En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 14. Lo Que Responde en la Oscuridad.
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El silencio dentro de la capilla se volvió insoportable.
La lluvia seguía golpeando los vitrales altos, pero ahora el sonido parecía distante, amortiguado por el peso de las palabras de Corvus.
“Inquisidores.”
Seraphine sintió los dedos fríos.
No por miedo. O no únicamente.
Era rabia.
Rabia lenta. Oscura. Difícil de contener.
Su madre había intentado escapar.
Y alguien la había entregado.
Cassian fue el primero en reaccionar.
—Eso no tiene sentido.
Corvus lo observó sin emoción visible.
—¿Qué parte?
—Si los inquisidores encontraron a Lyra Morvane… ¿por qué el escándalo nunca explotó públicamente?
Buena pregunta.
Demasiado buena.
La mujer avanzó lentamente entre las filas de bancos oscuros.
Las velas iluminaban apenas los bordes de su silueta.
—Porque algunas familias son demasiado poderosas para ser humilladas públicamente.
Alaric soltó una risa baja.
Vacía.
—Ah. Claro. Corrupción aristocrática. Qué reconfortante.
Corvus continuó ignorándolo.
—Los inquisidores necesitaban aliados políticos. Los Valemont necesitaban silencio.
Cassian tensó la mandíbula.
—¿Estás diciendo que hicieron un trato?
—Estoy diciendo que tu padre jamás pierde algo sin convertirlo en negociación.
La frase quedó suspendida en el aire.
Y lo peor era que sonaba exactamente como el duque.
Seraphine sentía el corazón golpeando demasiado fuerte.
—Mi madre murió dando a luz —dijo finalmente.
Corvus la miró.
Largo.
Extrañamente largo.
—Eso es lo que dijeron.
El mundo pareció inclinarse apenas.
Cassian frunció el ceño inmediatamente.
—¿Qué significa eso?
Corvus no respondió enseguida.
Parecía medir cuidadosamente cada palabra.
—Lyra desapareció la noche de tu nacimiento.
La respiración de Seraphine se volvió más lenta.
No.
No.
—No desapareció —dijo ella con frialdad inmediata—. Murió.
—¿Viste el cuerpo?
Silencio.
Mierda.
Corvus observó cómo la duda aparecía apenas en sus ojos.
—Exactamente.
Alaric apoyó lentamente una mano sobre uno de los bancos.
—Entonces alguien lleva quince años mintiendo muy específicamente.
Cassian seguía tenso.
Más tenso de lo habitual.
—¿Por qué ocultarla?
Corvus finalmente giró hacia él.
—Porque Lyra Morvane sabía cosas que podían destruir familias enteras.
El aire se volvió más pesado.
Seraphine recordó la biblioteca subterránea. Los registros ocultos. Las líneas familiares protegidas.
Secretos.
Siempre secretos.
—¿Qué cosas? —preguntó ella.
Corvus guardó silencio unos segundos.
Luego respondió:
—Que muchas de las grandes familias nobles existen gracias a pactos antiguos con brujas.
La lluvia golpeó violentamente los vitrales.
Cassian soltó aire lentamente.
Alaric sonrió apenas.
—Ah. Hipocresía aristocrática ancestral. Eso sí suena creíble.
Pero Seraphine apenas escuchaba ya.
Porque otra parte de la frase seguía atrapada en su mente.
“Lyra desapareció.”
No muerta.
Desaparecida.
La diferencia lo cambiaba todo.
—¿Está viva? —preguntó antes de poder detenerse.
Corvus la observó fijamente.
Y por primera vez… algo parecido a tristeza cruzó brevemente su expresión.
—No lo sé.
Eso dolió más de lo que debería.
Porque una mentira absoluta habría sido más fácil.
La incertidumbre era peor.
Mucho peor.
Cassian habló inmediatamente.
—Necesitamos pruebas.
—Claro que sí —respondió Corvus—. Porque los Valemont aman fingir que la verdad no existe sin documentos oficiales.
Alaric soltó otra risa breve.
Cassian lo ignoró.
—¿Por qué ayudarnos?
La mujer se quedó quieta.
Silencio.
Luego respondió:
—Porque si ustedes no entienden lo que realmente está ocurriendo… todos en este castillo van a morir.
La frase cayó pesada.
Real.
Y Seraphine sintió un escalofrío lento.
Porque Corvus no estaba exagerando.
Lo decía como alguien afirmando un hecho inevitable.
Cassian dio un paso adelante.
—¿Quiénes son ellos?
Corvus bajó apenas la voz.
—Los que sobrevivieron a las purgas.
Silencio absoluto.
—Las familias protegidas no desaparecieron —continuó—. Solo aprendieron a ocultarse mejor.
