Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
NovelToon tiene autorización de JHOHANNA PEREZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Encárgate de ella...
Dos días antes…
El despacho principal del ala subterránea del complejo Aristeguí no aparecía en ningún plano oficial.
Era el verdadero corazón del imperio del Rey Rojo.
Las paredes revestidas en madera oscura, los mapas digitales proyectados sobre pantallas tácticas, las rutas comerciales marcadas en rojo y negro, y el silencio denso que dominaba la sala confirmaban lo evidente: allí se tomaban decisiones que cambiaban destinos.
Iván Aristeguí estaba de pie frente a la mesa de guerra.
Alto, imponente, con su metro noventa de estatura dominando el espacio sin esfuerzo. Su cabello negro, ligeramente ondulado, contrastaba con la dureza de su mandíbula marcada y la intensidad de unos ojos oscuros capaces de congelar la voluntad del hombre más valiente. Su complexión atlética —forjada entre disciplina militar y combate real— lo convertía en un peligro en cuerpo humano.
Era el Rey Rojo.
Y estaba furioso.
—¡Es el tercer cargamento que perdemos!—gruñó con la voz cargada de rabia acumulada e impotencia—. La ruta, el destino y los receptores solo los conocíamos cinco.
Golpeó la mesa con el puño cerrado.
—Investiga a cada uno de los miembros del consejo, en especial a los cinco que estuvimos en la reunión de ejecución de envío y entrega.
Frente a él, Darío Aristeguí inclinó ligeramente la cabeza con gesto serio.
Rubio oscuro, de ojos verdes fríos y expresión calculadora, era apenas unos centímetros más bajo que Iván. Su cuerpo fuerte y disciplinado hablaba de años de entrenamiento conjunto con su primo. Su atractivo era más silencioso, más peligroso… Más venenoso.
Era su primo, su mano derecha, el hombre en quien más confiaba.
—¿Incluida Ángela? —preguntó Darío con falsa cautela.
Iván lo miró con dureza. —Por supuesto, primo… incluida ella. Aunque yo sé perfectamente que ella no tiene nada que ver, con esto, mi perversa jamás me traicionaría.
Darío ocultó la sonrisa que amenazaba con aparecer—Perfecto era exactamente lo que quería escuchar. Pensó para si..
—Buscaré al traidor… y juntos lo haremos pagar. Saboreó el triunfo anticipado mientras salía del despacho con una expresión que apenas logró disimular.
La trampa estaba cerrándose.
Y Ángela caminaba directo hacia ella.
Todo comenzó con el cargamento destinado a Groenlandia, armas de alto calibre diseñadas para operaciones de guerra, tecnología de interferencia satelital, dispositivos electrónicos tácticos de rastreo militar.
Un envío imposible de perder, imposible.. Hasta que apareció en Turquía.
En manos equivocadas, en manos enemigas y lo peor no fue eso, lo peor fue lo que apareció después, transferencias bancarias, cuentas fantasmas abiertas en paraísos fiscales del Caribe.
Fondos triangulados a través de bancos suizos y luxemburgueses imposibles de rastrear sin autorización interna, todas vinculadas a un mismo nombre:
Ángela Martinelli Villalba. Como si no fuera suficiente, aparecieron fotografías, imágenes captadas en Estambul meses atrás.
Ángela entrando a un restaurante privado, Ángela saliendo acompañada de un empresario turco vinculado al tráfico internacional de armamento, Ángela conversando con él en lo que parecía una negociación confidencial.
Nada comprometedor por sí solo, pero devastador en conjunto. Los testimonios terminaron de sellar el golpe.
Dos intermediarios aseguraban haber escuchado su nombre durante la negociación del desvío del cargamento; todo encajaba, todo señalaba hacia ella.
Entonces llegó el segundo golpe, el definitivo. Un desfalco millonario, cifras exorbitantes en las empresas legales del conglomerado Aristeguí.
Cuentas alteradas, firmas digitales clonadas, transferencias autorizadas desde el perfil corporativo de la vicepresidencia financiera, perfil que solo podía usar una persona.
