Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
NovelToon tiene autorización de Naimastran para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
16
El silencio que se instaló después de esas palabras no fue uno vacío ni cómodo, sino uno espeso, casi palpable, como si cada partícula del aire estuviera cargada de algo que ninguno de los dos terminaba de decir pero que ambos entendían con una claridad inquietante, y Valentina permaneció inmóvil, sosteniendo la mirada de Dante con una firmeza que no nacía de la seguridad sino de la necesidad, de esa urgencia interna de no retroceder, de no romper el momento aunque supiera que estaba avanzando hacia un terreno del que no sabía cómo salir, porque algo dentro de ella ya había cambiado, algo que no podía atribuir solo al peligro o a la intensidad de lo vivido, sino a una atracción más profunda, más contradictoria, más difícil de justificar, y cuanto más lo intentaba racionalizar, más evidente se volvía que no se trataba de lógica, que no se trataba de decisiones pensadas, sino de una conexión que crecía en silencio, que se fortalecía en cada mirada, en cada roce que aún no ocurría, en cada palabra que no terminaba de ser dicha pero que estaba ahí, flotando entre ellos, cargando el espacio de una electricidad constante que no disminuía, que no se disipaba, que solo cambiaba de forma, volviéndose más intensa cuanto más intentaban ignorarla.
Dante no se movió de inmediato, pero su presencia se volvió aún más marcada, más dominante, no en un sentido físico agresivo, sino en esa forma suya de ocupar el espacio sin necesidad de imponerse de manera evidente, como si todo en él estuviera diseñado para generar una reacción, para provocar una respuesta incluso en el silencio, y cuando finalmente dio un paso más hacia ella, acortando la distancia hasta dejar apenas unos centímetros entre ambos, Valentina sintió cómo su respiración se alteraba sin poder evitarlo, cómo su cuerpo reaccionaba antes que su mente, reconociendo algo que aún no estaba dispuesta a nombrar en voz alta, y sin embargo no se apartó, no retrocedió, no buscó una excusa para romper esa cercanía, lo cual en sí mismo ya era una respuesta, una elección silenciosa que hablaba más que cualquier palabra que pudiera decir en ese momento, porque quedarse ahí, sostener esa proximidad, implicaba aceptar algo que hasta hacía poco habría rechazado sin dudar.
—Todavía podés irte —murmuró Dante, pero su voz no tenía la intención de empujarla a hacerlo, sino todo lo contrario, era una afirmación cargada de una certeza implícita, como si supiera de antemano cuál sería su respuesta.
Valentina dejó escapar una leve exhalación, sintiendo cómo esa frase ya no tenía el mismo efecto que antes, cómo la idea de irse ya no era una solución clara, sino una posibilidad que empezaba a perder fuerza frente a todo lo que la retenía en ese lugar.
—Y vos todavía podés soltar —respondió, aunque incluso al decirlo supo que no era real, que no era algo que él fuera a hacer.
Dante inclinó apenas la cabeza, observándola con una intensidad que ya no se disimulaba, que no intentaba suavizarse ni esconderse detrás de una actitud más neutra.
—No quiero.
La respuesta fue inmediata, directa, sin matices, y eso fue lo que terminó de romper cualquier ilusión de equilibrio, porque ya no había juego, ya no había ambigüedad, había una intención clara, una decisión tomada que no estaba sujeta a negociación.
El silencio volvió a caer, pero esta vez no fue incómodo, fue denso, cargado de una tensión distinta, más cercana, más íntima, como si todo el espacio entre ellos se hubiera reducido a ese instante, a esa proximidad, a esa línea invisible que ninguno cruzaba todavía pero que ambos sentían cada vez más cercana, y fue en ese punto donde Valentina se dio cuenta de que ya no estaba reaccionando solo a él, sino también a sí misma, a la forma en que su propio cuerpo respondía, a la manera en que su mente dejaba de resistirse con la misma fuerza, a cómo sus límites empezaban a desdibujarse no por imposición externa, sino por una aceptación interna que crecía sin pedir permiso.
Dante levantó la mano lentamente, repitiendo un gesto que ya había hecho antes, pero esta vez no hubo pausa, no hubo ese espacio previo en el que le daba la oportunidad de apartarse, porque ahora sabía que no lo haría, y cuando sus dedos rozaron su rostro, el contacto fue más firme, más consciente, como si ese simple gesto llevara consigo todo lo que no se había dicho hasta ese momento, todo lo que había quedado contenido, todo lo que había crecido en silencio, y Valentina cerró los ojos apenas un segundo, no para escapar, sino para sentir, para procesar, para aceptar lo que estaba ocurriendo sin la interferencia de sus pensamientos que ya no lograban imponerse con la misma claridad.
—Esto tampoco te hace irte —murmuró él, acercándose apenas más, lo suficiente para que su voz se sintiera más cerca que antes, más personal, más imposible de ignorar.
Valentina abrió los ojos, encontrándose con su mirada a una distancia mínima, y por un instante todo lo demás dejó de importar, el peligro, Santiago, las decisiones, las consecuencias, todo quedó relegado frente a ese momento que no tenía lógica, que no tenía explicación, pero que era completamente real.
—No —admitió, y esa fue quizás la primera vez que no intentó negarlo, que no buscó una excusa, que no trató de imponer una distancia que ya no sentía de la misma forma.
El aire se volvió más pesado, más caliente, más cargado, y Dante acortó el último espacio que quedaba entre ellos, no con brusquedad, no como un impulso descontrolado, sino con una decisión firme, consciente, como si cada milímetro de ese acercamiento estuviera medido, y cuando finalmente la besó, no fue un gesto suave ni exploratorio, fue algo más profundo, más intenso, cargado de todo lo que había quedado contenido hasta ese momento, una mezcla de deseo, posesión y una necesidad que no se había expresado en palabras pero que estaba ahí, latente, creciendo desde el inicio.
Valentina no se apartó.
No dudó.
No resistió.
Y eso fue lo que terminó de cambiar todo.
Porque no fue un error.
No fue un impulso momentáneo.
Fue una respuesta.
Una elección.
Una aceptación que no necesitó ser explicada.
El tiempo pareció detenerse en ese instante, no porque el mundo dejara de existir, sino porque todo lo demás perdió relevancia, porque lo único que importaba era ese punto de conexión que se había vuelto inevitable, que había crecido hasta volverse imposible de ignorar, y cuando finalmente se separaron, no lo hicieron completamente, no volvieron a una distancia segura, se quedaron cerca, demasiado cerca, respirando el mismo aire, compartiendo una realidad que ya no podía deshacerse.
Valentina apoyó la frente apenas contra la de él, cerrando los ojos un segundo más, como si necesitara ese pequeño momento para procesar lo que acababa de pasar, para entender hasta dónde había llegado, para reconocer que ya no había vuelta atrás.
—Esto lo cambia todo —murmuró.
Dante no se alejó.
No la soltó.
—Ya había cambiado.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue definitivo.
Porque en ese instante, ambos sabían que habían cruzado un límite que no se podía deshacer, que lo que había entre ellos ya no era solo tensión, ni curiosidad, ni resistencia, era algo mucho más profundo, más peligroso, más difícil de controlar.
Y lo peor era, que ninguno de los dos, quería detenerlo.