NovelToon NovelToon
La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:245
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14

Cuando Nada Sale Bien

Carla llegó una hora después de recibir mi mensaje.

Ni pidió detalles por texto, solo mandó voy para allá y colgó. Llegó con los ojos todavía hinchados de haber llorado en el camino, eso lo percibí cuando entró por la puerta y me abrazó sin decir nada durante un tiempo que no supe medir porque estaba llorando con ella y cuando lloramos juntas el tiempo desaparece.

Nos quedamos así en el pasillo del apartamento por un buen rato. Ella apretándome la espalda con las dos manos y yo con el rostro en su hombro dejando salir todo lo que había aguantado desde el baño, desde el hospital, desde ese número imposible en el papel doblado de mi bolsa.

Luego nos sentamos en la cocina.

Puse el papel sobre la mesa.

Ella lo leyó. Se quedó callada. Lo leyó de nuevo.

—Setecientos cincuenta mil dólares —dijo bajito, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real de lo que ya era.

—Eso.

Silencio.

—Está bien —puso las manos abiertas sobre la mesa con esa determinación suya de cuando decide que va a resolver algo—. Vamos a pensar.

Y pensamos.

Primero intentamos el banco.

Fui personalmente el lunes de mañana con lo que tenía de documentación, talonario del nuevo empleo, comprobante de domicilio, todo lo que pude juntar en la correría. El gerente era un hombre de unos cincuenta años con lentes y esa expresión de quien ya ha dicho que no tantas veces que ya ni necesita prepararse para eso.

Escuchó mi caso.

Miró la pantalla.

—Señorita Giménez, lo máximo que podemos aprobar con su historial crediticio actual sería alrededor de ocho mil dólares.

Ocho mil.

Yo necesitaba setecientos cincuenta mil.

Agradecí y salí.

Le llamé a Carla desde la acera.

—Ocho mil —fue todo lo que dije.

Ella se quedó callada un segundo.

—Está bien. Siguiente.

Carla conocía a una mujer que conocía a un hombre que prestaba dinero sin burocracia de banco. Ese tipo de cadena de referencias que todo el mundo tiene pero que todo el mundo menciona en voz baja porque todo el mundo sabe lo que significa en la práctica.

Fuimos juntas.

El hombre se llamaba Darío, tenía una oficina en el fondo de una tienda de electrónicos usados en Queens, silla de cuero gastado, ventilador de mesa, una taza de café que no le ofreció a nadie.

Explicó los términos con esa calma de quien cobra un interés absurdo desde hace tanto tiempo que ya ni siente la crueldad de eso.

Veintidós por ciento al mes.

Al mes.

Y el máximo que prestaba por primera vez sin garantía era cincuenta mil dólares.

Yo necesitaba setecientos cincuenta mil.

Y aunque tomara los cincuenta mil al veintidós por ciento mensual estaría debiendo cien mil en menos de seis meses con todo mi salario dedicado a pagar sin comer, sin nada.

Salimos sin tomar nada.

En la acera de Queens Carla caminó dos cuadras sin hablar y luego se detuvo y dijo:

—Te iba a devorar viva, Antonieta. Hiciste bien.

—Lo sé.

—Vamos a encontrar otra manera.

—Carla, ya intentamos tres cosas.

—Vamos a encontrar otra manera —repitió mirándome con esa terquedad suya que a veces me irritaba y que en ese momento era lo único que me impedía sentarme en la acera de Queens y no levantarme más.

Intentamos más cosas.

Cooperativa de crédito, negativa. Financiamiento médico especializado que encontré en un sitio web a las dos de la madrugada, negativa por historial insuficiente. Un fondo de ayuda para tratamiento oncológico que Carla encontró investigando, lista de espera de seis meses.

Seis meses.

El médico había dicho semanas.

Nos quedamos despiertas hasta las tres de la madrugada en mi sala con la laptop abierta entre nosotras buscando cualquier cosa, cualquier posibilidad, cualquier resquicio que nuestra desesperación todavía no había visto.

Carla se quedó dormida en el sofá.

Yo me quedé mirando el techo.

La abuela Cida estaba en un cuarto de hospital público con medicación de soporte y un equipo que estaba haciendo lo que podía con lo que tenía, que no era suficiente y todo el mundo sabía que no era suficiente y nadie podía hacer nada al respecto.

Setecientos cincuenta mil dólares.

Ese era el precio de la vida de la mujer que me crió.

Era un número que no existía en mi mundo.

Y no sabía qué hacer con eso.

Tres días pasaron así.

Casi no me di cuenta. Los días se convirtieron en un borrón de hospital por la mañana, búsqueda por la tarde, llanto en la madrugada, Carla yendo y viniendo porque ella tenía trabajo y vida pero aparecía siempre que podía y a veces aparecía sin que yo se lo pidiera porque me conocía lo suficientemente bien para saber cuándo necesitaba compañía sin saber cómo pedirla.

Al tercer día el celular sonó con un número que reconocí.

La mansión.

Me helé.

Lo dejé sonar una vez, dos, contesté a la tercera con esa culpa mezclada con vergüenza de quien desaparece sin avisar y sabe que desapareció sin avisar.

—Antonieta —la voz de Glória, esa elegancia de siempre pero con una capa por debajo que en ese momento no supe clasificar.

—Glória —mi voz salió ronca de tanto llanto acumulado—. Glória, lo siento mucho, sé que falté y no avisé bien y—

—Antonieta —interrumpió con esa calma que detenía cualquier cosa—. Respira.

Respiré.

—¿Qué pasó, hija?

Esas tres palabras.

Hija.

No era lo que esperaba de Glória, que era profesional y contenida y que mantenía esa distancia elegante de quien sabe separar el afecto de la función. Pero salió así y tocó un lugar en el que yo no estaba preparada y tuve que cerrar los ojos un segundo antes de poder hablar.

Conté.

No todo, pero lo suficiente. La abuela, el hospital, el diagnóstico, la cirugía que necesitaba hacerse en un hospital al que yo no podía pagar. La voz fue saliendo tropezada y ella se quedó en silencio escuchando sin apresurarse.

Cuando terminé se quedó callada un momento.

—¿Puedes venir a trabajar mañana? —preguntó al fin.

No era frialdad. Entendí en el momento que no era frialdad, era ella ofreciéndome el único suelo firme que estaba al alcance: la rutina, el trabajo, algo concreto a lo que aferrarme mientras el resto todavía no tenía solución.

—Puedo —respondí.

—Entonces ven —hizo una pausa—. Y Antonieta. Siento mucho lo de tu abuela.

Colgué.

Me quedé sentada al borde de la cama con el celular en el regazo.

Carla apareció en la puerta del cuarto con esa taza de té que se ponía a hacer cuando no sabía qué más hacer, ese gesto suyo de cuidado que no necesitaba palabras.

Me dio la taza.

Se sentó a mi lado.

—Vas a volver —dijo. No era pregunta.

—Voy —confirmé.

—Bien —apoyó la cabeza en mi hombro—. Porque mientras tengas trabajo tienes salario y mientras tengas salario tienes posibilidad y mientras tengas posibilidad no hemos dejado de intentar.

Tomé el té en silencio.

Afuera Manhattan seguía con esa vida que no se detiene, esa ciudad que no sabe lo que es quietud, que sigue adelante con una indiferencia que en otros momentos me resultaba agotadora y que esa noche era casi reconfortante.

El mundo continuaba.

Yo también iba a continuar.

Todavía no sabía cómo.

Pero iba.

Continúa...

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play