Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 14
La neblina todavía cubría la carretera asfaltada del pueblo al pie de la sierra cuando un automóvil de lujo negro azabache cortó el silencio.
La presencia de ese auto resultaba completamente fuera de lugar entre los microbuses rurales y las motos viejas que dominaban el camino. Adentro, Sebastián Montero iba con cara de fastidio, ajustándose de vez en cuando el saco que le sofocaba.
Había venido a la fuerza. Uno de los grandes inversionistas de su empresa poseía terrenos agrícolas en la zona y lo invitó a inspeccionar un sitio para construir un resort de salud. Para Sebastián, este viaje era una ofensa a su tiempo.
—Este lugar es un atraso total —masculló Sebastián mirando la hilera de locales viejos a lo largo de la calle—. ¿Por qué alguien querría construir algo en este agujero?
El chofer redujo la velocidad al pasar por la zona del mercado principal, que hervía de actividad. El gentío, el olor a condimentos y los gritos de los vendedores empezaron a filtrarse incluso a través del cristal insonorizado.
Justo en la esquina del mercado, el auto de Sebastián se detuvo porque un camión de verduras estaba descargando. Sebastián exhaló un suspiro largo y desvió la mirada hacia la banqueta atestada de gente.
De pronto, sus ojos se clavaron en un pequeño local con un letrero de madera que decía: "Postres Tradicionales Santiago". Frente al local, una mujer atendía una fila de compradores.
La mujer llevaba una bata de algodón sencilla, azul claro, y un delantal blanco con algunas manchas de harina. El pelo recogido en una cola de caballo limpia que dejaba ver el cuello esbelto.
Estaba riéndose suavemente mientras le entregaba una caja de pasteles a un cliente anciano.
El corazón de Sebastián se descontroló de golpe. ¿Valentina?
Durante unos segundos, Sebastián se quedó inmóvil. La postura, la forma de sonreír, la mirada transparente: todo era idéntico a Valentina.
Pero la mujer que tenía delante lucía tan... viva. La piel fresca sin una gota de maquillaje, los movimientos ágiles y seguros, completamente distinta de la Valentina apagada y dependiente que recordaba de la capital.
—No, imposible —Sebastián sacudió la cabeza, tratando de borrar la idea.
Volvió a observarla. La mujer se inclinó para acomodar unas cajas de pasteles, dejando ver su perfil con claridad.
Sebastián agarró la manija de la puerta. La mano estaba lista para abrirla, pero su ego, alto como un rascacielos, le susurró veneno al oído.
Sebastián, piensa. Valentina es una mujer de clase alta. Acostumbrada al aire acondicionado, al perfume caro y a las empleadas domésticas. ¿Cómo va a estar metida entre vapores de cocina en un mercado mugroso? ¿Cómo va a estar atendiendo a conductores de bicitaxis y campesinos con esa sonrisa?
Sebastián se recargó de vuelta en el asiento. Una sonrisa cínica le cruzó la cara.
—Valentina preferiría morirse antes que vivir en un lugar así. Seguramente anda escondida en algún lado, esperando que vaya a rescatarla con lujos. Esa mujer debe ser una pueblerina que casualmente se le parece.
Desvió la mirada cuando el auto empezó a avanzar de nuevo. Sebastián no sabía que dentro de ese local, el bebé Santiago acababa de soltar un quejido, y la mujer a la que llamó "pueblerina" corrió adentro a cargarlo con todo el amor del mundo.
Sebastián acababa de dejar pasar la única oportunidad de ver el tesoro más valioso que alguna vez tuvo.
Dentro del local, Valentina mecía a Santiago dándole palmaditas en la espalda. Había sentido una vibración extraña cuando un auto negro grande pasó frente a su puerta hacía un momento: una opresión fugaz en el pecho que enseguida descartó.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Tienes sed? —susurró Valentina con dulzura.
Valentina volvió al frente del local cuando Santiago se calmó. Hoy tenía que entregar el pedido de la alcaldía. Se sentía plenamente feliz. La vida en el pueblo le daba una paz que el dinero de Sebastián jamás pudo comprar.
De pronto, un hombre entró al local. No era Sebastián, sino el doctor Adrián. Venía relajado, con una camisa de franela y un maletín pequeño.
—Buenas tardes, Valentina. Andaba en una visita al centro de salud del pueblo vecino y me di una vuelta para revisar a Santi —dijo Adrián con su sonrisa cálida de siempre.
Valentina le devolvió una sonrisa luminosa. La presencia de Adrián siempre le traía tranquilidad.
—¡Doctor Adrián! Gracias por pasar. Santi está sanísimo, doctor. Ya se mueve un montón.
Adrián se acercó y le tomó la temperatura al bebé con delicadeza.
—Está creciendo muy bien. Eso es porque su mamá también es increíble. Pero Valentina, no se olvide de descansar. Veo que los pedidos le aumentan cada vez más, no se me vaya a agotar.
Valentina asintió. Había algo en la forma en que Adrián la miraba, una chispa de atención genuina, que la hacía sentirse valorada como persona, no como una propiedad, como fue siempre con Sebastián.
Al otro lado del pueblo, en la sala de juntas de un hotel, Sebastián no podía concentrarse. Las palabras del inversionista le sonaban como zumbido de abejas. Su mente regresaba una y otra vez al pequeño local.
¿Y si de verdad era ella?
—¿Señor Montero? ¿Qué opina del plan de ampliación del terreno? —preguntó el inversionista, sacándolo de sus cavilaciones.
—Ah, sí. Bien. Estoy de acuerdo —respondió Sebastián al vuelo, provocando que sus colegas se miraran entre sí, porque Sebastián acababa de aprobar un punto que perjudicaba a su propia empresa.
Al terminar la reunión, Sebastián decidió volver a pasar por la calle del mercado antes de ir al aeropuerto. Quería asegurarse una última vez. Quería demostrar que esa mujer no era Valentina, para regresar tranquilo a la capital.
Pero el destino tenía otros planes. Cuando el auto de Sebastián pasó frente a "Postres Tradicionales Santiago"* por segunda vez, ya había caído la tarde. El local estaba cerrado con la cortina echada. Una pizarra junto a la puerta decía: AGOTADO. ¡Gracias!*
Sebastián contempló el local a oscuras. Una decepción irracional le asaltó el pecho.
—Chofer, vámonos —ordenó Sebastián con sequedad.
Durante todo el camino al aeropuerto, Sebastián no dejó de repetirse que tenía razón. Valentina jamás podría sobrevivir en un lugar así. Valentina debía estar sufriendo en algún otro rincón, y eso era lo que debía pasar.
Sebastián volvió a la capital, de vuelta a los brazos egoístas de Clarissa, de vuelta a las deudas de la empresa que se amontonaban, de vuelta a la oscuridad de su propio corazón.
Mientras tanto, detrás de la puerta cerrada del local, Valentina encendía una lamparita, le besaba la frente a Santiago y agradecía haber sobrevivido a la tormenta de su pasado sin necesidad de voltear atrás.
Dos personas respiraron en el mismo pueblo durante unas horas, pero el destino se aseguró de que siguieran siendo extraños. Porque para Valentina, Sebastián no era más que un fantasma del pasado.
Y para Sebastián, Valentina empezaba a convertirse en el enigma que lo atormentaría cada noche.