🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 14
El champán le quemó la garganta como un recordatorio de lo que estaba en juego. Kassandra apretó los dedos alrededor del sobre, sintiendo el papel grueso bajo sus uñas pintadas de un rojo que ya no le pertenecía. La cena seguía su curso, risas cristalinamente falsas y brindis huecos resonando en el salón, pero ella solo escuchaba el latido de su propia sangre. Mañana, pensó. No podía esperar más. El plan de Jennifer era sólido, pero necesitaba algo más que palabras y promesas. Necesitaba garantías. Algo que, si todo se venía abajo, la protegiera como un escudo de acero.
El sol del día siguiente se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando franjas doradas sobre el mármol frío del piso. Kassandra se despertó con el cuerpo rígido, como si hubiera pasado la noche en vela, aunque en realidad había caído en un sueño inquieto, soñando con puertas cerradas y manos que la arrastraban hacia atrás. Fabián ya no estaba a su lado. El lado de la cama donde él dormía estaba impecable, como si nunca hubiera sido ocupado, salvo por el leve olor a colonia cara. Se incorporó lentamente, los músculos tensos, y escuchó. La casa estaba en silencio, excepto por el murmullo lejano de los empleados en la cocina. Perfecto. Él siempre salía los martes por la tarde, bajo el pretexto de reuniones de último momento. Mentiras que ya no se molestaba en disimular.
Con movimientos calculados, se levantó y se dirigió al armario. Sus dedos rozaron los vestidos alineados como soldados, cada uno elegido por Fabián, cada uno un recordatorio de la jaula en la que vivía. Pero detrás de ellos, en el fondo, donde la madera estaba ligeramente desgastada por sus uñas en noches de desesperación, había un doble fondo. Lo presionó con el pulgar, sintiendo el leve clic del mecanismo oculto. Allí, envuelta en un paño de seda negra, estaba la cámara, pequeña, discreta, con un objetivo lo suficientemente potente como para capturar detalles desde la distancia. La había comprado meses atrás, en un arrebato de rebeldía silenciosa, usando el dinero que Jennifer le había hecho llegar a través de una cuenta fantasmas. La sostuvo en la palma de su mano, sintiendo su peso. No era mucho, pero era algo. Era su arma.
En la tarde, subió las escaleras del segundo piso con pasos sigilosos, cada peldaño crujiendo levemente bajo sus pies descalzos. La ventana lateral del pasillo, aquella que daba al jardín trasero y a la entrada privada que Fabián usaba para sus encuentros clandestinos, estaba entreabierta. El aire olía a tierra mojada y a jazmín, el perfume de las enredaderas que trepaban por el muro de piedra. Se acercó, pegando el cuerpo a la pared como si temiera que las sombras la delataran, y ajustó el enfoque de la cámara. Desde allí, tenía una vista perfecta: el portón de hierro forjado, el camino de adoquines iluminado por faroles de estilo antiguo, el espacio donde los coches se detenían justo el tiempo suficiente para que sus ocupantes intercambiaran más que palabras.
No tuvo que esperar mucho. El rugido del motor del Porsche negro de Fabián rompió el silencio del atardecer, un sonido que antes le había parecido sinónimo de poder y que ahora solo le producía náuseas. Lo vio detenerse con esa arrogancia que lo caracterizaba, el coche quedándose justo en el límite entre la propiedad y la calle, como si ni siquiera se molestara en esconderse del todo. La puerta del conductor se abrió, y él emergió con traje impecable, corbata ajustada, el cabello peinado hacia atrás. Pero no estaba solo.
Una mujer salió del lado del pasajero, riendo, con un vestido rojo que se pegaba a sus caderas. Kassandra reconoció el gesto con el que Fabián le tendió la mano, el modo en que los dedos de ella se enredaron en los suyos antes de que él la atrapara por la cintura y la acercara a su cuerpo. El objetivo de la cámara tembló por un segundo, pero Kassandra respiró hondo y estabilizó la imagen. No ahora. No podías fallar ahora.
El obturador sonó como un disparo en sus oídos, aunque en realidad era casi imperceptible. Click. Fabián inclinando la cabeza hacia la mujer, sus labios rozando su oreja. Click. La mano de ella deslizándose hacia abajo, hacia el bulto evidente en sus pantalones, mientras él no hacía nada por detenerla. Click. Sus cuerpos pegados, moviéndose al ritmo de una música que solo ellos escuchaban, como si el mundo entero no existiera más allá de ese momento robado. Kassandra sintió el sabor metálico de la bilis en su garganta, pero siguió disparando. Cada imagen era un clavo más en el ataúd de su matrimonio. Cada gesto, una prueba.
Cuando finalmente se separaron y la mujer volvió a subir al coche, Fabián se quedó allí, ajustándose la corbata con una sonrisa satisfecha, como si acabara de cerrar el trato más lucrativo de su vida. Kassandra no esperó a que se diera la vuelta. Retrocedió dos pasos, tropezando con el dobladillo de su vestido, y se escondió tras la cortina antes de que él levantara la vista hacia la casa. El corazón le golpeaba las costillas como si quisiera salir, pero sus manos, sorprendentemente, ya no temblaban. Habían hecho su trabajo.
La cámara ardía contra su pecho mientras bajaba las escaleras de dos en dos, sin importarle el ruido. Entró en su habitación y cerró la puerta con llave, jadeando como si acabara de correr un maratón. Las imágenes estaban allí, en la pantalla pequeña del dispositivo: incriminatorias, crudas, incontestables.
Se sentó en el borde de la cama, las piernas débiles, y las revisó una por una. Cada foto era un puñal, pero también un escudo. Si esto salía a la luz, la fachada impecable de Fabián Álvarez de Toledo, el hombre intachable, el esposo devoto, el filántropo, se desmoronaría como un castillo de naipes. Y ella, por primera vez en años, tendría el control.
Conectó la cámara a su computadora portátil, aquella que Jennifer le había conseguido, limpia de cualquier rastro de Fabián.y transfirió los archivos. Luego, usando el teléfono desechable que su amiga le había entregado la noche anterior, uno imposible de rastrear, los subió a una nube encriptada y envió el enlace a la dirección que Jennifer le había dado. "Pruebas", escribió en el asunto. "Ahora tiene algo real". El mensaje se envió con un whoosh silencioso, y por un segundo, Kassandra cerró los ojos, dejando que el alivio la inundara como una marea.
En la noche, cuando la puerta de la habitación se abrió, ella ya estaba en la cama, recostada de lado, respirando con la lentitud calculada de alguien que duerme profundamente. Sintió el colchón hundirse bajo su peso, el calor de su cuerpo acercándose por detrás, y el olor, Dior Sauvage mezclado con algo dulce, floral, femenino, le llenó las fosnas nasales. Quiso vomitar.
Fabián se acomodó sin decir una palabra, su respiración pesada por el alcohol o el sexo o ambas cosas. No la tocó. Ni siquiera lo intentó. Kassandra mantuvo los ojos cerrados, las pestañas inmóviles, mientras él se quitaba el reloj y lo dejaba caer sobre la mesita de noche. Un día menos, pensó, conteniendo el aliento. Un día menos para ti. Un día más para mí.
Y cuando por fin escuchó su respiración convertirse en ronquidos profundos, permitió que una sonrisa curva, amarga y triunfal, se dibujara en sus labios. Porque esa noche, por primera vez en años, no era la víctima, era la cazadora.