Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 16: Donde ya no soy solo yo
El silencio no se fue.
Se quedó.
Pegado.
En las paredes.
En el piso.
En las manos.
Camino.
No sé hacia dónde.
Pero camino.
El pasillo es el mismo.
Siempre el mismo.
Pero algo cambió.
No afuera.
Adentro.
Cada paso suena más fuerte de lo normal.
Como si alguien más también caminara.
Conmigo.
—No estás solo…
La voz llega sin aviso.
Sin forma.
Sin cuerpo.
Pero está.
Siempre está.
—Cállate… —susurro.
Mi voz suena… diferente.
Más pesada.
Más lenta.
Como si no fuera solo mía.
—¿Por qué? —responde ella—. Si ahora sí me necesitas…
Aprieto los dientes.
—No te necesito.
—Mentira.
Silencio.
Sigo caminando.
Pero algo no encaja.
Mis manos.
No las siento igual.
Las levanto.
Las miro.
Son mías.
Pero no del todo.
—¿Ves?
La voz se acerca.
Más clara.
Más presente.
—Ya no sabes dónde terminas tú… y dónde empiezo yo.
Trago saliva.
—No…
—Sí.
El pasillo se alarga.
O soy yo.
O es mi cabeza.
O es ella.
—Esto no es real…
—Todo es real.
Pausa.
—Especialmente lo que quieres negar.
Me detengo.
De golpe.
El mundo parece inclinarse.
—No…
Las luces parpadean.
Una.
Dos.
Tres veces.
Y entonces…
silencio total.
Ni un sonido.
Ni un eco.
Ni nada.
Y ahí…
la veo.
No en el pasillo.
No afuera.
Adentro.
Daniela.
De pie.
Mirándome.
No como recuerdo.
No como antes.
Más grande.
Más clara.
Más… real.
—Hola.
Mi respiración se corta.
—Tú no estás aquí…
Ella sonríe.
Pero no es una sonrisa feliz.
—Siempre estuve.
Da un paso.
Yo retrocedo.
Pero no me muevo.
No físicamente.
Todo pasa dentro.
—No…
—Sí.
Se acerca más.
—Tú me dejaste entrar.
Silencio.
—Yo no…
—Cuando no hiciste nada.
El golpe es directo.
—Cuando miraste.
—Cuando escuchaste.
—Cuando decidiste no intervenir.
Cada palabra duele.
—Ahí fue.
Pausa.
—Ahí me quedé contigo.
Me llevo las manos a la cabeza.
—Cállate…
—No puedes callarme.
—¡CÁLLATE!
El grito rompe el aire.
Pero nadie responde.
Nadie viene.
Porque esto…
no está pasando afuera.
Estoy solo.
Pero no.
Nunca solo.
Daniela me rodea.
Lento.
Como si me estudiara.
—Hoy sentiste algo.
—No.
—Sí.
Se detiene frente a mí.
—Te gustó.
Silencio.
—No…
—Te gustó.
Más fuerte.
Más clara.
—Cuando cayó.
—Cuando suplicó.
—Cuando no ayudaste.
Mi respiración se acelera.
—No…
—Eres como ellos.
—¡NO!
El eco golpea.
Pero no sale del cuarto.
No sale de mi cabeza.
Daniela se inclina.
Muy cerca.
—Eres peor.
Silencio.
Pesado.
—Porque sabías.
—Y aún así…
Pausa.
—No hiciste nada.
Cierro los ojos.
Fuerte.
—No…
—Y hoy…
Su voz cambia.
Más suave.
Más peligrosa.
—Hoy hiciste algo.
Silencio.
—Y te gustó.
Mi pecho sube y baja.
Rápido.
Descontrolado.
—No sé qué está pasando…
—Yo sí.
Pausa.
—Estoy tomando lo que me diste.
Abro los ojos.
—¿Qué?
—Espacio.
Silencio.
—Culpa.
—Miedo.
—Silencio.
Cada palabra es una llave.
—Y ahora…
Se acerca más.
—Estoy creciendo.
El mundo se rompe.
Un segundo.
Todo se distorsiona.
Las paredes.
El piso.
La luz.
Y yo…
no sé si sigo siendo yo.
—No…
—Sí.
Daniela levanta la mano.
Y por un instante…
siento que mi cuerpo responde.
Sin que yo quiera.
Mis dedos se mueven.
Lento.
—¿Ves?
—No…
—Ya no decides todo.
Silencio.
—Compartes.
El aire se vuelve pesado.
Irrespirable.
—Sal de mi cabeza…
—No puedo.
Pausa.
—Tú me hiciste.
Silencio.
—Y ahora…
Sonríe.
