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VINCULO DE SANGRE Y LUZ

VINCULO DE SANGRE Y LUZ

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Amor eterno / Fantasía épica
Popularitas:761
Nilai: 5
nombre de autor: Samanta Otero

Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?

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Despedida silenciosa

Voran se movió a través de la noche con una gracia sobrenatural, su paso casi inaudible sobre la tierra mojada, sus sentidos hiperagudizados mapeando cada hoja, cada sombra, cada aliento del bosque. Ginia permanecía en sus brazos, su respiración suave contra su cuello, su presencia un ancla inesperada en el caos de su existencia. Sentía su pequeño cuerpo temblar ligeramente por el frío residual de la tormenta, a pesar de estar envuelta en su capa, y un instinto primitivo de protegerla, de mantenerla cerca para siempre, bullía en su interior. Era una contradicción que lo desgarraba: su deseo más profundo era mantenerla a salvo, y la única forma de garantizarlo, era alejarse de ella.

Pronto, el perfil familiar del pueblo de Ginia comenzó a vislumbrarse entre los árboles. Las pequeñas casas de madera, las luces cálidas brillando a través de las ventanas, el suave murmullo de la vida humana. A pesar de su anhelo por mantenerla oculta del mundo, sabía que debía regresarla a su lugar. Cada paso hacia el pueblo era un paso hacia la despedida, y la idea le causaba un dolor sordo, algo que no había sentido en siglos.

Llegaron a la pequeña cabaña de Ginia, adornada con macetas de hierbas y flores, emanando una calidez y un aroma que le eran tan propios. Voran la bajó suavemente al suelo, asegurándose de que sus pies estuvieran firmes antes de soltarla por completo. Su mano se demoró un instante en su cintura, una caricia apenas perceptible, cargada con todo el deseo y la reticencia que lo consumían.

Ginia levantó la vista hacia él, sus ojos avellana, ahora despejados de miedo y llenos de una curiosidad audaz, una chispa que lo intrigaba y lo aterraba a la vez. No se había alejado, no había gritado, no había huido. En cambio, le ofrecía una sonrisa suave, agradecida, pero con una promesa tácita de que no lo dejaría ir fácilmente. “Gracias, otra vez,” susurró, su voz dulce como la miel, a pesar de las secuelas de la tormenta. “Me has traído a casa.”

Él solo pudo asentir, su garganta apretada. “Debes entrar,” dijo, su voz ronca, controlando el impulso de volver a tomarla en sus brazos, de enterrar su rostro en su cabello, de respirar su esencia hasta que su propia sed se apagara. El aroma de su piel, el latido de su corazón tan cerca de él, eran una tortura exquisita. Tenía que irse antes de perder el control. Antes de que su monstruo se desatara.

Mientras Ginia se giraba para abrir la puerta de su cabaña, un movimiento en la oscuridad, en la ventana de una de las casas vecinas, captó los agudos sentidos de Voran. Era una figura alta, enmarcada por la tenue luz del interior, con los brazos cruzados y una silueta que emanaba una quietud antinatural. La figura no se escondía; observaba.

Voran entrecerró sus ojos rojos. Los humanos se ocultaban por miedo o respeto. Esta figura no hacía ninguna de las dos cosas. Había una intensidad en su mirada, una presunción velada, que iba más allá de la mera curiosidad o el celo humano. El aire mismo alrededor de ese individuo vibraba con una energía apenas perceptible, una resonancia que Voran conocía, aunque no había encontrado en siglos.

No era solo un hombre observando a una mujer que volvía a casa. Era alguien que *sabía*.

El hombre se inclinó ligeramente, con una extraña sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Una sonrisa que era un desafío, una advertencia. Una declaración de guerra silenciosa. Voran lo sintió en sus huesos. No era un mero rival por afecto. Era un jugador en un juego mucho más antiguo y peligroso.

Un brujo. No había duda. La energía. El desafío. La forma en que sus ojos se encontraron a través de la oscuridad, un intercambio de poder sin palabras, reconocimientos de dos depredadores en la misma jungla.

Voran le dio a Ginia un último y profundo vistazo, prometiendo con sus ojos silenciosos que la mantendría a salvo, incluso de este nuevo y desconocido peligro. Luego, con un movimiento que fue poco más que una bruma en el aire, se desvaneció en las sombras del bosque, dejando a Ginia sola en el umbral de su casa, y a un brujo observando desde la distancia, el inicio de una rivalidad ancestral escrita en la noche.

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