un caos en tacones
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Capitulo 3
¡Uf! ¿Escucharon eso? "Podría hacer que este lugar desaparezca". Típico de hombre con exceso de testosterona y poco vocabulario. Pero esperen, miren la cara de Renata. No se ha inmutado. Al contrario, ha puesto esa sonrisa de "voy a destruirte con lógica" que usa cuando un niño le dice que el perro se comió su tarea.
Renata soltó una risita seca, cargada de una condescendencia tan elegante que hizo que Ivan, desde el auto, soltara un silbido de admiración.
—¿Hacer desaparecer el jardín de niños? —preguntó ella, dando un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Alek sin miedo a los treinta centímetros de diferencia—. Qué tierno. El complejo de villano de caricatura te queda de maravilla, de verdad. Pero déjame explicarte algo, "Oso de Vitrina": este lugar está protegido por la asociación de padres de familia más feroz de la ciudad y por una servidora que sabe perfectamente cómo redactar una denuncia por amenazas, daños a la propiedad y obstrucción de vía pública que te dejaría sin cuenta de banco antes de que puedas decir privyet.
Alek la miró fijamente. Sus ojos azules, que usualmente hacían que hombres hechos y derechos temblaran, se toparon con una muralla de fuego color avellana.
—Eres... persistente —masculló Alek, fascinado a su pesar por la forma en que los rizos de ella saltaban con cada palabra—. Y muy valiente para ser tan pequeña.
—Y tú eres muy lento para ser tan grande —remató Renata, cruzándose de brazos—. Mi estatura no tiene nada que ver con mi capacidad para poner en su lugar a alguien que claramente no recibió suficiente educación emocional de niño. ¿Te faltaron abrazos o simplemente nunca te enseñaron a leer los letreros de "Prohibido Estacionarse"?
¡Auh! ¡Eso dolió! Le acaba de dar un diagnóstico psicológico gratuito en plena calle. Miren a Ivan, se está asfixiando de la risa en el asiento del copiloto.
—¡Alek, por favor! —gritó Ivan, asomando la cabeza por la ventana—. ¡Muévete antes de que la señorita te mande a la esquina a pensar en lo que hiciste! ¡Es brillante!
Alek apretó los dientes, pero una chispa de diversión —una emoción que no sentía hace años— cruzó su mirada gélida. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a mirarlo como si fuera un niño berrinchudo en lugar del hombre que controlaba el puerto de la ciudad.
—Mueve el coche, Ivan —ordenó Alek sin quitarle la vista de encima a Renata.
—¿Yo? ¡Si el que quería "marcar territorio" eras tú! —se burló su amigo, pero obedeció saltando al asiento del conductor.
Alek se acercó un poco más a Renata, bajando la voz para que solo ella lo escuchara. El aroma a perfume caro y peligro lo envolvió todo.
—Esto no se ha terminado, maestra. Me gusta tu fuego.
Renata le sostuvo la mirada, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—Pues compra un extinguidor, porque no pienso bajarle a la intensidad. Ahora, quítate de mi camino, que tengo una cita con una copa de vino y tú me estás quitando minutos valiosos de paz.
Ella se dio la vuelta con un movimiento de cadera digno de una pasarela de Milán, subió a su auto y arrancó dejando una nube de humo frente al jefe de la mafia rusa. Alek se quedó ahí, parado en la acera, viéndola irse con una sonrisa sexy que prometía problemas... de los grandes
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