Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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El regalo de cumpleaños
De vuelta en el apartamento, Ethan no perdió un solo segundo. Tomó el cuaderno de anotaciones que Amandine había profanado, encendió un fósforo y observó cómo las páginas se consumían en la chimenea hasta convertirse en cenizas grises. Había sido un error de novato, una debilidad de artesano que aún dependía de soportes físicos para sus diseños y estrategias. Un descuido que no volvería a cometer jamás. A partir de ese instante, el laberinto de su venganza residiría únicamente en los pasadizos de su mente congelada.
Para atrapar a un depredador tan selectivo y astuto como Anelly Rosseau, la fuerza bruta o el acoso directo eran inútiles; el blindaje de Elean Leroux la hacía inalcanzable. Ethan comprendió que debía invertir la polaridad del juego: no sería él quien la persiguiera en los callejones oscuros de París. Expandiría su negocio de joyería fina, inyectando el capital que le quedaba en los salones de la más alta aristocracia europea, creando piezas tan exclusivas, magnéticas y perturbadoras que el rumor de su genio llegaría inevitablemente a los oídos de la rubia. Haría que el brillo de su oro fuera tan cegador que Anelly, impulsada por su ambición insaciable, terminara buscándolo a él.
Tras semanas de tejer alianzas comerciales discretas y estudiar los movimientos de la corte de los Leroux, Ethan obtuvo el dato que esperaba a través de un informante de la alta sociedad. Anelly se había marchado de París. Había viajado a una exclusiva villa costera en el norte de Francia para celebrar su cumpleaños número veinticinco, lejos del bullicio de la capital y rodeada del séquito de jóvenes ricos de Elean.
Ethan dejó escapar una sonrisa de pura ironía.
—Feliz cumpleaños, Anelly —susurró, ajustando las mancuernas de plata de su camisa—. Te daré el mejor regalo de tu vida.
El viaje en automóvil hacia el norte fue rápido y silencioso. Cuando Ethan llegó a la localidad costera, el aire del canal, frío y cargado de salitre, golpeó su rostro de mármol. El paisaje era imponente: acantilados de piedra gris que se hundían en un mar embravecido y oscuro. Sin embargo, al acercarse a la fastuosa propiedad donde se celebraba el festejo, la atmósfera de opulencia aristocrática se respiraba enrarecida.
No había música sonando en los jardines, ni sirvientes ofreciendo copas en las terrazas de mármol. El ambiente estaba saturado de una tensión eléctrica, un pánico sordo que flotaba sobre la arena.
Ethan aparcó su vehículo a una distancia prudencial y descendió sin prisa. Bastaron un par de comentarios escuchados entre los lugareños que murmuraban junto a las puertas de la villa para que el transilvano armara el rompecabezas de la noche anterior. La fiesta de cumpleaños de la protegida de los Leroux se había salido por completo de control. El alcohol, el exceso y el desenfreno de un grupo de jóvenes que se creían dueños del mundo habían terminado en tragedia.
Una mujer se encontraba en ese mismo instante entre la vida y la muerte en uno de los hospitales. Los rumores eran caóticos: algunos hablaban de una sobredosis de opio, otros de una caída idéntica a los "accidentes" que Anelly solía planear, y los más audaces mencionaban que la víctima era una jovencita de 20 años.
Ethan recibió la noticia con una quietud absoluta. No sintió lástima, ni curiosidad morbida, ni urgencia por actuar. La desgracia ajena era simplemente una variable más en su ecuación de poder. Caminó hacia el borde del acantilado, apoyando ambas manos en el pomo de plata de su bastón, y contempló el oleaje violento que rompía contra las rocas inferiores.
Decidió esperar. Si el paraíso de Anelly empezaba a desmoronarse por sus propios excesos, él no tenía necesidad de intervenir todavía; el tiempo jugaba a su favor. Se dispuso a disfrutar de la belleza gélida del paisaje costero, sabiendo que, cuando el humo de la tragedia se disipara, la necesidad de Anelly por encontrar un nuevo refugio o un nuevo cómplice la arrojaría directo a sus manos. El juego de Transilvania estaba a punto de repetirse, pero esta vez, el artesano era el dueño de las reglas.