Seraphine sintió el pulso acelerarse otra vez.
—¿Entonces los asesinatos…?
—Son un mensaje.
Alaric entrecerró los ojos.
—¿Un mensaje para padre?
Corvus sonrió apenas.
Fría.
—No. Para todos ustedes.
La capilla quedó completamente inmóvil.
Incluso las velas parecían arder más débilmente ahora.
Seraphine sintió algo incómodo asentarse lentamente en su pecho.
Porque comenzaba a entender.
Aquello no era únicamente venganza.
Era advertencia.
Y eso significaba que algo más grande todavía no empezaba.
Cassian habló finalmente.
—¿Qué quieren?
Corvus levantó lentamente la vista hacia la enorme estatua sobre el altar.
—Recuperar lo que les arrebataron.
Seraphine sintió un frío desagradable recorrerle la espalda.
Porque otra vez la conversación parecía girar lentamente hacia ella.
Hacia su madre.
Hacia la línea Morvane.
Mierda.
Entonces un sonido resonó afuera.
Metal.
Los tres hermanos se tensaron inmediatamente.
Corvus giró apenas la cabeza hacia las puertas de la capilla.
—Llegaron demasiado rápido.
Cassian desenfundó inmediatamente la espada corta oculta bajo el abrigo.
—¿Quién?
La mujer retrocedió hacia las sombras laterales.
—No confíen en nadie dentro del castillo.
—Corvus— empezó Seraphine.
Pero demasiado tarde.
Las puertas principales de la capilla se abrieron violentamente.
Guardias.
Seis.
Entraron rápidamente con antorchas y espadas desenfundadas.
El capitán al frente observó el lugar inmediatamente.
Confusión.
Porque Corvus ya no estaba.
Desaparecida.
Otra vez.
Mierda.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Cassian con frialdad inmediata.
El capitán bajó apenas la cabeza.
—Mi lord. El duque ordenó buscar a todos los miembros de la familia.
Alaric sonrió lentamente.
—Qué conveniente.
El hombre tragó saliva apenas.
Claramente incómodo.
—El duque solicita su presencia inmediata.
Cassian guardó lentamente la espada.
Pero Seraphine alcanzó a notar algo importante:
el capitán estaba nervioso.
Demasiado nervioso.
Y seguía mirando discretamente alrededor de la capilla.
Como buscando algo.
O alguien.
—
El salón estratégico del castillo estaba iluminado por decenas de velas cuando llegaron.
El duque permanecía junto a la mesa central cubierta de mapas.
Evelyne estaba presente. Celestine también.
Ambas giraron inmediatamente hacia ellos al entrar.
Y Seraphine notó enseguida la tensión en el ambiente.
Algo más había ocurrido.
El duque levantó lentamente la vista.
—¿Dónde estaban?
Cassian respondió primero.
—Revisando la capilla.
No mentira completa.
Pero tampoco verdad.
El duque observó a los tres durante unos segundos.
Demasiados.
Seraphine sintió inmediatamente aquella sensación familiar: él estaba evaluándolos.
Midiendo reacciones. Buscando grietas.
—Encontraron otro cuerpo —dijo finalmente.
Silencio.
Celestine apartó apenas la mirada.
Evelyne permaneció inmóvil.
—¿Quién? —preguntó Cassian.
—Un sirviente.
El duque apoyó una mano sobre la mesa.
—Cerca de las cocinas inferiores.
Alaric arqueó una ceja.
—Qué eficiente se está volviendo nuestro asesino.
—No fue un asesinato común.
Eso hizo que todos prestaran atención inmediata.
El duque continuó:
—Le arrancaron la lengua.
El aire pareció enfriarse.
Seraphine sintió un nudo lento formarse en el estómago.
No era simple violencia.
Era mensaje otra vez.
Siempre mensajes.
—¿La marca apareció? —preguntó Evelyne.
—Sí.
Cassian tensó la mandíbula.
—¿Qué decía esta vez?
El duque guardó silencio unos segundos.
Y eso bastó para que Seraphine entendiera que era importante.
Muy importante.
Finalmente respondió:
—“Las mentiras también sangran.”
El salón quedó completamente inmóvil.
Seraphine sintió el corazón golpeando fuerte.
Porque parecía dirigido específicamente a alguien.
Al duque.
Tal vez a toda la familia.
Cassian habló más bajo.
—Esto ya no puede ocultarse.
—Nunca dije que fuera a ocultarlo.
El duque levantó lentamente la vista.
—Voy a encontrar quién está detrás de esto y colgarlo frente a las murallas.
Alaric soltó una pequeña risa.
Mala idea.
Muy mala.
