Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Inolvidable.
El hall principal está lleno de movimiento. Personal organizando equipaje, guardaespaldas verificando rutas, vehículos esperando con los motores en marcha. Todo funciona como un reloj perfectamente sincronizado, porque en familias como esa, incluso las despedidas tienen estrategia.
Adara Lobo aparece en lo alto de las escaleras envuelta en una gabardina blanca que cae con elegancia sobre su figura. El cabello oscuro recogido en una coleta alta, gafas de sol, paso firme. Impecable.
Letal y absolutamente inolvidable.
Abajo, Cedric Becker alza la mirada justo en ese momento… y el tiempo comete el error de detenerse.
No debería mirarla así, pero lo hace y ella lo nota; porque bajo esa gabardina él ya sabe exactamente lo que hay.
Lo recuerda demasiado bien.
Su mandíbula se tensa apenas, casi imperceptible, mientras sus ojos recorren la caída de la tela, la forma en que sus caderas marcan el ritmo de cada paso. No es un vistazo casual… es memoria viva.
Es hambre.
—¿Lista? —pregunta Ava Becker, acercándose con una sonrisa cálida mientras sostiene la mano de Stella.
—Siempre —responde Adara con suavidad.
Los abrazos llegan uno tras otro. Aurora, firme pero emocional; Sabine, orgullosa; Bastian, con esa mirada analítica que parece leer más de lo que se dice. Y luego los niños.
Los trillizos irrumpen como un pequeño huracán.
—¡Tía, no te vayas! —protesta Giulia.
—Vuelvo pronto, lo prometo —responde Adara, agachándose para quedar a su altura y llenarlos de besos.
—¿Cuánto es pronto? —pregunta Helmut, serio.
—Muy pronto —susurra ella, guiñándole un ojo.
Las risas alivian el ambiente, pero no lo rompen del todo porque hay algo más. Algo que no se nombra, que observa desde un rincón.
Cedric silencioso, presente y peligrosamente consciente de cada movimiento de ella.
—Bueno, es hora —anuncia Bastian finalmente.
Todos comienzan a dirigirse hacia la salida cuando una voz grave, firme, corta el aire.
—Voy con ustedes.
Las miradas giran.
Cedric avanza con naturalidad, como si no acabara de alterar nada.
—Tengo asuntos en Italia —añade, sin dar más explicaciones.
Ava sonríe de inmediato.
—Perfecto, así viajamos juntos.
Adara no dice nada, pero por dentro no le gusta. Aun así, se limita a asentir con elegancia.
—Claro.
Y ese “claro” suena demasiado correcto, neutral y demasiado falso.
La caravana avanza hacia la pista privada escoltada por varios vehículos. Dentro del automóvil, el silencio no es incómodo… pero tampoco es relajado.
Es denso. Como si algo invisible viajara con ellos.
Los guardaespaldas mantienen la distancia exacta. Los de Cedric, discretos, masculinos, estratégicos. Los de Adara, mujeres entrenadas, letales, perfectamente sincronizadas. No hablan, no miran de más… pero todo lo ven.
Todo lo entienden.
El jet privado los recibe con lujo sobrio. Tonos neutros, cuero, madera pulida. Un espacio diseñado para el poder… no para la comodidad.
El vuelo despega sin contratiempos.
Durante los primeros minutos, las conversaciones giran alrededor de temas seguros: negocios, logística, la agenda en Italia. Massimo interviene de vez en cuando, Ava ríe, Stella se entretiene con su tableta.
Pero hay algo que no entra en ese equilibrio: Las miradas. Porque cada cierto tiempo se encuentran.
Cedric la observa cuando cree que ella no lo nota. Adara lo hace exactamente igual y cuando coinciden… Ahí está.
La chispa.
El recuerdo.
La maldita madrugada que ninguno menciona, ni mencionará.
El avión atraviesa una zona de turbulencia leve. Nada alarmante, pero suficiente para hacer vibrar el ambiente.
Adara se sostiene del apoyabrazos, Cedric la mira y durante un segundo… demasiado largo sus ojos dicen todo lo que sus bocas callan.
Ella ladea apenas el rostro y le guiña un ojo descarada, peligrosa y provocadora.
Luego, casi como si fuera un reflejo, humedece sus labios lentamente, Cedric se queda inmóvil y el pulso se le altera. Su mente traiciona cualquier intento de control.
—Maldición… —murmura apenas, desviando la mirada.
Pero ya es tarde, el daño está hecho.
El aterrizaje en Florencia es limpio, elegante, casi silencioso.
Afuera, el aire es distinto. Más cálido. Más vivo y más peligroso.
Los vehículos esperan en formación perfecta, cada uno sabe a dónde va. Cada uno sabe qué representa.
Las despedidas son breves y profesionales.
—Nos vemos pronto —dice Ava, abrazando a Adara.
—Claro, querida.
Massimo asiente hacia Cedric con complicidad masculina.
—No desaparezcas.
—Nunca lo hago.
Pero Cedric no está realmente ahí. Está mirando otra cosa.
A ella, esa hechicera de ojos negros que le tiene la boca hecha agua.
Adara camina hacia su coche rodeada por sus guardaespaldas. Su andar es firme, seguro, pero hay algo en la forma en que no mira atrás…
Que lo irrita.
Que lo provoca.
Que lo empuja a imaginar.
Y entonces vuelve esa imagen de ella riendo, lanzando un beso al teléfono.
Ella… con otro y su mandíbula se tensa. El pecho se le endurece.
—Perfecto… —murmura para sí mismo.
Se pasa la mano por el rostro, molesto e irracional. Consciente… y aun así incapaz de detenerlo.
Adara entra en el vehículo sin girarse, sin despedirse de él, sin mirarlo y eso le molesta más de lo que debería.
Mucho más.
El coche arranca.
Y Cedric se queda ahí unos segundos observando cómo desaparece. Sintiendo exactamente lo mismo que el día anterior.
Ese vacío extraño.
Ese impulso absurdo.
Ese maldito algo.
Finalmente, exhala, se gira y camina hacia su propio coche.
—Al penthouse —ordena con voz seca.
El vehículo arranca y mientras la ciudad de Florencia se abre ante él.