Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 05
La noche en la mansión Valdivia no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad densa que devoraba las formas y los sonidos. Para Francisco, esa noche era eterna.
Eran las tres de la mañana cuando el silencio se rompió. En el ala principal, el estruendo de una lámpara de mesa al estrellarse contra el suelo actuó como una señal de socorro. Andrea, que dormía con el sueño ligero de quien vive en estado de alerta, se incorporó de golpe. No lo pensó. Corrió descalza por los pasillos de mármol, guiada por los jadeos rítmicos y desesperados que emanaban de la suite de Francisco.
Al cruzar el umbral, Andrea se detuvo en seco. Francisco no estaba en la cama. Se encontraba encogido en un rincón, entre la pared y un pesado sillón de terciopelo. Su respiración era un silbido errático, el sonido de un hombre que se ahoga en tierra firme. Sus manos tanteaban el aire con una violencia ciega, como si intentara apartar telarañas invisibles que lo asfixiaban.
—¡Francisco! —llamó ella suavemente, bajando el tono para no asustarlo más.
Él no respondió. Estaba sumergido en una crisis de pánico absoluta. Para Francisco, el mundo se había vuelto bidimensional: el frío de la pared y el vacío negro frente a él. La seguridad que había fingido en la gala se había desmoronado, dejando al descubierto al niño aterrado que temía perderse para siempre en el túnel de su propia retina.
—No hay nada... no hay nada... —susurraba él, con la voz rota—. Me he ido. Ya no estoy aquí.
Andrea se acercó con cautela, arrodillándose a su lado. La luz de la luna, que se filtraba por las cortinas entreabiertas, bañaba a Francisco en un tono plateado, haciendo que sus lágrimas parecieran mercurio sobre sus mejillas.
—Estás aquí, Francisco. Estoy contigo —dijo ella. Extendió la mano, dudando un segundo antes de apoyar sus dedos sobre el hombro de él.
Al sentir el contacto, Francisco tuvo un espasmo. Pero no se alejó. Se aferró a la muñeca de Andrea con una fuerza que prometía dejar marcas. Sus dedos eran garfios buscando un ancla.
—Mírame —pidió ella, aunque sabía que él no podía verla con claridad—. Escucha mi voz. Concéntrate en el calor de mi mano. No estás en el vacío, estás en tu habitación. Estás a salvo.
Andrea tomó la otra mano de Francisco y la llevó hacia su propio pecho, justo encima de su corazón.
—Siente esto. ¿Lo notas? Está latiendo. Es real. Tú eres real.
Francisco dejó de jadear. El contacto con el latido rítmico y constante de Andrea actuó como un sedante. Sus dedos se relajaron sobre el pecho de ella, sintiendo la suavidad de su camisón de algodón y el calor que emanaba de su piel. El silencio cambió de naturaleza; dejó de ser una amenaza para convertirse en un refugio compartido.
Lentamente, como si tuviera miedo de que ella se desvaneciera si se movía demasiado rápido, Francisco extendió su mano libre hacia arriba. Sus dedos rozaron la barbilla de Andrea, subieron por la línea de su mandíbula y se detuvieron en su mejilla.
Fue un gesto de una vulnerabilidad que Francisco nunca habría permitido a la luz del día. Sus yemas, hipersensibilizadas por la pérdida de visión, comenzaron a "dibujarla". Recorrió el arco de sus labios, que temblaban bajo su tacto. Delinenó el puente de su nariz y la curva de sus pómulos.
—Eres diferente a como te imagino —murmuró él, su voz ahora baja, una vibración profunda que resonaba en el pecho de ambos—. En mi mente, eres todo ángulos y sombras. Pero tu piel es... es como la calma.
Andrea cerró los ojos, entregándose a esa caricia. El deseo, una corriente eléctrica que ambos habían intentado ignorar bajo capas de sarcasmo y pruebas de lealtad, surgió con una fuerza devastadora. Ya no eran el millonario herido y la mujer misteriosa; eran dos cuerpos en la penumbra, buscando desesperadamente una conexión que los rescatara de su propia soledad.