Ángela, la italiana, la esposa del Rey Rojo, era tan bella como peligrosa.
Cabello castaño oscuro cayendo en ondas elegantes hasta la mitad de su espalda. Ojos miel intensos capaces de suavizar incluso la expresión más fría. Piel clara con ese tono dorado propio del Mediterráneo. Estatura media, figura esbelta, curvas elegantes y una presencia natural que imponía respeto incluso en salas llenas de hombres armados.
Pero su verdadera arma no era su belleza, era su mente, brillante, precisa, letal.
La estratega financiera del imperio Aristeguí, la única mujer capaz de sentarse en la mesa del consejo sin pedir permiso, la única mujer capaz de discutirle al Rey Rojo sin temblar, la única mujer que él amaba.
Marina Saldaña observaba los informes desde su oficina con una sonrisa elegante.
Era española, alta, delgada, de piel oliva y cabello negro liso siempre perfectamente alineado sobre sus hombros. Sus ojos oscuros tenían una belleza fría y medida. Caminaba como una reina… pero pensaba como una serpiente y actuaba como una zorra astuta.
Cada documento falso estaba colocado en su sitio, cada transferencia, cada fotografía, cada testimonio, perfectos, irrefutables.
—Cayó por fin después de cuatro largos años de espera, ahora me quedaré con Iván y con todo esto—susurró satisfecha.
Darío apareció detrás de ella. —No todavía… pero está a punto.
Cuando Iván recibió el informe final…
Perdió la cabeza. Arrojó la carpeta contra la pared, luego otra, luego el ordenador, el despacho tembló bajo el impacto de su furia, la traición le quemaba la sangre, le quemaba la piel, le quemaba cruelmente el alma.
Sin decir una sola palabra salió del complejo. Media hora después estaba en su gimnasio privado de entrenamiento militar, golpeó el saco, golpeó la pared acolchada, golpeó hasta que sus nudillos sangraron, golpeó hasta que el aire dejó de entrarle con normalidad.
Golpeó como si intentara arrancarse del pecho el nombre de su esposa. Porque si aquello era verdad…
No sabía si podría sobrevivirlo, porque al Rey Rojo nadie lo traicionaba sin castigo, ni siquiera la mujer que amaba...
💔☢️
Dos días apenas habían bastado para que Iván Aristeguí, el hombre que cuatro años antes juró frente al altar amar, respetar, cuidar, confiar y quemar el mundo si fuera necesario por ella… ahora la condenara sin darle derecho a defenderse.
Iván se embriagó mirando una y otra vez las pruebas que acusaban a Ángela, la mujer por la que habría sacrificado todo, la mujer que ahora parecía haber decidido destruirlo.
Su misión, aquella noche, parecía ser terminar cada botella de Macallan 25 años que reposaba en el minibar de su despacho privado.
El primer vaso lo tomó con rabia, el segundo con incredulidad, el tercero con dolor; los siguientes… con el alma rota.
Cuando Darío y Marina llegaron al despacho se detuvieron en seco.
El impecable santuario del Rey Rojo parecía haber sido saqueado.
Cristales rotos, papeles esparcidos por el suelo, una pantalla destruida, sillas volcadas.
Y en medio del caos… Iván. El hombre de trajes impecables y presencia intocable yacía sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, sosteniendo una botella casi vacía entre los dedos.
Sus ojos estaban rojos, por la ira, por el alcohol, por las lágrimas.
Su camisa abierta mostraba el pecho agitado. El cabello negro estaba desordenado, y sus manos tenían manchas de sangre producto de los golpes que él mismo había descargado contra la pared.
—Iván… ¿qué es esto? Levántate. Esa perra traidora no merece que estés así por su culpa —dijo Darío apresurándose a levantarlo con una preocupación demasiado actuada.
Iván reaccionó de inmediato, lo tomó del cuello de la camisa con violencia y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Hermano… encárgate de ella.
Su voz salió ronca, herida.
