Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 14
La atmósfera en el penthouse era tan densa que el aire parecía haber adquirido peso. Tras las palabras de Tania, Nicolás se había quedado inmóvil cerca del gran ventanal, pero su mirada, errática y cargada de una ansiedad febril, no dejaba de rastrear cada rincón de la estancia. No buscaba lujos, buscaba una confirmación que sus instintos ya le gritaban.
Fue entonces cuando lo vio. Sobre una consola de ébano, junto a una pequeña escultura de bronce, descansaba un portarretratos de plata.
Nicolás caminó hacia él como si estuviera en trance. Tania, que había mantenido una distancia de seguridad profesional, tensó los hombros al ver la dirección de sus pasos, pero no lo detuvo. Sabía que este momento era inevitable.
Nicolás tomó el marco con manos que, por primera vez en su vida adulta, temblaban de manera visible. En la fotografía, un niño de unos cinco años miraba a la cámara con una mezcla de picardía y una seriedad impropia de su edad. El niño vestía un jersey de punto fino y sonreía ligeramente, pero lo que detuvo el corazón de Nicolás fueron los ojos. Eran sus propios ojos: ese tono gris tormenta, enmarcado por pestañas densas y una mirada analítica que parecía juzgar el mundo antes de aceptarlo. El cabello, oscuro y rebelde, caía sobre la frente de la misma forma en que el de Nicolás lo hacía cada mañana.
—Es él —susurró Nicolás. La voz se le quebró, despojándolo de cualquier rastro de la arrogancia que había lucido durante años—. Es... mi vivo retrato.
Un sentimiento violento, una mezcla de júbilo primario y una culpa que le quemaba las entrañas, lo golpeó con la fuerza de un tsunami. Era padre. Tenía un heredero, un hijo de la mujer que, a pesar de todo el odio acumulado, seguía siendo la única dueña de sus pensamientos.
Pero la alegría fue sofocada de inmediato por la realidad de su traición. Se giró hacia Tania, con el rostro desencajado.
—¿Cómo pudiste? —su voz subió de tono, cargada de una indignación desesperada—. ¿Cómo te atreviste a ocultarme esto? Es un Durantt. ¡Lleva mi sangre! Tenías el deber de decírmelo. ¡Me robaste cinco años de su vida!
Tania no retrocedió. Al contrario, caminó hacia él con una parsimonia que resultó aterradora. Sus ojos no mostraban rastro de remordimiento, solo una frialdad ejecutiva que hacía que la furia de Nicolás pareciera el berrinche de un niño.
—¿Deber? —repitió Tania, y la palabra sonó como un latigazo—. ¿Hablas de deberes, Nicolás? El hombre que me arrastró fuera de su casa bajo una tormenta, el hombre que me llamó ramera y me dejó sin un centavo sabiendo que yo no tenía a nadie en este mundo. ¿A qué deber te refieres? ¿Al deber de entregarte a mi hijo para que tu madre lo convirtiera en otro ser frío y vacío como tú?
—¡Es mi hijo! —rugió Nicolás, estrellando el portarretratos contra la mesa, aunque sin romperlo. Su respiración era errática—. Mañana mismo presentaré una demanda de paternidad. Reclamaré la custodia. No me importa cuánto dinero de Atlas tengas, en esta ciudad los Durantt siguen siendo los dueños de la ley. No te permitiré que me lo quites.
Tania soltó una risa corta, una nota gélida que cortó el aire. Se acercó tanto a él que Nicolás pudo ver el reflejo de su propia desesperación en las pupilas de ella.
—Inténtalo —desafió ella en un susurro letal—. Adelante, Nicolás. Llama a tus abogados. Abre ese proceso legal. Pero antes de que pongas un pie en el juzgado, asegúrate de que tu apellido esté listo para el impacto.
—¿Me estás amenazando? —preguntó él, con la mandíbula apretada.
—Te estoy advirtiendo —corrigió Tania, cruzando los brazos sobre su pecho con una calma desesperante—. Tengo en mi poder las pruebas de cada movimiento turbio que tu familia ha hecho para destruir mi reputación hace seis años. Tengo los recibos de los sobornos que tu madre pagó para fabricar aquellas fotos de la supuesta infidelidad. Tengo los registros de cómo manipulaste las cuentas de la empresa para dejarme en la calle.
Tania dio un paso más, acorralándolo contra la mesa.
—Si intentas tocar a Nico, si intentas usar la ley para quitármelo, hundiré el nombre Durantt de tal manera que tus nietos sentirán vergüenza de llevarlo. Convertiré tu "legado" en un fango de escándalos financieros y morales del que no saldrás vivo profesionalmente. ¿Crees que eres poderoso aquí? Yo soy Atlas Global. Tengo más recursos, más aliados y, sobre todo, tengo la verdad. Y la verdad, Nicolás, te va a destruir.
Nicolás sintió que el suelo se desvanecía. La mujer frente a él no era la víctima que él recordaba. Era una estratega que había previsto cada uno de sus movimientos. La mirada de Tania no buscaba justicia, buscaba aniquilación.
—No puedes ser tan cruel —alcanzó a decir él, con la voz ahogada por la impotencia—. Solo quiero conocer a mi hijo.
—Tuviste una esposa que te amaba y la destruiste —respondió Tania, y por primera vez, una nota de dolor real asomó en su voz, aunque fue rápidamente sofocada—. Tuviste la oportunidad de ser un hombre de honor y elegiste ser un cobarde guiado por el orgullo de tu madre. Mi hijo no es un trofeo, Nicolás. No es una ficha en tu tablero de poder. Es un ser humano que ha crecido feliz sin saber que su padre es un hombre capaz de arrojar a una mujer embarazada a la calle.
Tania caminó hacia la puerta del penthouse y la abrió de par en par. El viento de la noche entró, agitando las cortinas de seda.
—Vete de aquí —sentenció—. No vuelvas a mencionar la palabra "ley" o "custodia" en mi presencia. Si quieres ver a Nico algún día, será bajo mis reglas, en mis términos y cuando yo decida que eres lo suficientemente humano como para no contaminarlo. Por ahora, para él, tú no existes. Y si intentas forzar el encuentro, te juro por la vida de ese niño que te dejaré en la ruina absoluta.
Nicolás la miró, buscando un resquicio de la Tania que alguna vez lo abrazó con ternura. No encontró nada. Solo vio a la fiera que él mismo había ayudado a engendrar. Con el corazón martilleando contra sus costillas y el alma desgarrada por la visión del rostro de su hijo, Nicolás salió del penthouse.
Mientras el ascensor descendía, Nicolás se apoyó contra la pared de metal, cerrando los ojos. La imagen de los ojos grises del niño lo perseguía. Sabía que Tania no mentía; ella tenía el poder para destruirlo. Pero también sabía que, a partir de ese momento, su vida ya no tenía sentido sin ese niño. El rostro de la verdad le había mostrado que su imperio era de papel y que el verdadero tesoro de los Durantt estaba en manos de la mujer que ahora lo odiaba con toda la fuerza de su ser. La guerra por el niño había comenzado, y Nicolás acababa de darse cuenta de que entraba al campo de batalla totalmente desarmado.