—¿Cómo me imaginas, Francisco? —susurró ella, su aliento rozando los dedos de él.
—Te imagino como un incendio que no puedo apagar —confesó él, acercando su rostro al de ella—. Te imagino como la razón por la que odio estar ciego, y la única razón por la que soporto estarlo.
Francisco deslizó su pulgar sobre el labio inferior de Andrea, presionando apenas lo suficiente para que ella soltara un suspiro involuntario. La tensión sexual en el rincón de la habitación era tan densa que el aire parecía vibrar. Él se inclinó un poco más, buscando el origen de ese calor, de ese olor a vainilla y a humanidad que lo estaba devolviendo a la vida.
Sus frentes se tocaron. Andrea podía sentir el aroma a whisky y a tormenta que siempre rodeaba a Francisco. Estaban a escasos milímetros de un beso que cambiaría las reglas del juego para siempre. Ella podía ver la lucha en el rostro de él: el deseo de rendirse a ella y el miedo cerval a entregar el último rincón de su poder.
Francisco enterró los dedos de una mano en el cabello de Andrea, tirando suavemente hacia atrás para exponer su cuello. Fue un gesto posesivo, cargado de una urgencia que ya no tenía nada que ver con el pánico y todo que ver con la necesidad física.
—Si cruzo esta línea, no habrá vuelta atrás, Andrea —advirtió él, su boca a centímetros de la de ella—. Si te dejo entrar así, te daré las armas para destruirme por completo.
—No quiero destruirte, Francisco —respondió ella, su voz cargada de una honestidad cruda—. Quiero que dejes de luchar contra quien está intentando salvarte.
Él soltó una risa amarga y corta, pero no se alejó. En cambio, hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su esencia con una desesperación que le dolió a ella en el alma. Andrea rodeó la espalda de Francisco con sus brazos, apretándolo contra sí, ofreciéndole su cuerpo como un escudo contra la oscuridad.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas. El suelo de mármol ya no estaba frío. El pánico se había transformado en un hambre latente, una promesa de algo más oscuro y profundo. Francisco se separó un poco, lo suficiente para volver a tocar el rostro de ella, pero esta vez sus dedos se detuvieron en una pequeña cicatriz cerca de la sien de Andrea, un detalle que no había notado antes.
Sus cejas se juntaron. El momento de ternura fue interrumpido por un destello de memoria, un eco de algo que no lograba atrapar del todo.
—Esta marca... —dijo él, su voz volviéndose sospechosamente suave—. Casi puedo recordarla. Como si hubiera estado en mis sueños antes de que llegaras.
Andrea se tensó. El hechizo se rompió. La sospecha, el eterno guardián de Francisco, volvió a ocupar su puesto de vigía. Se separó de ella con una brusquedad que dejó a Andrea sintiéndose repentinamente desnuda y vulnerable.
—Vete a tu habitación —ordenó él, recuperando su tono de mando, aunque su respiración seguía siendo irregular—. Ya pasó. Estoy bien.
—Francisco...
—¡Vete! —insistió, dándole la espalda y volviendo a la seguridad de las sombras—. Mañana volveremos a ser lo que somos. Esto... esto ha sido una debilidad de la noche. Nada más.
Andrea se puso en pie, alisando su camisón con manos temblorosas. Miró la figura de Francisco, de nuevo erguida, de nuevo blindada. Sabía que él estaba aterrado por lo que acababa de sentir, por la forma en que ella había penetrado sus defensas sin disparar una sola bala.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—La debilidad no es lo que sentimos esta noche, Francisco —dijo con firmeza—. La debilidad es tu miedo a admitir que ya no puedes estar solo en esa oscuridad.
Cerró la puerta tras de sí. En la soledad de la suite, Francisco se llevó la mano a los labios, donde todavía sentía el calor del aliento de Andrea. Se odiaba por desearla, se odiaba por necesitarla, y sobre todo, se odiaba porque, por primera vez en meses, no tenía miedo a la ceguera, sino a la luz que ella traía consigo; una luz que amenazaba con mostrarle que el verdadero monstruo no era su discapacidad, sino el hombre en el que se había convertido para protegerse del mundo.
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