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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:651
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

II. Affari sanguinosi e caffè amaro

Cerré la puerta principal de la mansión con un estruendo que seguramente hizo saltar los cuadros de los antepasados Veraldi. Mi pecho aún subía y bajaba por el esfuerzo de haber perseguido a esos tres imbéciles por toda la planta baja. Antes de cruzar el umbral hacia el garaje, me giré una última vez, apuntando con un dedo acusador hacia el interior de la casa, aunque ellos ya estuvieran encerrados en la cocina.

—¡QUANDO TORNO TRA DUE ORE VI VOGLIO VEDERE LAVATI! (¡Cuando regrese en dos horas los quiero ver bañados!) —rugí, asegurándome de que mi voz llegara hasta el último rincón—. ¡E PIÙ VI VALE CHE QUELLA MALEDETTA CUCINA SIA PULITA O CI SARANNO CONSEGUENZE! (¡Más les vale que la maldita cocina esté limpia o habrá consecuencias!)

Subí a mi auto, un motor que rugía con la misma furia que yo, y salí quemando neumáticos por el sendero de gravilla. El silencio del habitáculo fue un bálsamo momentáneo, pero la paz en mi vida dura lo que un suspiro en un huracán. Con un suspiro de puro cansancio, presioné el manos libres y marqué el número de mi secretaria personal, Chiara.

Ella contestó al primer tono. Sabía perfectamente que, a estas horas, yo ya estaría de un humor de perros.

—Buongiorno, Alessandra —dijo Chiara, su voz eficiente y rápida atravesando los altavoces—. Supongo que la mañana en casa ha sido... animada.

—Una merda totale, Chiara (Una mierda total, Chiara) —respondí, recostando la cabeza en el asiento mientras esperaba que el semáforo cambiara—. Dime qué tenemos hoy antes de que decida estrellar este coche contra un muro por pura pereza.

Escuché el rápido tecleo al otro lado de la línea. Me sentía agotada. No era el cansancio de no haber dormido, sino esa fatiga mental de tener que ser el cerebro operativo de una familia que parece empeñada en comportarse como un jardín de niños con armas de fuego.

—Tienes una agenda pesada, jefa —empezó Chiara—. En veinte minutos, reunión en el puerto con los proveedores de los Balcanes. Hay un retraso con el último cargamento de "mercancía pesada" y exigen hablar con un Veraldi. No están contentos con los nuevos aranceles que impuso tu padre.

—Che palle... (Qué pereza / Qué fastidio...) —mascullé, tamborileando los dedos sobre el volante—. ¿Algo más o puedo irme a dormir en medio de la reunión?

—No te lo recomiendo. Después de eso, tienes un almuerzo "diplomático" con los Moretti en el restaurante de siempre. Quieren discutir las rutas de distribución del norte. Y a las cuatro, firma de contratos para la lavandería de activos en la constructora nueva.

Me froté las sienes por debajo de los lentes. El mundo de la mafia no tiene el glamour que los escritores de novelas baratas quieren vender. Es burocracia, gente gritando por dinero, tipos con mal aliento tratando de intimidarte y yo, teniendo que mantener la cara de piedra mientras me aseguro de que nadie nos robe un solo euro.

—Fantastico. Un'altra giornata piena di idioti (Fantástico. Otro día lleno de idiotas) —dije con un tono de voz plano, carente de cualquier entusiasmo—. Prepárame los informes de los Balcanes en mi tableta. No quiero llegar allí y tener que escuchar sus mentiras sin tener los números reales para callarles la boca.

—Ya están enviados, Alessandra.

—Gracias, Chiara. Nos vemos en el puerto.

Colgué. El GPS me indicaba el camino hacia los muelles, pero mi mente seguía en esa cocina llena de salsa de tomate y hermanos irresponsables. A veces me preguntaba qué pasaría si un día simplemente dejara de gritar, si dejara que el caos consumiera la mansión. Probablemente nos quemaríamos todos en una semana.

Suspiré, ajusté mis guantes de conducir y aceleré. La "General" tenía que ir a trabajar, aunque preferiría estar durmiendo una siesta de diez años.

Lorenzo Veraldi:

En cuanto el motor del coche de Alessandra se perdió en la distancia, el silencio en la cocina duró exactamente tres segundos.

Yo fui el primero en soltar una carcajada, una de esas que te duelen en las costillas, mientras me quitaba la salsa de tomate de la mejilla con un trapo sucio. Enzo y Matteo me miraron; Enzo todavía tenía el labio temblando entre la rabia y el susto, y Matteo... bueno, Matteo simplemente empezó a sacudirse el polvo del pantalón como si acabara de sobrevivir a un bombardeo.

