Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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Una noche de expectativas.
Franco examinó a su padre con atención. Su rostro ya reflejaba el inevitable paso del tiempo, pero lo que realmente le preocupaba era cuánto parecía haber envejecido en los últimos días. La carga de la preocupación y el agotamiento mental se manifestaban claramente en su estado físico. Honestamente, lo último que Franco deseaba era que su familia se viera afectada a causa de las exigencias e imposiciones de su abuelo.
Debía tomar una decisión rápidamente y lograr que su abuelo los dejara tranquilos, pues, de no ser así, su familia enfrentaría las consecuencias.
Unos minutos de silencio transcurrieron antes de que Andrew finalmente decidiera hablar.
— Cuando era joven me gustaba disfrutar de la vida sin pensar demasiado. — Hablo en medio de un suspiro. — Pero, también me enamoré por primera vez… o al menos eso creí. Y debido a esa gran decepción, comencé a perder el rumbo. — Andrew dio un pequeño sorbo antes de continuar. — Seguía cumpliendo con mi trabajo en la empresa, por supuesto, pero fuera de eso vivía una vida en desorden. — Hablo mirando hacia la nada. — Cada noche estaba con una mujer distinta, creyendo que eso me hacía sentir bien. Hasta que mi padre decidió que debía casarme con una desconocida.
Franco observó a su padre en silencio. En el tono de su voz, se podía reflejar la frustración y la impotencia. Pero también la resignación.
— Si soy honesto, después tuve que agradecerle, porque fue una de las mejores decisiones que pudo tomar por mí. — Dijo mientras dejaba ver una media sonrisa. — Porque gracias a eso conocí a tu madre. Al principio no fue sencillo… pero con el tiempo me convertí en el hombre más feliz del mundo. — Andrew giró el rostro y lo miró directamente. — Pero no quiero que malinterpretes mis palabras. No estoy diciendo que debas aceptar la imposición de mi padre. Yo llevaba una vida vacía, sin propósito, desordenada. Y tú no eres así. — Su voz se volvió más firme. — Tú eres diferente, Franco. Por eso quiero que vivas la vida que realmente deseas. Quiero que conozcas el amor por ti mismo. Que también te equivoques, si es necesario, pero que aprendas de tus propias decisiones. No quiero verte convertido en una marioneta manejada por la voluntad de otros.
Las palabras de su padre lo conmovieron profundamente. Era consciente de la necesidad de tomar una decisión con rapidez, pero también sabía que no podía simplemente precipitarse y cometer un error irreparable del que pudiera arrepentirse más tarde.
— Gracias, papá. — Franco se acercó y lo abrazó con sinceridad. — Sé que tú y mamá solo desean lo mejor para mí. Te prometo que no los decepcionaré.
Andrew le devolvió el abrazo con fuerza. Era crucial que su hijo tomara una decisión sobre su vida. Sin embargo, para él, la felicidad de ellos era lo más importante, incluso si eso significaba romper los lazos con su propio padre.
— Te quiero, hijo. Igual que quiero a tu hermana. Ustedes son lo más importante para nosotros.
— Yo también te quiero, papá.
Andrew se apartó y bebió el resto de su vaso de un solo trago. Ahora podía sentirse más tranquilo; sabiendo que su hijo tomaría la mejor decisión.
— No te preocupes. Si tengo que cortar todos los lazos que me unen a tu abuelo por ustedes, lo haré sin dudar.
Franco negó con calma. Él más que nadie sabía que su padre no mentía, pero tampoco podía permitir que eso sucediera.
— No habrá necesidad de llegar a eso.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó su padre con sorpresa. — ¿No me digas que aceptarás casarte con esa mujer? Tu madre y yo, no lo permitiremos.
— No te preocupes, papá. Todo estará bien.
