Paula, una joven valiente y dedicada, se enfrenta a una situación desesperada: su madre, Susana, padece una enfermedad grave que requiere un tratamiento costoso e inmediato. Con todas las puertas cerradas y el tiempo agotándose, Paula se ve obligada a tomar una decisión impensable. A través de un inusual arreglo, acepta casarse con Sergio, un hombre completamente desconocido para ella, con la promesa de que a cambio, los padres de Sergio cubrirán los gastos médicos de Susana.
Sergio, un empresario exitoso y enigmático, acepta este matrimonio por sus propias razones, presionado por sus estrictos padres que buscan asegurar su linaje y fortuna. Desde el momento en que sus vidas se entrelazan por el matrimonio, Sergio y Paula se ven inmersos en un mundo de apariencias, secretos y resentimientos.
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Capitulo 3
Dos días después de firmar el contrato que la había atado a una vida incierta, Paula recibió una llamada de la asistente personal de los Valdés. La cita era en un restaurante exclusivo, lejos de las miradas indiscretas, para su "primer encuentro" con su futuro esposo. La voz impersonal de la asistente no dejó lugar a dudas: esto era un negocio, no una cita romántica.
Paula llegó al lugar con una mezcla de ansiedad y una extraña curiosidad. El restaurante era un templo al lujo discreto, con una iluminación tenue y mesas espaciadas para garantizar la privacidad. La llevaron a un reservado donde ya esperaba una figura masculina de espaldas, observando la ciudad a través de un ventanal.
Al acercarse, el hombre se giró lentamente. Fue en ese instante cuando Paula vio a Sergio por primera vez.
Era alto, de constitución atlética, con un porte que denotaba seguridad y una elegancia innata. Su cabello oscuro, casi negro, caía ligeramente sobre una frente amplia, y sus rasgos eran definidos, casi esculpidos. Vestía un traje de corte impecable que acentuaba su figura. No cabía duda: era un hombre atractivo, de esos que hacen girar cabezas. Pero lo que más impactó a Paula fueron sus ojos. De un color ámbar profundo, eran una ventana a un alma que parecía distante, quizás cansada, y que ocultaba mucho más de lo que revelaba. Había una frialdad inherente en su mirada, una barrera invisible que lo protegía del mundo.
No había una sonrisa cálida, ni un atisbo de curiosidad en su rostro. Solo una expresión neutra que rayaba en la indiferencia.
"Paula Guzmán, supongo", dijo Sergio, su voz grave y controlada. No era una pregunta, sino una afirmación. No se levantó para saludarla, no le ofreció la mano. Solo hizo un gesto vago hacia la silla frente a él.
Paula sintió un escalofrío recorrer su espalda. La tensión en el aire era casi palpable. Se sentó, cruzando las manos en su regazo, intentando proyectar una calma que no sentía.
"Sergio Valdés", respondió ella, decidiendo emular su formalidad. "Es un placer... conocerle." La palabra "placer" sonó hueca incluso para sus propios oídos.
Sergio se limitó a inclinar ligeramente la cabeza. "Mis padres ya me han informado de los detalles de nuestro... acuerdo." Hizo una pausa, y la palabra "acuerdo" salió de sus labios con un matiz de desprecio apenas perceptible. "También de la situación de su madre. Me han asegurado que el dinero para su tratamiento ya ha sido transferido. No tiene por qué preocuparse por eso."
La mención de su madre, tan directa y sin adornos emocionales, golpeó a Paula. Era un recordatorio de la transacción que estaba ocurriendo. "Se lo agradezco", murmuró, sintiendo un nudo en la garganta.
Sergio la observó fijamente, sus ojos ámbar escrutándola como si intentara leer cada uno de sus pensamientos. "Que quede claro, señorita Guzmán. Este matrimonio es puramente contractual. No espere de mí afecto, romance, ni nada que se le parezca. Cumpliremos con las apariencias, sí. Asistiremos a los eventos que se nos exijan, mantendremos una fachada de unión frente a la sociedad. Pero más allá de eso, nuestras vidas serán independientes. Tenemos un objetivo común: mis padres consiguen lo que quieren, su madre recibe la ayuda que necesita. Ambos salimos 'beneficiados'."
Su tono era gélido, su mirada impenetrable. Paula sintió una punzada de humillación, pero se recordó a sí misma la razón por la que estaba allí.
"Entiendo perfectamente, señor Valdés", respondió Paula, con la voz más firme de lo que esperaba. "Mis expectativas son exactamente las mismas que las suyas. Esto es un negocio. No hay lugar para sentimientos."
Un destello fugaz, quizás de sorpresa, cruzó los ojos de Sergio, pero desapareció tan rápido como apareció. Tomó un sorbo de su agua mineral. "Bien. A partir de ahora, compartiremos un techo. Mis padres esperan que actúe como lo que es: la esposa de un Valdés. Habrá reglas, protocolos. Le aconsejo que los aprenda rápido para evitar inconvenientes."
La conversación continuó por unos minutos más, un intercambio frío de información práctica: la fecha de la boda, el protocolo de la mansión, las expectativas. Sergio respondía a sus preguntas con una precisión casi robótica, sin ofrecer nada más allá de lo estrictamente necesario. Parecía un hombre atado por cadenas invisibles, renuente a este matrimonio tanto como ella, pero resignado a su destino por razones que Paula aún no comprendía.
Al final de la "cena", Sergio se levantó sin decir adiós, dejando a Paula con la sensación de haber interactuado con un muro de hielo. Se quedó sola en el reservado, el plato de comida apenas tocado, el eco de sus palabras resonando en el aire. Había conocido a su esposo. Un hombre atractivo, sí. Pero también distante, indescifrable y, aparentemente, tan infeliz como ella con este arreglo. Este no sería un matrimonio de cuento de hadas; sería una farsa, un acuerdo sin amor, y ambos parecían conscientes de ello.