Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Ethan.
El invierno en Transilvania no solo congelaba los ríos; parecía congelar el tiempo mismo dentro de la joyería Dragomir. Ethan, a sus dieciocho años, se movía entre los mostradores de madera oscura con la gracia silenciosa de quien ha aprendido a convivir con los fantasmas. Hacía apenas un año que el cólera se había llevado a sus padres, transformando el hogar cálido de su infancia en un mausoleo de vitrinas polvorientas y herramientas de precisión.
Aquel taller era ahora su único refugio y su condena.
Ethan poseía un don que iba más allá de la técnica. No se limitaba a moldear el oro o a pulir los diamantes; él escuchaba las piedras. En su mente, cada gema tenía un pulso, una historia que contar. Sin embargo, jamás alardeaba de ello. Su cultura, alimentada por los densos volúmenes de historia, poesía y filosofía que su padre había coleccionado, permanecía oculta tras una timidez cortés. Para los habitantes del pueblo, Ethan era simplemente el muchacho huérfano que heredó el oficio antes de tiempo.
El dolor de la pérdida no se cura, pensaba Ethan mientras limpiaba un broche de filigrana de plata; solo se vuelve más pesado, como un metal que se asienta en el fondo del pecho, enfriando cada latido.
Fue a finales de noviembre, cuando la tarde se desvanecía en un azul violáceo y gélido, cuando la campana de la puerta anunció una visita.
Ethan levantó la vista del candil. Al principio, solo vio una silueta envuelta en una capa de lana oscura, pero cuando la mujer se retiró la capucha, el aire pareció abandonar la habitación.
Era Dafne.
Su belleza no era común; tenía una cualidad magnética, casi irreal para ese rincón olvidado del mundo. Sus ojos reflejaban la luz de las velas con una intensidad que desconcertó a Ethan, y sus labios esbozaban una sonrisa que parecía guardar un secreto milenario.
—Buenas tardes —dijo ella, y su voz resonó en el pecho de Ethan como la nota más pura de un violonchelo—. Busco algo especial. Algo que repare lo que está roto.
Ethan sintió un vuelco en el corazón. No era una simple clienta buscando un adorno; sus palabras rozaron la fibra más sensible de su propia orfandad. Al mirarla a los ojos, experimentó una oleada de emoción que no había sentido en un año: una chispa de vida, un destello de calor en medio de su invierno personal.
—El oro puede unirse de nuevo —respondió Ethan, con la voz un tanto trémula pero cargada de una honestidad sobrecogedora—, pero las cicatrices siempre se notan bajo la luz. A veces, eso es lo que las hace hermosas.
Dafne lo miró con fijeza, como si evaluara el valor del alma del joven joyero. En ese instante, una conexión invisible pero voraz se forjó entre los dos. Ethan, sediento de afecto y deslumbrado por la calidez aparente de la mujer, se entregó al abismo de esa mirada, convencido, desde lo más profundo de su inocencia, de que el destino finalmente había tenido piedad de él.
Había encontrado a la mujer correcta. O al menos, eso necesitaba creer para sobrevivir.