Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.
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capitulo 1
...El Olor en la Oscuridad...
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El aire de Monte luna olía a lluvia vieja, a papel húmedo y a café frío olvidado en la cafetera de la biblioteca. Eran las 11:47 p.m. Elena cerró la puerta de roble con el mismo cuidado de siempre, giró dos veces la llave, y se guardó el manojo en el bolsillo derecho de su chaqueta. Rutina. Tres años haciendo lo mismo. Tres años entrando a las 8 a.m. y saliendo cuando el último estudiante se iba, o cuando el silencio pesaba demasiado.
“No es soledad. Es tranquilidad”, se repitió mientras bajaba los tres escalones de la entrada.
Se lo repetía tanto que casi se lo creía.
El pueblo dormía. Monte luna no era una ciudad de vida nocturna. Aquí a las 10 p.m. ya cerraban las panaderías, y después de medianoche solo quedaban los perros callejeros y los borrachos del bar de Don Félix. Elena prefería a los perros. Al menos ellos no te miraban con lástima cuando te veían volver sola.
El callejón trasero era su atajo. Cinco minutos menos de caminata, y cinco minutos menos de estar con sus propios pensamientos. Normalmente no le importaba. Pero hoy la lámpara de sodio estaba muerta. Hacía una semana que parpadeaba como si tuviera hipo, y anoche finalmente se rindió. El municipio dijo que “esta semana” la arreglaban. Esa frase en Monte luna significaba “quizá en tres meses”.
Elena sacó el teléfono. 12% de batería. Linterna encendida. La luz temblorosa apenas alcanzaba a iluminar dos metros delante de ella. Suficiente para no pisar un charco, no suficiente para sentirse segura.
Fue el olor lo que la detuvo a mitad del callejón.
No era basura. No era humedad. Era algo que su cerebro tardó un segundo en procesar porque no pertenecía ahí. Pino mojado, tierra removida después de la lluvia, y debajo de todo eso, algo metálico. Sangre. Vieja, pero no tanto.
Su primer impulso fue dar media vuelta. Su segundo impulso fue quedarse quieta, porque huir en tacones por un callejón oscuro era pedirte que te cayeras y te rompieras algo.
“Elena, no seas dramática”, murmuró. “Es solo un perro muerto. O un gato. La gente deja cosas en los contenedores todo el tiempo”.
Pero los perros y los gatos no hacían que el aire se sintiera denso. No hacían que el vello de tu nuca se levantara como si alguien te estuviera mirando desde tres centímetros detrás de ti.
La sombra se movió.
No salió corriendo. No se escondió. Se movió como si supiera que ya la había visto, y que no tenía caso seguir fingiendo. Alta. Mucho más alta que ella. Hombros anchos que ocupaban casi todo el espacio entre los contenedores. Y cuando dio un paso hacia la luz débil de la linterna, Elena entendió por qué el olor tenía sentido.
Era un hombre. Tenía que serlo. Piel pálida, cabello castaño oscuro cortado corto, mandíbula marcada como si la hubieran esculpido con prisa y enojo. Llevaba una camisa negra rasgada en el hombro izquierdo, y ahí, justo en el borde de la tela, había una línea oscura que goteaba lento.
Sangre. Real. Caliente.
Pero no fue la sangre lo que la dejó sin aire.
Fueron los ojos.
Dorados. No como los ojos marrones claros que a veces parecen dorados bajo el sol. Dorados de verdad. Como metal fundido vertido en cuencas humanas. Y miraban a Elena como si llevaran años buscándola en un mapa sin nombre.
“Elena Morales”, dijo él. Su voz era grave, profunda, con un acento que no pudo colocar. No era de Monte luna. No era de Chihuahua. No era de ningún lugar que ella hubiera escuchado en las noticias o en los turistas que pasaban por el pueblo en verano. “Te encontré”.
Elena parpadeó. Su cerebro intentaba hacer dos cosas a la vez: correr, y entender por qué ese hombre sabía su nombre completo.
“Me… ¿me conoces?” La pregunta salió más débil de lo que quería. Mentiría si dijera que no se le secó la boca.
Él dio un paso adelante. Ella dio uno atrás, y la espalda chocó contra la pared fría de ladrillo. No había a dónde ir. A la izquierda, contenedores. A la derecha, más pared. Adelante, él.
“Kael”, dijo él, como si eso explicara algo. Como si decir su nombre fuera suficiente para que todo tuviera sentido. “Kael Vardren. Príncipe Alfa de la manada de Luna Plateada. Y tú eres mía”.
La palabra colgó en el aire entre ellos. Absurda. Imposible. Peligrosa.
_Mía_.
Como si fuera un objeto. Como si fuera una promesa que alguien más hizo por ella.
Elena encontró su voz en algún lugar entre el miedo y el enojo. Siempre había sido mejor peleando con palabras que con los puños.
