Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 04: Un hasta nunca
Lilith Gray
El aire del aeropuerto internacional de la capital regional era pesado, cargado con el olor a combustible de aviación, café quemado y el murmullo incesante de cientos de extraños. Para cualquier humano, este lugar era solo un punto de tránsito; para un licántropo con los sentidos aumentados de un Alfa, era una cacofonía de olores y ruidos que me hacían querer gruñir.
—¿Llevas todo, Lilith? ¿Tus documentos? ¿Tus dagas de entrenamiento en la maleta facturada? —la voz de la tía Delfina temblaba. Sus manos pequeñas y cálidas apretaban las mías con una desesperación que me partía el alma.
—Lo tengo todo, tía —respondí, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro me sentía como un cristal a punto de estallar.
Rayan estaba de pie detrás de ella, con la mandíbula apretada y los ojos brillantes de un orgullo que no lograba ocultar su tristeza. Me rodeó con sus brazos, un abrazo de oso que olía a bosque y a la seguridad que me había brindado durante once años.
—Escríbenos en cuanto llegues al cuartel de la élite. No dejes que esos instructores te quiebren, Lilith. Recuérdales quién eres. Recuérdales que llevas la sangre de una guerrera.
—Lo haré, tío. Te lo prometo.
Me dolía dejarlos. Ellos eran lo único real que me quedaba en este mundo. Eran los que me recogieron del lodo y la sangre, los que me enseñaron a caminar de nuevo. Pero mientras miraba hacia la puerta de embarque, un vacío negro y frío se abría en mi pecho. Había una ausencia que pesaba más que cualquier presencia.
James no estaba.
Habíamos compartido once años de vida. Habíamos dormido juntos después de las pesadillas, habíamos entrenado hasta el amanecer, nos habíamos jurado un futuro que ahora parecía una broma cruel de la Diosa Luna. Y él ni siquiera podía presentarse aquí para decir adiós.
“Te lo dije, Lilith”, la voz de Artemis resonó en mi mente, profunda y cargada de un cinismo amargo. “Él nunca fue nuestro. Lo que sentías era el hambre de una huérfana por pertenecer a algún lado, no el llamado de la sangre. Él es solo un eslabón débil en nuestra cadena”.
—Cállate, Artemis —le pedí, aunque mis propias defensas se estaban desmoronando—. Solo quería una despedida. Solo quería que me mirara a los ojos una última vez.
“Los ojos de los traidores siempre miran al suelo”, sentenció mi loba, retirándose al fondo de mi consciencia para lamerse sus propias heridas de orgullo.
Tenía razón. Artemis siempre me lo advirtió. Durante años, cada vez que James me besaba o me hablaba de hacerme su Luna, ella guardaba un silencio sepulcral o soltaba un gruñido de advertencia. Yo me convencí a mí misma de que éramos la excepción a la regla. Creí que, si pasaban los años y ninguno de los dos encontraba a su "mate", la Diosa simplemente nos dejaría ser felices. Me aferré a esa ilusión con uñas y dientes, creyendo que el amor que construimos con voluntad era más fuerte que un instinto biológico.
Qué estúpida fui.
—Pasajeros del vuelo 402 con destino a la Capital Real, favor de abordar por la puerta 4 —la voz monótona de la megafonía anunció mi partida.
—Es hora —dije, sintiendo un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarme.
Me despedí una vez más de Rayan y Delfina. Me di la vuelta, agarrando el asa de mi maleta de mano con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Cada paso hacia la puerta de embarque era una declaración de independencia, pero también una puñalada. Me sentía sola de nuevo. Exactamente como hace once años, caminando hacia un destino desconocido, con el mundo que conocía ardiendo a mis espaldas.
—¡Lilith! ¡Espera!
Esa voz. Mi corazón, ese traidor que se negaba a aprender la lección, dio un vuelco. Me detuve en seco y me giré lentamente, con la esperanza de ver un rastro de arrepentimiento, una señal de que James se había dado cuenta de su error.
Pero la realidad fue mucho más cruel.
James venía corriendo por el pasillo, pero no venía solo. De su mano, entrelazada con una firmeza que me revolvió el estómago, venía Cara. Ella era pequeña, de aspecto frágil, con una mirada de timidez fingida que solo lograba que Artemis quisiera arrancarle la yugular. Lucía una de las chaquetas de James, una que yo misma le había regalado el invierno pasado.
El rechazo eminente se transformó en una náusea física.
James se detuvo frente a mí, jadeando. Cara se pegó a su costado, marcando territorio de una manera tan obvia que resultaba patética.
—Llegué a tiempo —dijo James, tratando de recuperar el aliento. Me miró, y por un segundo, vi un destello de la vieja familiaridad, pero fue rápidamente sofocado por el brillo extraño que tenían sus ojos cuando miraba a la chica a su lado.
