Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 6: Entre el orgullo y el abismo
El ascensor privado de la Torre D'Angelo subía con una suavidad casi irreal, devorando los sesenta pisos en cuestión de segundos. El silencio en la cabina de acero y espejos era tan denso que Susena podía escuchar los latidos acelerados de su propio corazón. A su lado, Maximiliano D'Angelo emanaba una fragancia a éxito y poder que por un momento la hizo sentir diminuta.
"¿Mendigando atención? ¿Quién se cree este tipo?", pensó Susena, apretando los dientes mientras mantenía la mirada fija en el panel digital del ascensor. "Cree que porque tiene el nombre en lo alto de un edificio de Manhattan puede pisotear a cualquiera. No soy una mendiga. Tengo cara de hambre, Dios sabe que no he comido bien en días, pero mi orgullo sigue intacto... ¿o es que se me nota la desesperación en los ojos?". Se miró de reojo en el espejo del ascensor, odiando la vulnerabilidad que se escondía tras su maquillaje perfecto. Se obligó a enderezar la espalda. No permitiría que él viera las grietas en su armadura de acero.
Las puertas se abrieron hacia una oficina que parecía sacada de una revista de arquitectura: ventanales de piso a techo con una vista abrumadora del Central Park, muebles de cuero negro y un escritorio de caoba maciza que parecía una fortaleza. Maximiliano entró sin decir palabra y se sentó tras el escritorio, señalando una silla frente a él con un gesto imperioso. Susena se sentó, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo para que él no notara el leve temblor de sus dedos.
—Deme sus papeles —ordenó Maximiliano con una voz seca, extendiendo la mano.
Susena le entregó su carpeta de cuero, la misma que había llevado por todo Manhattan durante dos días de humillaciones. Maximiliano apenas la abrió; se la entregó directamente a un hombre rubio y de expresión gélida que estaba de pie junto a la puerta: su jefe de seguridad e inteligencia.
—Chequéala, Arthur. Quiero saber todo. En cinco minutos —dijo Maximiliano, volviendo su atención a una pantalla que mostraba gráficos de bolsa.
Susena sintió que la sangre se le escapaba del rostro. Sabía lo que significaba "todo" en el mundo de Maximiliano D'Angelo. Significaba que en cuestión de segundos, su fachada de publicista exitosa se derrumbaría.
El silencio en la oficina se volvió insoportable. Maximiliano ni siquiera la miraba; para él, ella era solo una curiosidad, un enigma que resolver antes de seguir con su agenda de billonario. Susena sentía que el aire le faltaba. Se acarició instintivamente el vientre, pensando en Mateo, Valeria y Lucía esperando en aquel cuarto húmedo de Queens, y en la tía Martha que seguramente estaba rezando en ese mismo instante.
Arthur regresó antes de los cinco minutos. Se acercó a Maximiliano y le entregó una tablet, susurrándole algo al oído. El rostro del magnate no cambió, pero sus ojos oscuros se entrecerraron mientras leía la pantalla.
—Susena Vallejo de Sotomayor —dijo Maximiliano, y el sonido de su nombre completo en los labios de ese hombre la hizo estremecer—. Publicista destacada, ganadora de tres premios de excelencia en los últimos diez años... pero actualmente en la calle. Desalojada de su casa en Upper East Side hace cuarenta y ocho horas por deudas masivas dejadas por su difunto esposo, Julián Sotomayor. Esposo que, por cierto, murió en un accidente revelando una red de estafas y una doble vida que la ha dejado a usted con cuentas congeladas y sin un centavo.
Susena sintió que la vergüenza la quemaba por dentro. Verse expuesta de esa manera, reducida a una serie de datos de miseria y traición frente a un extraño, era la peor de las pesadillas. Bajó la mirada por un segundo, sintiendo que sus ojos se humedecían, pero se obligó a levantarlos. No iba a llorar frente a él.
—Y por si fuera poco —continuó Maximiliano, su voz bajando un tono—, está embarazada de cuatro meses y tiene a tres niños de doce años y a una anciana a su cargo en un hotel de ínfima categoría.
—¡Basta! —la voz de Susena salió más fuerte de lo que esperaba, cargada de una dignidad herida que hizo que Maximiliano se detuviera—. Sí, esa es mi realidad actual. Perdí todo menos mi talento y mis ganas de salvar a mis hijos. No vine aquí a mendigar, como usted dice. Vine a buscar una oportunidad para trabajar. Usted necesita a alguien que sepa manejar su imagen, y yo soy la mejor en lo que hago. Solo le pido un puesto, cualquier puesto en su departamento de publicidad. No quiero su lástima, quiero un sueldo.
Maximiliano dejó la tablet sobre el escritorio y cruzó las manos debajo de su barbilla marcada. La analizó con una intensidad que le hizo sentir calor en las mejillas. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a levantarle la voz en su propio despacho, y mucho menos una mujer que literalmente no tenía dónde dormir esa noche.
—Es usted valiente, señora Sotomayor. O muy desesperada —dijo él, su mirada recorriendo el rostro impecable de Susena—. En este edificio no contratamos a personas por caridad. Pero tampoco dejo que el talento se desperdicie si puedo usarlo a mi favor.
Maximiliano se puso de pie y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda.
—Tengo un problema de imagen con el lanzamiento de mi nueva línea de hoteles boutique. Mi equipo actual es incompetente y convencional. Usted tiene veinticuatro horas para presentarme una campaña que me deje sin aliento. Si me convence, tendrá el trabajo. Si no... volverá a su hotel en Queens y no volverá a cruzar mis puertas.
Susena se levantó, sintiendo que una descarga de adrenalina le devolvía la vida.
—Lo haré —dijo con firmeza—. Pero necesito un adelanto. Mis hijos no han tenido una comida decente en dos días.
Maximiliano se giró lentamente. La miró a los ojos, y por primera vez, Susena creyó ver una sombra de respeto en aquel hombre de hierro. Sacó una tarjeta negra de su billetera y la deslizó sobre el escritorio.
—Tómelo como un préstamo contra su futuro salario. Coma, descanse y trabaje. Nos vemos mañana a las ocho, señora Sotomayor. No me haga arrepentirme de mi impulsividad.
Susena tomó la tarjeta. Sus dedos rozaron los de él por un instante, y sintió una chispa eléctrica que la asustó. Salió de la oficina con la cabeza en alto, sabiendo que acababa de firmar un pacto con el diablo o con su salvador. Manhattan ya no parecía tan gris. Ahora, tenía una misión.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.