Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo XV La revelación
Mientras ellos discutían Leonardo llegó justo en el momento en el que Diego le decía a Daniela que él era el primero en su vida.
—Nuestra relación nunca llegó a ese punto, y lo sabes muy bien. Siempre pusiste excusas, siempre estabas más ocupado intentando escalar socialmente y ganarte la aprobación de mi padre que buscando intimidad conmigo. Así que hazte un favor y no te inventes historias de cama para inflar tu patético ego. Para mí no fuiste más que una pérdida de tiempo.
El rostro de Diego pasó del blanco al rojo vivo en un parpadeo. La humillación de saberse expuesto y la certeza de que Daniela jamás le había pertenecido en realidad, sumado al desprecio con el que lo miraba, hicieron que perdiera por completo el control.
—¡Cállate! —rugió Diego, perdiendo los papeles.
Olvidando dónde estaba y con quién estaba casada ahora, la tomó bruscamente del brazo, apretando sus dedos sobre la piel descubierta de Daniela con una violencia desesperada.
—No me vas a dejar en ridículo, Daniela. Me vas a escuchar, quieras o...
Diego no pudo terminar la frase. Una mano fuerte, con la dureza del acero, se cerró alrededor de su muñeca con tanta presión que los huesos de Diego crujieron de inmediato, obligándolo a soltar a Daniela con un grito ahogado de dolor.
Desde la penumbra de la terraza, la imponente figura de Leonardo Sterling emergió como un demonio invocado por la violencia. Sus ojos oscuros estaban completamente inyectados de una furia asesina; esta vez, no había actuación, no había contrato ni farsa. Ver a otro hombre ponerle las manos encima a Daniela había despertado en él un instinto primitivo y posesivo que ni él mismo sabía que poseía.
—Vuelve a tocarla... y te juro por la memoria de mis padres que no vas a vivir para ver el amanecer —siseó Leonardo.
Su voz no fue un grito, fue un susurro terrible, cargado de una promesa de muerte tan real que Diego sintió que las piernas le flaqueaban.
Leonardo torció la muñeca de Diego hacia atrás, obligándolo a arrodillarse sobre el suelo de la terraza debido al dolor insoportable. Con la otra mano, Leonardo lo tomó del cuello del esmoquin, levantándolo ligeramente y asfixiándolo ante la mirada atónita de Daniela.
—L-Leonardo... suéltame... soy tu hermano... —alcanzó a balbucear Diego, con el rostro azulado por la falta de aire y los ojos desorbitados por el terror absoluto.
Daniela se quedó petrificadaficada ante la revelación.
—Tú no eres nada mío —sentenció Leonardo, dándole un empujón despectivo que hizo que Diego rodara por el suelo de la terraza, sosteniéndose la muñeca lastimada y jadeando desesperadamente por aire—. Eres solo un parásito que olvidó su lugar. Si te vuelvo a ver a menos de diez metros de mi esposa, te destruiré de una forma tan lenta que desearás nunca haber nacido. Ahora lárgate de mi vista antes de que pierda la paciencia.
Diego, temblando como una hoja, se levantó del suelo como pudo. Miró a Leonardo con pánico y luego a Daniela, quien permanecía inmóvil, procesando la brutal escena y lo que acababa de escuchar. Sin mirar atrás, el hombre huyó hacia el interior del salón, acomodándose la ropa destrozada y arrastrando su orgullo herido.
El silencio regresó a la terraza, interrumpido solo por la respiración pesada de Leonardo, quien seguía de espaldas a Daniela, intentando domar los demonios de su propia furia.
Daniela miró su propio brazo, donde la marca de los dedos de Diego ya empezaba a enrojecerse. Estaba asustada por la violencia de Leonardo, pero al mismo tiempo, una extraña e inexplicable descarga de adrenalina le recorría el cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó Leonardo, girándose abruptamente.
Su mirada recorrió el cuerpo de ella con una ansiedad posesiva que no pudo ocultar. Se acercó y, con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de hace unos segundos, tomó el brazo de Daniela para examinar la marca. Sus dedos rozaron la piel con un toque ardiente.
—Estoy bien —susurró Daniela, mirándolo fijamente a los ojos—. Gracias... Aunque creo que exageraste un poco. Casi lo matas.
Leonardo alzó la mirada, conectando sus ojos oscuros con los de ella. La distancia entre ambos volvió a desaparecer, y el magnetismo que venían arrastrando desde el búnker estalló de nuevo en el aire de la noche.
—Nadie te toca, Daniela. Nadie —sentenció él, con una posesividad que le erizó la piel—. Eres mi esposa. Y yo protejo lo que es mío, sin importar las consecuencias.
Daniela sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje. En ese momento, bajo las estrellas, su mente volvió a advertirle que Leonardo Sterling era un hombre sumamente peligroso, pero su cuerpo y su alma ya se estaban rindiendo ante el inevitable fuego de su protector.