En una ciudad gris donde la lluvia parece no terminar nunca, dos chicos completamente distintos terminan cruzando caminos en un instituto marcado por el silencio, los rumores y la soledad.
Kai es un joven reservado y rebelde que suele escapar al techo del colegio para tocar su guitarra lejos del ruido del mundo. Detrás de su actitud fría guarda heridas, secretos y una tristeza que casi nadie nota.
Noah, en cambio, parece más tranquilo y observador. Es nuevo, callado y diferente al resto. Desde el primer momento siente que hay algo extraño en Kai… algo roto, pero también auténtico.
Mientras ambos comienzan a acercarse lentamente bajo cielos grises y luces nocturnas de la ciudad, empiezan a ocurrir situaciones inquietantes: sombras observándolos, rincones oscuros del instituto y presencias que parecen seguirlos cuando cae la noche.
Entre música, lluvia, conflictos escolares y emociones que ninguno sabe expresar, Kai y Noah descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando es
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Las cosas que no puedo esconder
Después de eso, Noah empezó a evitar quedarse demasiado cerca de Kai.
Otra vez.
No porque quisiera alejarlo.
Sino porque cada vez era más difícil fingir que no estaba sintiendo nada.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
El problema era que Kai parecía notarlo todo.
Las miradas rápidas.
Los silencios incómodos.
La forma en que Noah se tensaba cada vez que quedaban demasiado cerca.
Pero, extrañamente, no lo presionó.
No volvió a hablar del beso.
No volvió a preguntar nada.
Y eso casi hacía peor todo.
Aquella tarde el cielo estaba cubierto de nubes violetas y el aire frío anunciaba otra tormenta acercándose a Montevideo.
Noah estaba sentado en las escaleras traseras del liceo escuchando música cuando Kai apareció con dos cafés calientes entre las manos.
—Compré uno extra accidentalmente —dijo sentándose a su lado.
Noah levantó una ceja.
—Mentira.
—Tal vez.
Aun así le pasó el vaso.
Noah lo aceptó después de unos segundos.
Kai sonrió apenas al verlo.
El silencio cayó entre ellos.
Pero no era incómodo.
Ya nunca lo era.
Desde el patio llegaban voces lejanas y el ruido de algunos estudiantes jugando antes de irse a casa.
El viento movía lentamente las hojas mojadas alrededor de las escaleras.
Kai observó el cielo unos segundos antes de hablar.
—Creo que va a llover otra vez.
—Qué observador.
—Gracias.
Noah soltó una pequeña risa por lo bajo.
Muy pequeña.
Pero Kai la escuchó igual.
Porque inmediatamente giró a mirarlo sorprendido.
—¿Acabas de reírte?
Noah frunció el ceño.
—No.
—Sí lo hiciste.
—Estás imaginando cosas.
Kai empezó a sonreír de una manera tan brillante que Noah sintió calor subirle al rostro.
—Wow… creo que es la primera vez que escucho una risa real tuya.
—Cállate.
Kai seguía sonriendo.
Y por alguna razón, verlo feliz hacía que el pecho de Noah se sintiera más ligero.
Eso daba miedo.
Porque ya no podía fingir que Kai era solo alguien más.
No después de todo esto.
El viento sopló más fuerte.
Las primeras gotas comenzaron a caer
lentamente sobre las escaleras metálicas.
Kai levantó la mirada hacia el cielo.
—Llegamos tarde.
Noah también se puso de pie.
Pero justo cuando iba a bajar las escaleras, Kai habló otra vez.
—Noah.
Algo en su voz hizo que se detuviera.
Giró lentamente.
Kai lo estaba mirando de esa forma otra vez.
Demasiado atento.
Demasiado cerca de descubrir todo lo que Noah intentaba esconder.
—¿Qué? —murmuró.
Kai dudó unos segundos.
Como si estuviera pensando demasiado las palabras.
Después habló más bajo.
—Creo que me gustas de verdad.
El mundo se quedó completamente en silencio.
La lluvia.
Las voces lejanas.
El ruido de la ciudad.
Todo desapareció.
Noah dejó de respirar un segundo.
Kai sostuvo su mirada sin apartarse.
Y por primera vez desde que se conocieron…
Parecía nervioso.
Eso hizo que el corazón de Noah doliera todavía más fuerte.
Porque Kai realmente estaba siendo sincero.
No estaba jugando.
No estaba bromeando.
La lluvia comenzó a caer más fuerte alrededor de ellos.
Noah sintió el pecho ardiendo mientras miles de pensamientos chocaban dentro de su cabeza al mismo tiempo.
Miedo.
Nervios.
Confusión.
Y algo más.
Algo cálido.
Algo desesperadamente feliz.
Kai bajó apenas la mirada.
—No tienes que decir nada ahora.
Pero Noah seguía sin poder hablar.
Porque nadie le había confesado algo así antes.
Y porque una parte de él llevaba demasiado tiempo queriendo escuchar exactamente esas palabras.
La lluvia terminó empapándolos completamente.
Pero ninguno se movió.
Ninguno apartó la mirada.
Y mientras las luces de Montevideo comenzaban a encenderse bajo la tormenta, Noah entendió algo que lo hizo temblar.
Ya era demasiado tarde para escapar de Kai.