Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 8
La gala de los Rial no era una fiesta; era un despliegue de poder absoluto. El salón principal de la mansión estaba atestado de hombres con trajes que costaban más que la vida de sus guardaespaldas, y mujeres que exhibían joyas como si fueran trofeos de guerra. En el centro de todo, Isabella se sentía como un sacrificio. El vestido blanco que Arturo la había obligado a usar era tan ajustado que apenas le permitía respirar, recordándole con cada movimiento que ella era solo una propiedad más en el inventario de los Rial.
Arturo caminaba por el salón con el pecho inflado, tratando de proyectar una autoridad que Isabella sabía que era falsa. Cada vez que un jefe de otra familia se acercaba a felicitarlo, Arturo apretaba el brazo de Bella con una fuerza innecesaria, como si necesitara recordarle al mundo —y a sí mismo— que ella le pertenecía por contrato.
Pero entonces, el silencio se expandió desde la entrada como una mancha de aceite.
Vincenzo entró al salón. No llevaba el esmoquin clásico que todos vestían; vestía una camisa negra desabrochada en el cuello y una chaqueta de terciopelo oscuro que acentuaba su imponente estatura. Su sola presencia hizo que la música pareciera bajar de volumen. Los jefes de las otras familias, hombres que apenas le habían dado la mano a Arturo, bajaron la cabeza en un gesto de respeto instintivo cuando Vincenzo pasó a su lado.
Vincenzo se detuvo frente a la pareja. Su mirada ignoró las luces, los diamantes y la orquesta. Sus ojos grises se clavaron directamente en el escote del vestido de Bella, y luego subieron hasta Arturo con un desprecio que hizo que el aire se congelara.
—Parece que el traje te queda grande, Arturo —soltó Vincenzo, su voz profunda cortando el murmullo del salón—. Y no hablo de la ropa.
—Este es mi momento, Vincenzo. No lo arruines —masulló Arturo, tratando de mantener la sonrisa frente a los invitados, aunque el sudor ya perlaba su frente.
—Tu momento terminó cuando decidiste que podías exhibir a una mujer como esta como si fuera un caballo de carreras —replicó Vincenzo. Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de su hermano—. Todos aquí saben quién manda realmente, aunque tú tengas el anillo de papá en el dedo.
La humillación fue silenciosa pero letal. Los invitados empezaron a susurrar. Arturo, incapaz de sostenerle la mirada a ese gigante, buscó una excusa para alejarse, arrastrando a Isabella hacia la barra de bebidas.
Bella, con el estómago revuelto y los nervios a flor de piel, murmuró una excusa y se escabulló hacia el pasillo que conducía a los baños, necesitando desesperadamente un momento a solas para que el mundo dejara de dar vueltas. Se apoyó contra el mármol frío del tocador, tratando de calmar su pulso. "Solo es un contrato", se repetía, pero la imagen de los ojos grises de Vincenzo no la dejaba en paz.
Al salir, el pasillo estaba en sombras. La música de la orquesta llegaba como un eco lejano y distorsionado. Antes de que pudiera dar tres pasos, una mano inmensa se apoyó en la pared, justo al lado de su cabeza, bloqueándole el camino.
El aroma a tabaco, whisky y ese peligroso magnetismo masculino la golpeó de frente. Vincenzo estaba allí, acorralándola contra la pared de piedra. Su cuerpo, grandote y sólido, era una barrera infranqueable que la dejaba sin escapatoria.
—¿A dónde vas con tanta prisa, niña dulce? —susurró él, inclinándose tanto que su nariz rozó la sien de Isabella.
—Vincenzo... por favor, Arturo te está buscando —logró decir ella, aunque su voz era un hilo traicionero.
Vincenzo soltó una risa oscura, una vibración que Bella sintió en su propio pecho debido a la cercanía. Él bajó la mano de la pared y, con una lentitud tortuosa, la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran toscos, marcados por cicatrices, pero el toque sobre su piel era extrañamente posesivo.
—Arturo no busca nada que no sepa que ya ha perdido —gruñó él, acortando la distancia hasta que sus labios quedaron a milímetros de los de ella—. Bella... mi Bella. ¿De verdad crees que ese cobarde puede protegerte? ¿Crees que un pedazo de papel firmado por tu padre te hace suya?
Vincenzo deslizó su mano desde la barbilla hacia el cuello de Isabella, rodeándolo con una presión suave pero dominante. Sus ojos grises ardían con una intensidad que la hacía temblar.
—Mírame —ordenó, y ella no pudo evitar obedecer—. Arturo te quiere para su imagen. Yo te quiero para mi caída. Te quiero porque eres lo único que me hace querer quemar este maldito imperio y construir uno nuevo solo para encerrarte en él. Eres mía, Bella. Desde el momento en que entraste en mi biblioteca, dejaste de pertenecer a cualquier otro hombre.
—Él es tu hermano... —susurró ella, sintiendo cómo el calor de Vincenzo la consumía.
—Él es solo un obstáculo —sentenció Vincenzo. Se inclinó más, inhalando el aroma de su cuello con una voracidad que la hizo jadear—. Él te da un anillo, yo te daré marcas que nadie podrá borrar. Te pondré de rodillas ante mí, no por obligación, sino porque sabrás que solo mis manos pueden darte lo que necesitas.
Vincenzo no la besó, pero el roce de su aliento contra sus labios fue más íntimo que cualquier beso que Arturo le hubiera dado en toda su vida. Era una promesa de posesión absoluta, de un amor oscuro que no conocía límites.
—Vuelve ahí fuera —le dijo, soltándola de golpe pero manteniendo su mirada fija en ella—. Sonríe para las cámaras, deja que Arturo crea que ha ganado por esta noche. Pero recuerda quién te tuvo contra la pared en la oscuridad. Recuerda de quién eres realmente.
Isabella se quedó allí, apoyada contra la pared, viendo cómo la silueta imponente de Vincenzo desaparecía en las sombras del pasillo. Su corazón latía con una fuerza violenta, y la piel de su cuello todavía quemaba donde él la había tocado. Ya no era la sumisa Bella de antes; ahora era el objeto de deseo de un monstruo que no aceptaba un "no" por respuesta, y lo peor de todo era que una parte de ella, una parte oscura que apenas empezaba a conocer, no quería que él se detuviera nunca.
El juego de Arturo era un chiste. La guerra de Vincenzo acababa de comenzar, y ella era el territorio que él ya había decidido conquistar a sangre y fuego.