—*¡Maledetti stronzi!* —grité, imitando el tono grave y rasposo de Alessandra, mientras agarraba un cucharón y lo agitaba en el aire como si fuera su palo de escoba—. *¡Si veo una sola migaja, les rompo los huesos!*

Enzo soltó un bufido y lanzó una esponja mojada contra el fregadero, pero no pudo evitar que se le escapara una sonrisa torcida.

—Te salió igual, *bastardo* —dijo Enzo, poniéndose de pie y ajustándose la camisa de seda que ahora tenía una mancha de grasa—. De verdad parece que tiene un demonio adentro. *¡Va' all'inferno!* Casi me rompe la nariz con esa madera. ¿Vieron cómo le brillaban los ojos? Parecía un lobo rabioso.

Matteo, que ya estaba recogiendo los restos de pizza del suelo con una parsimonia irritante, soltó una risita seca.

—Es el estrés, Enzo. Se toma este papel de "General" demasiado en serio —comentó Matteo, mirando de reojo hacia la puerta por si acaso la jefa decidía volver de la nada—. Pero admitan que ver a Enzo gateando debajo de la mesa para que no lo golpeara una chica con lentes fue lo mejor de mi semana.

—¡Cállate, Matteo! —saltó Enzo, dándole un empujón amistoso—. ¡Tú estabas abrazando una almohada como si fuera tu novia! "Piedad, tía Bianca", decías. ¡Qué patético!

—¡Oigan, oigan! —intervine yo, saltando sobre la isla de la cocina y poniéndome mis propios lentes de sol para imitar el estilo de Ale—. *Escuchen, animales. Soy Alessandra Veraldi y hablo italiano porque el español es para la gente que tiene sentimientos. Ahora, limpien esta mierda o los mando al fondo del Lago de Como.*

Los dos gemelos estallaron en risas. Enzo se doblaba sobre el mostrador y Matteo negaba con la cabeza mientras intentaba pasar un trapo por la encimera.

—Lo peor es que nos da miedo —dijo Enzo, recuperando el aliento—. Es un metro setenta de puro veneno italiano y trajes caros. ¿Vieron cómo se le puso la vena del cuello cuando vio la salsa en el granito? Pensé que le iba a dar un infarto.

—Es que la cocina es su templo —añadí, bajándome de la isla y empezando a meter platos al lavavajillas de mala gana—. Pero en serio, tenemos que apurarnos. Si volvemos a ver ese palo de escoba hoy, no creo que salgamos vivos para la fiesta de mañana.

—Lorenzo tiene razón —dijo Matteo, cuya mirada gris volvió a enfocarse en la limpieza—. Si regresan las madres y esto no brilla, Alessandra no será nuestro único problema. Bianca nos va a poner a entrenar tiro hasta que se nos caigan los dedos.

—*Che palle...* —se quejó Enzo, agarrando un bote de desinfectante—. Odio limpiar. Soy un Veraldi, se supone que yo ordeno que limpien, no que lo haga yo.

—Hoy no eres un Veraldi, Enzo —le dije con una sonrisa burlona mientras le lanzaba un trozo de corteza de pizza a la cara—. Hoy eres la sirvienta personal de la General Alessandra. ¡Muévete, *stronzo*!

—¡Ya verás, Lorenzo! ¡Cuando ella no esté, te voy a meter en el congelador! —amenazó Enzo, pero ya estaba frotando el mármol con una energía que solo el miedo a nuestra hermana mayor podía provocar.

Pasamos la siguiente hora entre bromas pesadas, imitaciones de los gruñidos de Ale y algún que otro empujón, tratando de que la cocina volviera a parecer un lugar civilizado antes de que el reloj marcara las dos horas de gracia.

enzo veraldi:

Acabamos de dejar la cocina más brillante que los zapatos de charol de mi padre, y aunque el cuerpo me pedía una siesta, la adrenalina de la pelea con Alessandra me había dejado con un hambre que la pizza fría no podía saciar. Matteo se fue a su cuarto a leer o a planear alguna frialdad de las suyas, y Lorenzo se tiró en el sofá a mirar el móvil.

Yo, por mi parte, subí a mi habitación arrastrando los pies, pero con una idea fija en la cabeza. Cazzo, necesitaba un premio por haber sobrevivido al palo de escoba de la General.

Cerré la puerta con llave y saqué el teléfono personal, el que mi padre no rastreaba. Marqué el número directo de "L’Eclissi", el club privado de alessio. No era un burdel cualquiera; era el patio de recreo de la élite de Milán, donde las mujeres eran tratadas como obras de arte y entrenadas para adorar a los hombres como si fueran dioses.

—Mándame a Roxanne —dije sin saludar, con la voz ronca—. Y dile que si tarda más de veinte minutos, le cobraré el retraso con intereses.