El duque giró inmediatamente hacia él.
—¿Algo te parece gracioso?
—Solo admiro el optimismo.
La tensión aumentó otra vez.
Seraphine observó cuidadosamente a Celestine mientras tanto.
La segunda hermana permanecía demasiado callada.
Observando. Pensando.
Y eso la inquietaba más que las provocaciones de Alaric.
Celestine veía demasiado.
El duque habló nuevamente.
—Desde esta noche nadie se moverá solo dentro del castillo.
—¿Eso incluye dormir? —preguntó Alaric.
Cassian cerró los ojos brevemente.
Agotado.
El duque ignoró el comentario.
—Duplicaré guardias en las zonas inferiores.
Seraphine sintió el cuerpo tensarse apenas.
Las zonas inferiores.
La biblioteca. Los pasadizos.
Mierda.
—También cerraré el acceso a la torre norte y los archivos antiguos.
Más mierda.
Corvus había dicho que alguien dentro del castillo los observaba.
Y ahora el duque estaba reaccionando demasiado rápido.
¿Sabía algo? ¿O simplemente empezaba a sospechar?
Evelyne habló entonces.
—Los sirvientes ya están aterrados.
—Que aprendan a obedecer mejor.
La respuesta salió automática.
Fría.
Como siempre.
Pero esta vez Seraphine vio algo nuevo.
Evelyne apretó apenas la copa que sostenía.
Rabia.
Muy pequeña. Muy contenida.
Pero real.
Interesante.
—
Horas después, finalmente sola en sus aposentos, Seraphine cerró la puerta lentamente y apoyó la espalda contra ella.
Oscuridad.
Silencio.
Solo el sonido distante de la tormenta.
Su cabeza dolía.
Demasiada información. Demasiadas mentiras.
Su madre desaparecida. Las familias protegidas. Los inquisidores. Corvus.
Y peor: la sensación creciente de que el castillo entero estaba observándola.
Caminó lentamente hacia la ventana.
El cielo comenzaba a aclararse apenas detrás de las nubes negras del amanecer.
No podía dormir.
Imposible.
No después de todo.
Su mirada descendió hacia sus propias manos.
Silencio.
Luego inhaló lentamente.
Control.
La magia requería control.
Disciplina. Concentración.
Eso había descubierto sola durante años.
Pequeños accidentes primero. Sensaciones extrañas. Sombras reaccionando incorrectamente.
Nunca demasiado.
Nunca suficiente para exponerse.
Pero después de la biblioteca…
Algo había cambiado.
Lo sentía.
Seraphine apagó cuidadosamente las velas del cuarto hasta dejar únicamente una encendida junto a la mesa.
Sombras profundas cubrieron la habitación.
Bien.
Se acercó lentamente al centro del cuarto.
Respiración estable.
Corazón lento.
No pienses demasiado.
Extendió apenas los dedos.
Silencio.
La llama de la vela tembló.
Muy levemente.
Seraphine cerró los ojos.
Concentrarse seguía siendo difícil cuando estaba alterada emocionalmente.
Y esta noche estaba completamente desordenada por dentro.
Otra respiración.
Más lenta.
La sensación apareció otra vez.
Esa presión extraña bajo la piel. Como algo despertando lentamente.
La llama volvió a moverse.
No por viento.
La sombra detrás de la silla comenzó a extenderse sobre el suelo.
Seraphine abrió los ojos inmediatamente.
La oscuridad se estaba moviendo.
Muy despacio.
Pero moviéndose.
El pulso se aceleró.
Mierda.
La sombra avanzó unos centímetros más sobre la piedra.
Como tinta expandiéndose.
Seraphine tragó saliva.
Nunca había logrado eso antes.
Jamás.
La emoción rompió concentración.
La sombra se contrajo inmediatamente y la vela explotó en chispas pequeñas.
Oscuridad total.
Silencio.
Su respiración llenó el cuarto.
Rápida ahora.
Demasiado rápida.
Mierda.
Mierda.
Había funcionado.
Realmente funcionó.
Y eso significaba dos cosas.
Primero: su magia estaba creciendo.
Segundo: si perdía control aunque fuera una vez frente a alguien…
Estaba muerta.
Entonces un sonido suave resonó detrás de ella.
La puerta.
No abriéndose.
Solo… moviéndose apenas.
Seraphine giró inmediatamente hacia la oscuridad.
El corazón golpeándole fuerte.
Silencio.
Luego una voz tranquila habló desde el otro lado.
—Seraphine.
Celestine.
El cuerpo de Seraphine se tensó completamente.
—¿Qué quieres? —preguntó intentando mantener la voz estable.
Pausa.
Luego:
—Vi luz hace un momento.
Mierda.
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