
Me quedé en silencio unos segundos.
—No sé… déjeme pensarlo —respondí.
Él asintió.
—Está bien. Pero necesito su número.
Lo miré.
—¿Pa’ qué?
—Pa’ saber qué decide —dijo—. No la voy a presionar, pero tampoco puedo quedarme esperando sin saber.
Dudé un momento… pero terminé dándoselo.
—Bueno… anote.
Sacó su celular.
—Diga.
—Tres… diez… —empecé a dictarle.
Guardó el número y luego me miró.
—Listo. Entonces quedamos así… usted piensa y me avisa.
—Sí…
Se hizo un silencio.
—Bueno… —dije—. Yo ya me voy.
—Hágale —respondió—. Cuídese.
Me di la vuelta y empecé a caminar, pero esta vez no iba pensando en trabajo… ni en nada de eso.
Iba pensando en él.
En lo que me dijo.
En lo que sentí.
—¿Qué me está pasando? —murmuré.
Esa noche no pude dormir bien.
Daba vueltas, pensaba en mi familia, en la propuesta… pero sobre todo en él.
—Prohibido enamorarse… —repetía en mi cabeza.
Solté una risa suave.
—Muy tarde pa’ eso…Ese mismo día, después de hablar con él, no aguanté más y busqué a mi hermanita. Valentina estaba sentada afuera de la casa, mirando pa’ la nada, como siempre cuando se pone a pensar. Me acerqué y me senté a su lado.
—Vale… necesito contarle algo —le dije, medio nerviosa.
Ella me miró de una.
—¿Qué pasó, Kate? Usted tiene cara rara.
Respiré profundo.
—Hoy salí a buscar trabajo… pero me pasó algo que usted no se imagina.
Ella se acomodó, interesada.
—A ver, cuente pues.
—Casi me atropella un carro… —empecé.
—¡¿Qué?! —dijo abriendo los ojos—. ¿Y usted está bien?
—Sí, tranquila —le dije—. Pero de ahí salió todo lo demás…
Le conté todo. Desde el susto, la pelea, hasta que él se bajó, cómo me habló, lo que me propuso… todo. Mientras hablaba, Valentina no me quitaba la mirada de encima.
Cuando terminé, se quedó en silencio unos segundos.
—O sea… ¿un man que no conoce le está proponiendo matrimonio por un año? —dijo finalmente.
—Sí… así como lo oye.
—Uy, no sé… eso está como de novela, ¿no? —respondió.
—Yo también pensé eso —le dije—. Pero él habla en serio.
Valentina bajó la mirada, pensando.
—¿Y a usted le gusta?
Esa pregunta me dejó quieta.
—No sé… o sea… es raro —respondí—. Pero desde que lo vi… sentí algo.
Ella sonrió un poquito.
—Ajá… ahí es donde está el problema.
—¿Por qué dice eso?
—Porque usted ya se está metiendo en eso con sentimientos —dijo—. Y él ya le dijo que eso no va.
Suspiré.
—Sí… él dijo que está prohibido enamorarse.
Valentina negó con la cabeza.
—Eso suena bonito en palabras, pero en la vida real… eso no se controla, Kate.
Me quedé callada.
—¿Entonces qué hago? —le pregunté.
Ella me miró con una seriedad que no parecía de alguien de 16 años.
—Primero, piense en usted —dijo—. No solo en nosotras, ni en mis estudios, ni en la casa. Usted también importa.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero es que esto podría cambiarlo todo…
—Sí —respondió—. Pero también la puede lastimar.
Me quedé mirando el suelo.
—¿Y si me enamoro más?
—Entonces va a sufrir —dijo sin rodeos—. Porque él ya dejó claro que no quiere eso.
Sus palabras dolieron, pero eran verdad.
—Pero vea… —añadió—. tampoco le digo que no lo haga.
La miré sorprendida.
—¿Cómo así?
—Pues sí —dijo—. porque oportunidades como esa no se ven todos los días. Y usted merece algo mejor.
Tragué saliva.
—Entonces estoy como entre sí y no…
—Exacto —respondió ella—. Pero si lo va a hacer… hágalo con la cabeza, no solo con el corazón.
Sonreí un poco.
—Usted sí habla como toda grande.
Ella se rió.
—Pues alguien tiene que pensar bien aquí.
La abracé fuerte.
—Gracias, Vale…
—Siempre, Kate —me dijo—. Pero haga lo que haga… no se olvide de usted misma, ¿sí?
Asentí.
Porque en el fondo sabía que tenía razón.
Y que esta decisión… no solo podía cambiar mi vida, sino también mi corazón.