Tras ser traicionada y asesinada por su esposo, Valeria renace tres años en el pasado armada con el conocimiento del futuro para destruir a sus enemigos y construir un imperio financiero imparable.
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El Grito del Silencio
La Universidad de San Marcos, con sus edificios góticos y pasillos que olían a papel antiguo y a sueños académicos, parecía un refugio de paz en medio de la tormenta que asolaba la vida de Valeria. Sin embargo, bajo la superficie de la calma estudiantil, el antiguo laboratorio de biotecnología de Alberto Soler yacía olvidado, sellado por una orden judicial que nadie se había atrevido a desafiar en cinco años.
Valeria y Adrián se movían por los conductos de mantenimiento del edificio de Ciencias, guiados por los planos que Orión les había descargado antes de que su búnker fuera destruido. El aire aquí era pesado, cargado de polvo acumulado, pero para Valeria era el aroma de su infancia, de las tardes que pasaba viendo a su padre jugar con microscopios y secuencias de ADN.
—Estamos cerca —susurró Adrián, señalando una rejilla de ventilación reforzada—. El laboratorio de tu padre está justo debajo. El sistema de seguridad de la universidad sigue activo, pero es tecnología de hace una década. No detectará nuestro pulso electromagnético si lo usamos a baja frecuencia.
Bajaron al laboratorio con la agilidad de los que ya no tienen nada que perder. Al tocar el suelo, Valeria sintió un escalofrío. Las mesas de trabajo estaban cubiertas de sábanas blancas, como fantasmas esperando a ser despertados. En el centro, una inmensa computadora central, apodada *El Cerebro de Jano* por su padre, permanecía en un estado de hibernación profunda.
Valeria se acercó a la consola principal. Limpió el polvo de la pantalla con la manga de su gabardina y sacó el relicario.
—*Busca la luz dentro de la sombra* —murmuró Valeria, conectando el relicario al puerto óptico que solo ella sabía que existía bajo el teclado de cuero.
La habitación pareció cobrar vida. Un zumbido sordo recorrió los servidores y las pantallas se iluminaron con un azul eléctrico que bañó el rostro de Valeria. Una serie de códigos geométricos, imposibles de descifrar para un humano normal, empezaron a danzar en la pantalla principal.
—Es una red neuronal de auto-aprendizaje —dijo Adrián, asombrado—. Tu padre no solo estaba investigando la transferencia de conciencia; estaba construyendo un entorno virtual capaz de sostener una mente humana de forma indefinida.
De repente, los altavoces del laboratorio emitieron un sonido estático que poco a poco se transformó en una frecuencia armónica. Una voz, distorsionada pero inconfundiblemente la de Alberto Soler, llenó el espacio.
—*¿Valeria? ¿Eres tú, pequeña?*
Valeria se derrumbó sobre la silla de control, sus manos cubriendo su boca para ahogar un sollozo. —Papá... sí, soy yo. Estoy aquí.
—*Si estás escuchando esto, significa que el relicario ha vuelto a casa* —dijo la voz de Alberto. No era una grabación; era una respuesta en tiempo real, procesada por los servidores a una velocidad asombrosa—. *He estado esperando en este silencio durante años, procesando los datos de Sion, esperando el momento en que el Fénix decidiera renacer.*
—Papá, te rescataremos —dijo Valeria, mirando a Adrián—. Tenemos el equipo de Thorne, tenemos el acceso al núcleo de Sion... podemos reconstruir tu cuerpo.
—*No, Valeria. Mi cuerpo es ceniza y mi tiempo biológico ha pasado* —respondió la entidad digital de su padre—. *Pero mi mente... mi mente es la única que tiene la clave para detener el "Gran Reinicio" del Círculo. Ellos creen que el Proyecto Fénix es para la inmortalidad. Se equivocan. Es una trampa evolutiva diseñada para purgar a los que no son aptos.*
—¿Qué quieres decir? —preguntó Adrián, acercándose a la consola.
—*¿Quién es él?* —preguntó Alberto, su voz volviéndose más nítida, casi inquisidora.
—Es Adrián Thorne, papá. Mi socio. El hombre que me ha salvado la vida más veces de las que puedo contar.
Hubo un silencio procesal de varios segundos. —*Thorne...* —susurró Alberto—. *Valeria, ten mucho cuidado. El linaje de los Thorne está marcado por el Círculo de una forma que ni siquiera Adrián conoce. Su padre, Thomas Thorne, no murió por accidente. Él era el número tres del Círculo, y Marcus... Marcus no fue reclutado. Fue entregado como pago por una deuda de honor que los Thorne tenían con los Volkov.*
Adrián palideció, retrocediendo un paso. —¿Mi padre era uno de ellos? ¿Mi hermano fue entregado como una mercancía?