—¿Qué haces aquí, James? —pregunté. Mi voz salió más fría de lo que esperaba, una voz que ya pertenecía a la guerrera de élite y no a la chica que lloraba en sus brazos.
—No podía dejar que te fueras así —respondió él. Se aclaró la garganta, y luego, con una audacia que me dejó atónita, la rodeó a ella con el brazo frente a mí—. Lilith, sé que las cosas terminaron de forma abrupta. Pero quiero que sepas que, a pesar de todo, no me arrepiento de nada. De lo que vivimos, de lo que fuimos... todo eso fue real en su momento.
Solté una risa seca, desprovista de toda alegría.
—¿No te arrepientes? Qué generoso de tu parte, James.
Él pareció no notar mi sarcasmo.
—Espero que en el futuro... cuando las aguas se calmen, podamos seguir siendo amigos. Eres parte de mi familia, Lilith. No quiero perderte del todo.
Miré a Cara. Ella me dedicó una mirada de "lástima", esa condescendencia que sienten las elegidas por las rechazadas. En ese momento, sentí que mi Alfa interior se erguía. El poder de Artemis fluyó por mis venas, dándome una rectitud que no venía de la arrogancia, sino de la pura supervivencia.
—Amigos —repetí la palabra como si fuera un insulto—. James, siempre supe que probablemente no tendríamos un final feliz. Mi subconsciente me lo gritaba cada noche. Artemis me lo advirtió un millón de veces. Así que, aunque no lo creas, estaba preparada para esto.
James frunció el ceño, sorprendido por mi falta de lágrimas.
—Me duele que no hayamos podido cumplir lo que planeamos —continué, manteniendo la mirada fija en la suya, sin pestañear—. Me duele que no haya podido ser tu Luna. Pero he aprendido que el destino no se puede forzar. Si la Diosa de la Luna eligió a Cara como tu compañera, entonces ella es la indicada para ti. Yo no soy quien para cuestionar el diseño de nuestra creadora.
—Lilith... —él intentó decir algo, tal vez un agradecimiento, tal vez una justificación.
—No digas nada más —lo corté, dando un paso atrás—. Les deseo lo que se merecen. Que su vínculo sea todo lo que esperas, James.
James asintió, pareciendo aliviado de que no hubiera hecho una escena. Me dio un abrazo rápido, uno que se sintió vacío, sin la chispa que antes solía encender mi piel. Cara me dio un asentimiento cortés, que yo ignoré olímpicamente.
—Buen viaje, Lilith —dijo él mientras retrocedía con ella.
—Adiós, James.
Me di la vuelta y caminé hacia el túnel de embarque. No miré atrás. Ni una sola vez. En mi mente, esa despedida no era un "hasta luego", era un entierro. James Holdw acababa de morir para mí. No pensaba volver a Luna Creciente nunca más. No pensaba volver a ser la opción B de nadie.
Al entrar en el avión y sentarme junto a la ventanilla, el silencio me envolvió. Mientras el avión carreteaba hacia la pista, miré mis manos. Estaban firmes. No temblaban. Pero por dentro, sentía que me habían arrancado el corazón y me habían dejado un agujero negro en su lugar.
Había vuelto a estar sola. Como hace once años. Sola en un mundo que premiaba el instinto sobre la lealtad.
“Estamos solas, pero somos más fuertes que ellos”, susurró Artemis. Su voz ya no era burlona, sino protectora.
—Sí —respondí en mi mente—. Toda la vida me preparé para esto. Me preparé para ser una guerrera, para no depender de nadie. James era un ancla que me mantenía atada a un pasado que ya no existe. Ahora soy libre.
Cerré los ojos mientras el avión despegaba, sintiendo la presión contra mi pecho. Una resolución de acero comenzó a fraguarse en mi espíritu.
—Escúchame bien, Diosa de la Luna —susurré contra el cristal de la ventanilla, mirando las nubes que empezaban a cubrir la tierra—. Te agradezco por quitarme la venda de los ojos. Te agradezco por mostrarme que el "amor eterno" es una mentira biológica. Pero ahora te advierto: yo no tendré un compañero destinado. No quiero tu regalo de sangre. No quiero que me impongas a un extraño para sentirme completa.
El dolor de la traición de James era el combustible perfecto. Lo usaría para forjar mi armadura. Lo usaría para que, la próxima vez que alguien me mirara, no viera a una huérfana rechazada, sino a la mujer que pudo sobrevivir a todo, incluso a la maldición del destino.
James tenía su mate. Yo tendría mi gloria. Y muy pronto, el mundo sabría que Lilith Gray no necesitaba a un Alfa a su lado para ser la dueña de su propio destino. Mientras el sol se ocultaba en el horizonte, dejé que la oscuridad me abrazara. Ya no tenía miedo de estar sola. Porque en la soledad, finalmente, me había encontrado a mí misma.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/