—Tengo derecho a quedarme.
Me dejo caer en la silla.
No recuerdo cuándo llegué ahí.
Pero estoy.
Sentado.
Temblando.
—Esto no es real…
—Es lo más real que tienes.
Silencio.
Y entonces…
la puerta se abre.
El sonido me golpea.
Vuelvo.
Al cuarto.
Frío.
Vacío.
Real.
La psicóloga está ahí.
De pie.
Observándome.
—Don Eusebio…
Su voz es distinta.
No dura.
No fría.
Casi…
preocupada.
—¿Se encuentra bien?
No respondo.
No puedo.
Porque Daniela sigue ahí.
Mirándola.
—Ella…
susurra.
—Ella también está rota.
La psicóloga da un paso.
—Sé lo que está pasando.
Silencio.
Levanto la mirada.
—No sabe nada…
—Sí.
Pausa.
—He visto esto antes.
Su tono cambia.
Más profesional.
Más firme.
—Usted no está solo en su mente.
El golpe es inmediato.
—Cállate…
—No —dice ella.
—Necesita escuchar esto.
Daniela se mueve.
Inquieta.
—No me gusta…
—No quiero que hable…
—Haz que se calle…
Me llevo las manos a la cabeza.
—¡CÁLLENSE!
La psicóloga no retrocede.
—Hay una disociación.
—Una fragmentación.
Pausa.
—Una parte de usted…
—Está tomando control.
Daniela ríe.
—Parte…
—Qué bonito lo dice…
—No es una parte —susurro.
—Es ella.
Silencio.
La psicóloga me observa.
Más profundo.
—¿Ella?
Trago saliva.
—Daniela.
El nombre queda en el aire.
Pesado.
Real.
La psicóloga no se sorprende.
Eso es lo peor.
—Tiene sentido.
Daniela se enfurece.
—¡No!
—No le hagas caso…
—Ella quiere sacarme…
—¡No la dejes!
—Ella representa algo que usted no procesó.
La psicóloga continúa.
—Culpa.
—Trauma.
—Responsabilidad.
—No —digo.
—Es real.
—Para usted, sí.
Pausa.
—Pero eso no significa que sea otra persona.
Daniela grita.
—¡MENTIRA!
Siento el golpe en mi cabeza.
Fuerte.
Doloroso.
—Haz que se calle…
—Hazlo…
—¡HAZLO!
Mi respiración se rompe.
—No puedo…
La psicóloga se acerca.
—Escúcheme.
—Podemos trabajar esto.
—Podemos integrarlo.
—Controlarlo.
Daniela se agita.
—¡No!
—¡No quiero!
—¡No voy a desaparecer!
—No la voy a dejar —digo.
Silencio.
La psicóloga se detiene.
—¿Qué?
—No la voy a dejar.
Mi voz ya no suena igual.
—Se quedó cuando nadie más lo hizo.
Pausa.
—No se va.
Daniela sonríe.
—Eso…
—Eso es…
La psicóloga me mira.
Diferente.
Ahora sí.
Con duda.
—Esto no es sano.
—Nada de esto lo es.
Silencio.
Pesado.
—Usted necesita ayuda.
—Ya la tengo.
Pausa.
—Ella.
El aire se enfría.
Más.
Más de lo normal.
La psicóloga lo siente.
Se nota.
—Esto no va a terminar bien.
—Ya empezó mal.
Silencio.
Daniela susurra.
—Me gusta…
—Me gusta más cuando no confías en ella…
La psicóloga da un paso atrás.
No por miedo.
Por cálculo.
—Voy a ayudarlo.
—Aunque no quiera.
Daniela se enfurece.
—¡No!
—No quiero que vuelva…
—Haz algo…
Yo la miro.
—No te acerques.
La psicóloga se detiene.
Y en ese momento…
lo entiende.
No completamente.
Pero suficiente.
—Esto no es solo psicológico.
Pausa.
—Es más profundo.
Silencio.
Daniela sonríe.
—Por fin…
—Alguien que ve…
Yo respiro.
Lento.
Pero no tranquilo.
—No me voy a romper.
—Ya lo hiciste —dice Daniela.
Pausa.
—Solo que ahora lo sabes.
Silencio.
La psicóloga me observa.
Y por primera vez…
no intenta arreglarme.
Solo entiende.
Que esto…
ya no es algo que se pueda detener fácil.
—Esto no termina aquí —dice.
Yo sonrío.
Pero no estoy solo cuando lo hago.
—No.
Pausa.
—Ahora es que empieza.
Y dentro de mí…
Daniela sonríe conmigo.
Al mismo tiempo.
Sin pedir permiso.
Sin irse.
Sin intención de hacerlo.