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Bennosuke El Eco Del Vacío

Bennosuke El Eco Del Vacío

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Aventura
Popularitas:96
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Torres

Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.

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El Pincel y la Sangre

El templo de Shorei-an no era un lugar de paz para Bennosuke, sino una cárcel de silencio. Situado en las faldas de una montaña donde las nubes parecían enredarse en los pinos centenarios, el templo exhalaba un aroma perpetuo a incienso viejo, madera húmeda y tinta de carbón. Las paredes de papel shoji, amarillentas por el tiempo, eran una frontera débil contra el mundo; dejaban pasar el frío cortante de Harima en invierno, que entumecía los dedos hasta volverlos rígidos, y el zumbido ensordecedor de las cigarras en verano, que parecía vibrar dentro de los mismos huesos del niño.

Dorin, su tío, era la antítesis de Shinmen Munisai. Mientras que su padre era una tormenta de acero y desprecio, Dorin era un hombre de cráneo reluciente y gestos lentos, con una voz que recordaba al fluir de un río sobre piedras lisas. No usaba el látigo ni el grito. Su herramienta era la paciencia, una virtud que Bennosuke encontraba más dolorosa que un golpe.

—Si tu mano tiembla, el trazo miente —decía Dorin una mañana, mientras el sol se filtraba en el dojo de caligrafía, revelando las motas de polvo que danzaban en el aire—. Y si el trazo miente, Bennosuke, tú mientes ante el universo. Un hombre que no puede dominar su pincel, jamás dominará su destino.

Bennosuke, con apenas nueve años, apretaba el mango de bambú con una intensidad que hacía que sus nudillos se tornaran blancos. Pero su mano temblaba. No era el miedo a fallar lo que movía sus dedos, sino la agonía de su propia carne. La piel de sus antebrazos y manos seguía siendo un mapa de costras rojas y escamosas. Cuando sujetaba el pincel por mucho tiempo, el esfuerzo de la pinza abría las heridas secas. El líquido carmesí se deslizaba por su muñeca, mezclándose con la tinta negra de la piedra suzuri.

A menudo, los sutras sagrados que intentaba copiar terminaban manchados de una mezcla oscura de caligrafía errática y sangre seca. Los otros acólitos, niños de familias nobles o huérfanos acogidos por el templo, se apartaban de él como si fuera un leproso.

—Está maldito —susurraban en los pasillos de madera que crujían bajo sus pies descalzos—. ¿No lo han oído? Su madre murió para que él pudiera respirar. Es un gaki, un fantasma hambriento que se alimenta de su propia piel.

Bennosuke no les otorgaba el privilegio de una respuesta. Su respuesta era el silencio y la obsesión. Mientras los otros niños soñaban con juegos o con el regreso a sus hogares, él mojaba el pincel con una furia contenida y escribía el mismo carácter una y otra vez, llenando pliegos y pliegos de papel de arroz: Ken. Espada.

Lo escribía con tal fuerza que la punta del pincel se abría y el papel terminaba rasgándose. Ken. La línea vertical era un tajo; la horizontal, una guardia. Una tarde, Dorin entró en la sala y encontró al niño rodeado de papel roto, con las manos manchadas de negro y rojo. El monje no se escandalizó. Se arrodilló a su lado, ignorando el olor a sangre y enfermedad, y le tomó la muñeca con dos dedos, con una suavidad que Bennosuke no sabía procesar.

—Bennosuke, ¿por qué tu alma solo conoce esta palabra? —preguntó Dorin, señalando el mar de caracteres de "espada" que cubría el suelo.

—Porque padre dice que es lo único que sirve —contestó el niño, con los ojos fijos en la tinta húmeda, secos de lágrimas pero ardiendo de resentimiento—. Dice que los libros no paran un golpe. Que el conocimiento es una carga si no puedes defenderlo.

Dorin soltó la muñeca del niño y miró hacia el jardín zen, donde las rastrilladas en la arena formaban círculos perfectos alrededor de las rocas.

—Tu padre para golpes con hierro porque su mundo es de hierro —dijo el monje con un suspiro pesado—. Yo los paro con silencio y vacío. Ambos pueden salvarte, Bennosuke, pero si no tienes cuidado, ambos pueden matarte. La espada corta la carne, pero el pincel... el pincel redefine la realidad.

...El Regreso del Lobo...

El tiempo en el templo se dilató entre oraciones que Bennosuke no sentía y entrenamientos con palos de madera que él mismo tallaba en secreto. A los doce años, su cuerpo había crecido de forma desproporcionada; era fibroso, con hombros anchos y una mirada que parecía haber visto mil inviernos. La enfermedad de la piel no se había ido, pero él había aprendido a ignorarla, convirtiendo el dolor en un ruido de fondo, como el viento en los pinos.

Entonces, un día de otoño, cuando las hojas de los arces se teñían del color de la sangre vieja, Shinmen Munisai apareció en la puerta del templo. No envió un mensajero. No pidió permiso. Entró en el recinto sagrado sin quitarse las sandalias, dejando marcas de barro en la madera pulida que los monjes limpiaban cada mañana.

Los monjes más jóvenes se inclinaron, aterrados por el aura de violencia que desprendía aquel hombre. Munisai no les devolvió el gesto. Su mirada buscó directamente a Bennosuke, que estaba sentado en posición de seiza frente a su tío.

—Me lo llevo —dijo Munisai. Su voz era un hachazo en el aire sagrado del templo.