Después de esa conversación, el ambiente en la familia Smith había recuperado cierta calma. El abuelo de Franco no había vuelto a presentarse en casa de sus padres, ni tampoco había llamado para insistir con sus ideas sobre compromisos y decisiones ajenas.
Sin embargo, para Andrew aquello no significaba tranquilidad. Al contrario, el silencio de su padre le parecía demasiado extraño. Lo conocía lo suficiente como para saber que rara vez se retiraba sin un motivo oculto. La última vez que hablaron, el anciano les informó que se marcharía a un retiro de descanso por unas semanas, algo que sonaba razonable, pero poco convincente.
Andrew sabía perfectamente que su padre era capaz de mover piezas incluso a la distancia. Por eso, aunque seguían llamando para asegurarse de que se encontraba bien de salud, tanto él como Samara mantenían la guardia en alto.
Fue en medio de esa aparente calma cuando llegó una inesperada invitación para toda la familia Smith.
Se trataba de una elegante fiesta organizada por una conocida familia de la alta sociedad, quienes durante un tiempo se habían mantenido alejados del foco público debido a ciertos problemas familiares. Precisamente por eso, la invitación causó sorpresa.
A Samara, sin embargo, le agradó la noticia. Conocía a la anfitriona desde hacía tiempo. Ambas se habían conocido en un desfile de modas y desde entonces habían mantenido una agradable amistad. Además, Andrew había realizado algunos negocios importantes con el jefe de aquella familia, por lo que asistir resultaba muy apropiado.
Cuando Franco fue informado del evento, aceptó sin dudarlo. Pero la razón no tuvo nada que ver con compromisos sociales ni con conveniencias empresariales.
La última vez que vio a Luciana, aquella cercanía junto al auto había quedado grabada en su memoria con una intensidad desconcertante. Recordaba la firmeza de su carácter, la manera en que enfrentó a Fernando sin vacilar, y la seguridad que irradiaba al defender su posición.
La mujer frágil e indefensa que conoció en un principio había desaparecido por completo. Porque la mujer que ahora ocupaba sus pensamientos era fuerte, imponente, orgullosa, y eso le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Su conversación aquella tarde había sido breve, pero suficiente para confirmar algo que no podía negar; Luciana le interesaba, y mucho.
El día de la celebración finalmente llegó. Andrew terminaba de vestirse en su habitación y Estrella discutía con una estilista porque, según ella, nadie conocía mejor su cabello que ella misma.
Franco, por su parte, esperaba en la sala principal. Vestía impecablemente, como siempre; elegante. Y aunque se mostraba sereno por fuera, por dentro estaba lejos de sentirse así.
No lo podía evitar. La ansiedad y el nerviosismo se estaban apoderando de él. A decir verdad, esas emociones eran tan poco comunes en él que Samara lo notó de inmediato. Ella apareció descendiendo por la escalera con la elegancia natural que siempre la distinguía. Llevaba un vestido sobrio y refinado que realzaba su belleza la cual aún permanecía intacta a pesar de los años.
— Cariño. — Hablo desde las escaleras.
Franco levantó la vista y no pudo evitar sonreír. Su madre aún era hermosa; por lo que no podía evitar elogiarla.
— Estás hermosa, mamá.
Ella se acercó con una sonrisa encantadora agradeciendo el halago. Lo tomó del brazo y empezó a caminar junto a él hasta el sofá.
— Gracias, mi vida. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.
Franco dejó escapar una pequeña risa. Su madre siempre sabía cuándo algo ocurría. No importaba cuánto intentara disimularlo ella siempre se daba cuenta de todo.
Ella tomó asiento en el mullido sofá y palmeó el espacio a su lado para indicarle que se sentara junto a ella.
— Ven aquí. — Dijo en voz suave. — Ahora cuéntale a tu madre por qué estás tan ansioso.
Franco se acomodó a su lado y pasó una mano por su nuca antes de suspirar. Sus emociones eran demasiado evidentes.
— Es que… no lo sé con certeza.