—Ella debe haber llegado a la casa. Enciérrala en la mazmorra… sin agua… sin comida. Deja que pasen días sin ver la luz del sol. Quiero que sufra cada maldito segundo… y que desee no haberse cruzado jamás en mi camino.
Sus dedos temblaban. —Dile que la odio con todas mis fuerzas…
Cerró los ojos un segundo. —Pero no la mates. Se lo prometí a su padre… y yo siempre cumplo lo que prometo.
Respiró con dificultad. —Haz lo que quieras con ella… solo no la mates. Después… exíliala. ¡No quiero volver a verla nunca en mi maldita vida! Haz que desaparezca de este país… y que no regrese jamás. Haz que recuerde con cada respiro que nadie traiciona al Rey Rojo sin recibir su castigo.
Arrastró cada palabra con una rabia que parecía desgarrarlo por dentro.
Marina se acercó lentamente. —Iván… eso te corresponde a ti. ¿Por qué envías a Darío? Quien debe hacerle pagar su traición eres tú.
Él negó con la cabeza, las lágrimas finalmente cayeron sin permiso. —Soy incapaz de lastimarla… la he amado tanto… que si la veo llorar o me jura que no es culpable… aunque me esté mintiendo… le creeré.
Su voz se rompió. —Y no es esa la imagen que quiero que tenga de mí… la de un cabrón al que una manipuladora como ella puede engañar sin recibir consecuencias.
Respiró con dificultad. —Ve, Darío. No dejes que pase esta noche tranquila…
Darío asintió lentamente. —Haré lo que deseas… pero deja que Marina te ayude a bañarte. Hay que darle la cara al consejo… y no queremos que vean al hombre abatido por culpa de su traidora esposa.
Se inclinó ligeramente hacia él. —Necesitamos que vean al temido Rey Rojo… el hombre que, aun hundido, no baja la cabeza ante nadie.
Iván cerró los ojos.
Asintió.
Y soltó la botella.
Ángela llegó a casa con una sonrisa luminosa en el rostro, su corazón latía rápido; no veía la hora de ver a su esposo.
—Señora Ángela, bienvenida. Permítame entrar sus maletas.
La saludó con la misma cortesía y respeto de siempre Adriel, un hombre italiano alto, de unos cuarenta y siete años, su hombre de confianza y mano derecha. Había sido asignado por su difunto padre para protegerla incluso después de su muerte.
—Gracias, Adriel. Dime… ¿mi amorcito está?
Preguntó con curiosidad, mirando alrededor como si esperara verlo aparecer en cualquier momento.
—No, señora. Hace dos días no lo veo por aquí. Oí que hay problemas en la organización. Un nuevo cargamento se perdió y fue a parar a manos de los turcos.
Ángela frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué? Pero ¿cómo puede estar pasando algo así? Ya es el tercer cargamento que se pierde este año… Insisto, hay un traidor en la organización y estoy segura de que es miembro del consejo.
Su mente empezó a trabajar con rapidez.
—Así que tendremos que hacer nuestras averiguaciones.
Adriel inclinó ligeramente la cabeza.
—Cuando guste, señora. Ya sabe que estoy a sus órdenes.
Ángela suspiró suavemente.
La sorpresa para su esposo tendría que esperar.
Entró en la casa saludando a las empleadas que la recibieron con afecto sincero. Luego subió a la habitación matrimonial, tomó un baño caliente para quitarse el frío del viaje y se puso un vestido ligero de seda color marfil.
Desempacó con calma, organizó su ropa en el clóset, doblando cada prenda con cuidado, como si preparara una noche especial, finalmente abrió su bolso de mano y sacó una pequeña cajita delicadamente decorada.
La observó con ternura, dentro estaba la sorpresa que había preparado para Iván, la noticia que cambiaría sus vidas.
La guardó con cuidado en uno de los cajones de su mesa de noche.
Pensaba dársela durante una cena romántica. aunque aquella opresión en el pecho… seguía allí, persistente molesta.
Como una advertencia silenciosa de que algo estaba a punto de ocurrir...