Veinte minutos exactos después, el roce metálico en el balcón me puso en alerta. Roxanne sabía que la puerta principal era una sentencia de muerte si Alessandra estaba cerca, pero ella siempre prefería las entradas que aceleraban el pulso. Cuando saltó al interior, el aire se saturó con ese olor a vainilla negra, cuero y el aroma natural de su piel excitada.

Era una visión de depravación absoluta. El vestido de seda roja era tan corto que, al caminar, dejaba ver la ausencia de ropa interior, revelando su intimidad depilada y brillante por su propio deseo. Las medias de liga se hundían en sus muslos firmes, y esos tacones de aguja parecían diseñados para ser clavados en la espalda de un hombre.

—Ciao, piccolo Veraldi... —ronroneó, su voz vibrando en mi entrepierna—. Me han dicho que has sido un niño malo hoy, y tengo el castigo perfecto entre mis piernas.

No la dejé seguir. La agarré por el cuello con la palma de la mano, no para dañarla, sino para dominarla, y la estampé contra la pared. Mis labios devoraron los suyos con una urgencia animal, nuestras lenguas luchando por espacio. Mientras la besaba, bajé mi mano libre y la enterré directamente en su entrepierna. Estaba empapada, un calor abrasador que me quemó los dedos. Ella soltó un gemido húmedo y, con una rapidez técnica, deshizo mi cinturón, liberando mi erección que saltó con violencia contra su abdomen.

—Dio, sei così duro per me... (Dios, estás tan duro para mí...) —susurró contra mi boca antes de arrojarse sobre la cama.

Se deshizo del vestido con un movimiento que fue puro espectáculo. Su cuerpo era una topografía de curvas diseñadas para el placer. Se arrodilló frente a mí, tomándome con sus manos expertas, y comenzó a devorarme con una lascivia profesional. Su lengua recorría cada vena, cada centímetro de mi sensibilidad, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una intensidad que me hacía querer explotar. El sonido de succión llenaba la habitación, mezclado con mis gruñidos de puro instinto.

Cuando decidió que era suficiente tortura, se posicionó a horcajadas sobre mí. Roxanne se guio con los dedos, abriéndose paso, y se dejó caer de un solo golpe, enterrándome hasta la raíz en su interior ardiente.

—Ah... ecco, proprio así... (Ah... así, justo así...) —jadeó, arqueando la espalda mientras sus pechos, con los pezones endurecidos como piedras, quedaban a la altura de mis ojos.

Empezó a cabalgarme con una técnica violenta. Sus paredes internas me ordeñaban con una presión rítmica, una contracción tras otra que me hacía ver estrellas. No era solo sexo; era una carnicería de placer. Mis manos se clavaron en sus caderas, guiando sus movimientos, hundiendo mi cuerpo en el suyo con embestidas brutales que hacían que la cama crujiera contra la pared. El sonido de nuestras carnes chocando, ese chapoteo rítmico de nuestros fluidos mezclándose, era lo único que existía.

—Scopami, Enzo! Prendimi come se fossi tua! (¡Fóllame, Enzo! ¡Tómame como si fuera tuya!) —gritó ella, con la mirada perdida y la boca entreabierta.

La giré con brusquedad, poniéndola a cuatro patas. El contraste de su piel pálida contra las sábanas oscuras era obsceno. Me posicioné detrás de ella y volví a entrar con una fuerza que la hizo arquear la espalda y clavar las uñas en el colchón. Cada golpe mío era una reclamación de territorio; la profundidad era total, sintiendo cómo chocaba contra su cuello uterino mientras ella lloraba de placer.

Mis dedos se enterraron en su cabello, tirando de su coleta para obligarla a mirarme por encima del hombro mientras la poseía sin piedad. El cerebro se me estaba derritiendo; el calor de su sexo, el roce de sus medias contra mis piernas y su entrega absoluta me llevaron al borde. Roxanne aceleró el movimiento de su pelvis, apretando su interior con una maestría que solo ella poseía, llevándome al punto de no retorno.

—Sto per venire, Enzo... sto per esplodere! (Me voy a venir, Enzo... ¡voy a explotar!) —chilló, su cuerpo empezando a convulsionar en espasmos incontrolables.

Me aferré a su cintura con una fuerza brutal y me entregué al abismo. Me corrí dentro de ella en una descarga eléctrica y dolorosa de placer, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba hasta el límite. Ella recibió cada gota de mi simiente con espasmos rítmicos que me succionaban hasta la última pizca de vida.

Nos quedamos allí, un despojo de extremidades entrelazadas y sudor. Mientras ella se limpiaba con esa elegancia depredadora, supe que no importaba cuántas veces Alessandra me atrapara. Por una noche con Roxanne, estaba dispuesto a quemar el imperio Veraldi completo.

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