Dorin no se opuso. Sabía que no se puede retener a un lobo en un redil de ovejas por mucho tiempo. Se levantó con parsimonia y, antes de que Bennosuke cruzara el umbral para seguir a su padre, le puso una mano en el hombro. Fue el último contacto humano cálido que el niño recibiría en años.

—Recuerda el pincel, Bennosuke —susurró el monje al oído del joven—. Pesa menos que la espada, pero deja marcas que ni el tiempo ni la muerte pueden borrar. No te conviertas solo en un arma.

Bennosuke no asintió ni habló. Cargó su bokken de madera, desgastado por el uso, y siguió la espalda rígida de su padre por el camino de tierra que bajaba de la montaña. Durante los siguientes veinte años, su mano no volvería a tocar un pincel, solo la madera áspera y el acero frío.

...El Bautismo de Arima Kihei...

Un año después, el destino decidió que la infancia de Bennosuke debía terminar de forma definitiva. Ocurrió en un claro cerca de la aldea de Hirafuku.

Arima Kihei, un samurái de la prestigiosa escuela Kashima Shinto-ryu, había colocado un desafío público en el pueblo. Era un hombre en la plenitud de su fuerza, un guerrero que vestía sedas finas y portaba dos katanas de una factura impecable. Para Kihei, aquel desafío era un trámite, una forma de ganar prestigio en las provincias. Para Bennosuke, era una necesidad biológica.

Cuando el muchacho de trece años entró en el claro, el contraste era casi cómico. Bennosuke medía apenas un metro cincuenta, vestía ropas andrajosas que dejaban ver las costras de su cuello y sus brazos, y su única arma era un palo de roble que él mismo había pulido.

Arima Kihei soltó una carcajada que espantó a los pájaros de los alrededores.

—¿Este es el linaje de los Shinmen? —preguntó a la pequeña multitud de campesinos y guerreros que se habían reunido—. ¿Me mandan a un perro sarnoso para que juegue conmigo? Niño, vete a casa a que tu madre te limpie las llagas.

Bennosuke no contestó. El insulto sobre su madre pasó por él sin dejar rastro, porque dentro de él no había ego, solo un vacío que pedía ser llenado con acción. Se rascó el cuello con lentitud. Una costra se abrió bajo su uña y una línea fina de sangre comenzó a bajarle por la clavícula, perdiéndose bajo su túnica sucia.

Kihei, molesto por el silencio del chico, desenvainó su katana. El acero brilló con una luz cruel.

—Muere, entonces.

El combate duró menos que el tiempo que tarda una gota de rocío en caer de una hoja. Kihei atacó con una estocada directa al pecho, confiado en su alcance y velocidad. Bennosuke no bloqueó; el bloqueo era para los que temían el acero. En lugar de retroceder, se lanzó hacia adelante, tirándose al suelo con una agilidad animal. Rodó entre las piernas del samurái, un movimiento que rompió toda la etiqueta marcial de la época.

Cuando Kihei intentó girar, ya era tarde. Bennosuke se levantó como un resorte y, con toda la fuerza de su cuerpo impulsada por años de resentimiento, clavó el extremo de su palo en la rodilla de Kihei. El sonido del hueso rompiéndose fue nítido, como una rama seca quebrándose bajo una bota.

Kihei cayó al suelo soltando un grito agudo, impropio de un samurái. Pero Bennosuke no se detuvo. No había nobleza en su estilo, solo la eficiencia del depredador. Se montó sobre el pecho del hombre caído, inmovilizándole los brazos con sus propias rodillas, y empezó a golpear la cara del samurái con el bokken.

El primer golpe le rompió la nariz. El segundo le vació un ojo. Al décimo, la cara de Arima Kihei ya no era humana; era una masa de carne, dientes rotos y astillas de hueso. Los campesinos que observaban, acostumbrados a la dureza de la vida rural, retrocedieron y algunos vomitaron ante la brutalidad sistemática del niño. Bennosuke no se detenía. Golpeaba con un ritmo mecánico, con la misma cadencia con la que escribía el carácter Ken en el templo.

Shinmen Munisai observaba la escena desde la sombra de un árbol, con los brazos cruzados. No intervino para detener la carnicería ni para alentar a su hijo. Solo cuando los espasmos del cuerpo de Kihei cesaron por completo, Munisai se acercó.

Bennosuke se puso de pie, jadeando. El sudor y la sangre de Kihei bañaban su rostro, mezclándose con el líquido de sus propias heridas abiertas. Sus manos temblaban, pero esta vez no era por la piel, sino por la adrenalina que se enfriaba.

—Ya era hora de que fueras útil —dijo Munisai, dándole la espalda al cadáver y echando a andar sin una mirada de orgullo.

Esa noche, en una choza abandonada, Bennosuke no pudo dormir. Se quedó sentado en la oscuridad, mirándose las palmas de las manos. Estaban ásperas, manchadas de una suciedad que el agua no parecía quitar. Esperaba sentir el peso de lo que había hecho. Esperaba que el fantasma de Kihei viniera a reclamar su vida, o que el orgullo de haber vencido a un maestro le inflara el pecho.

Pero no hubo nada. Solo un silencio absoluto, un eco del vacío que Dorin mencionaba. Y por primera vez en trece años, el picor de su piel se detuvo. El silencio, por fin, era su aliado.

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Bibi Ortega
mucho éxito con tu obra
Luis Torres: ¡Muchas gracias!
total 1 replies
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