“Mira, Kael Vardren o como te llames”, empezó, metiendo la mano en el bolsillo donde guardaba el teléfono. “No sé de qué manada hablas, y no me importa. Yo no soy de nadie. Y si no te vas ahora mismo, voy a llamar a la policía y les voy a decir que hay un tipo sangrando y amenazando en el callejón de la biblioteca”.
Kael no se rió. No se burló. Solo inclinó la cabeza un milímetro, como si estuviera evaluando si ella hablaba en serio.
“No puedes llamarlos”, dijo tranquilo. “No te creerían. Y aunque lo hicieran, no llegarían a tiempo”.
“¿A tiempo para qué?”
Para lo que pasó después.
El segundo olor llegó como una ola.
Más fuerte. Más antiguo. Como ceniza fría después de un incendio que quemó un bosque entero. Como tormenta en las montañas. Y con él, una presión en el aire que le hizo doler los oídos, como si la atmósfera misma se estuviera contrayendo.
Elena se llevó una mano al pecho sin querer. Su corazón latía demasiado rápido, demasiado fuerte. No era miedo normal. Era algo más primitivo. Algo que su cuerpo reconocía antes que su mente.
Del otro lado del callejón, donde la oscuridad era más densa, salió otro hombre.
Más alto que Kael. Más quieto. Donde Kael era fuego controlado, este hombre era invierno. Su cabello era negro con mechones grises en las sienes, su piel tenía cicatrices que no seguían patrones humanos. Una cruzaba su mejilla izquierda, otra desaparecía bajo el cuello de su camisa rasgada. Y sus ojos… sus ojos eran plateados. Sin pupila. Como dos lunas muertas mirando a través de ella.
Kael se tensó. Un sonido bajo, inhumano, salió de su garganta. No era un gruñido de perro. Era algo más profundo, que venía del pecho, de un lugar anterior al lenguaje.
“Roran”, escupió. El nombre salió como una maldición. “Pensé que tu manada estaba muerta. Pensé que los habíamos terminado hace veinte años”.
El hombre de ojos plateados no le quitó la vista de encima a Elena ni un segundo. Cuando habló, su voz no fue alta. No necesitaba serlo. El aire mismo pareció inclinarse para escucharlo.
“No estamos muertos”, dijo. “Solo esperábamos. Y ella es la razón”.
Elena miró de uno a otro. Dos hombres. Dos depredadores. Y ambos la miraban como si ella fuera el final de una guerra que no sabía que existía. Como si su nombre fuera una contraseña que acababa de activar algo que llevaba décadas dormido.
“Yo… yo no entiendo nada de lo que están diciendo”, dijo, y por primera vez en su vida, su voz sonó pequeña. Rota. “No conozco a ninguno de los dos. No soy de ninguna manada. Soy bibliotecaria. Me gusta el té de manzanilla y odio las películas de terror. Esto es un error”.
Kael dio un paso. Roran dio otro.
Y en el espacio entre ellos, Elena sintió algo despertar en su pecho. Algo caliente, antiguo, que no tenía nombre. Algo que hacía que el aire le supiera a hogar, aunque nunca había estado en ese lugar.
Algo que reconocía a ambos.
“Elena”, dijo Kael, y su voz bajó un tono, más suave, más peligroso. “Puedes sentirlo, ¿verdad? El vínculo. Te está llamando”.
“No siento nada”, mintió. Porque sí lo sentía. Un tirón bajo las costillas, hacia los dos. Confuso. Imposible. Aterrador.
Roran habló por encima de ella, mirando a Kael como si ella no estuviera ahí. Como si ya fuera suya.
“Ella es de la línea de Ceniza. Lo huele en su sangre. Por eso sobrevivimos. Por eso esperamos”.
“Ceniza se extinguió”, respondió Kael, y por primera vez su máscara de calma se resquebrajó. “Yo mismo vi las cenizas”.
“Obviamente no viste todo”.
Elena cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el mundo no había cambiado. Seguía atrapada entre dos hombres que hablaban de guerra, de manadas, de sangre y de destinos. Y seguía sintiendo ese tirón estúpido en el pecho.
“Bien”, dijo en voz alta, más para sí misma que para ellos. “Bien. Supongamos que no estoy loca. Supongamos que todo esto es real. ¿Qué quieren de mí?”
Kael y Roran se miraron por primera vez. No con odio. Con algo peor. Con reconocimiento. Con competencia.
“Tu elección”, dijo Kael.
“Tu lealtad”, dijo Roran al mismo tiempo.
Elena se rió. Fue un sonido feo, quebrado.
“No elijo”, dijo. “No juego a ser el premio de una pelea de perros”.
Y entonces el callejón tembló.
No fue un terremoto. Fue algo más localizado, más personal. Como si el suelo debajo de ellos supiera lo que estaba a punto de pasar y no quisiera ser parte.
Los ojos de Kael se oscurecieron. Los de Roran brillaron más.
“Se acabó el tiempo de hablar”, dijo Roran.
Y Elena entendió que la noche apenas empezaba.