—*Thomas Thorne intentó salirse del Círculo cuando nació Adrián* —continuó la voz de Alberto—. *Quería que su segundo hijo fuera libre. El Círculo lo castigó borrando su existencia y convirtiendo a Marcus en el monstruo que es hoy. Adrián, tú eres la única esperanza de redención para tu apellido, pero Marcus vendrá por ti con un odio que ha sido cultivado durante décadas.*
Valeria tomó la mano de Adrián, sintiendo cómo temblaba. —No permitiremos que Marcus nos separe, papá. Ahora, dime qué debemos hacer. ¿Cuál es el siguiente paso?
—*Tenéis que ir a la antigua mansión de los Thorne en el acantilado de los Olvidados* —dijo Alberto—. *Thomas Thorne dejó allí un registro físico de las doce familias originales. No está en un servidor, está en papel, en una cámara acorazada que solo la sangre de un Thorne puede abrir sin activar la autodestrucción. Ese registro contiene los nombres reales de los Doce, sus identidades actuales bajo las cuales gobiernan el mundo.*
—Si exponemos esos nombres, el Círculo perderá su anonimato —concluyó Valeria—. Perderán su protección.
—*Pero apresuraos* —advirtió Alberto—. *Luciano Soler ya ha detectado mi despertar en la red universitaria. Están enviando a los Sabuesos hacia aquí. Valeria, el relicario tiene una función que aún no has usado. Presiona el cristal central y di la palabra 'Despertar'. Te dará acceso a la base de datos de mis recuerdos sobre el futuro alternativo que viviste.*
Valeria hizo lo que su padre le indicó. Al presionar el cristal, una descarga de información inundó su mente. Vio imágenes de una ciudad en llamas, de ejércitos privados marchando bajo el símbolo del reloj de arena, y de un hombre con el rostro oculto por una máscara de plata —el líder supremo del Círculo— dando la orden final para el Gran Reinicio.
—Lo veo... —susurró Valeria, sus ojos volviéndose blancos por un instante—. Veo el final si no los detenemos. El año 2030... no quedará nada de la humanidad tal como la conocemos.
—*Vete ahora, hija mía. Llévate el diario digital en el relicario. Yo bloquearé los sistemas de la universidad para daros tiempo.*
—¡Papá, no puedo dejarte aquí! —gritó Valeria.
—*No me dejas aquí, Valeria. Yo estoy en todas partes ahora. Solo búscame en la red.*
Las luces del laboratorio empezaron a parpadear violentamente. En las pantallas exteriores, Valeria vio las luces de las patrullas del Círculo entrando en el campus universitario. Luciano Soler no venía con abogados; venía con un equipo de demolición.
—¡Vámonos! —gritó Adrián, tirando del brazo de Valeria.
Salieron del laboratorio justo cuando una explosión sorda sacudía los cimientos del edificio. Luciano había decidido que si no podía tener el Cerebro de Jano, nadie lo tendría. El fuego empezó a devorar los servidores, pero Valeria sabía que su padre ya se había trasladado a los servidores seguros de Thorne Enterprises a través de la conexión del relicario.
Escaparon por las sombras del campus, mezclándose con la multitud de estudiantes aterrorizados por la explosión. Mientras se alejaban en una motocicleta robada hacia el acantilado de los Olvidados, Valeria sintió que el peso de su destino se había vuelto insoportable, pero también más claro que nunca.
—Adrián... —dijo ella, abrazándolo fuerte mientras la moto rugía por la carretera de la costa—. Siento lo de tu padre. No sabía...
—Yo tampoco, Valeria —respondió él, su voz perdiéndose en el viento—. Pero ahora entiendo por qué siempre me sentí como un extraño en mi propia familia. Marcus no es solo mi hermano; es la versión de mí que el Círculo creó. Y tengo que enfrentarme a él si queremos tener un futuro.
La noche se cerró sobre ellos mientras se dirigían a la mansión Thorne. La mansión del acantilado no era solo una ruina; era el laberinto donde las serpientes del Círculo habían nacido. Y Valeria Soler, con el grito del silencio de su padre aún resonando en sus oídos, estaba lista para entrar en el corazón de la oscuridad.
El fénix negro ya no solo buscaba venganza. Buscaba la redención de dos linajes malditos y la salvación de un mundo que no sabía que estaba a punto de ser "reiniciado".
Continuará...